Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, tango y abstracción

Calle de los Cipreses, 34

(un cuento brasileño)

 Alberto Enrique Azcárate

 

Amadeo Olmos

Claro que estaba nervioso. Sabía que los detalles eran importantes, por eso se puso la mejor ropa que tenía. Quemaba el tercer cigarrillo mientras aguardaba el clásico: –puede entrar–, y su mente recorría obsesivamente el itinerario que lo llevara hasta allí. Recordó una vez más cómo había comenzado todo, diez días atrás, aquel lunes en que el teléfono lo despertó temprano; era su amigo de la TV: –a los productores les gustó la idea. Entrega urgente el guión y dentro de algunos días conversaremos–. Acababa de suceder la masacre del presidio de Carandirú, en Sâo Paulo, y el tema estaba en los medios. Su texto trataba justamente de las condiciones de vida de los detenidos de ese perfil y era un alegato contra las injusticias del sistema carcelario brasileño. Hasta el título era oportuno: “De máxima peligrosidad”. Abrió el cajón del escritorio y tomó el sobre; una irreverente línea grisácea en los bordes delataba que hacía tiempo que el texto descansaba allí. Ese mismo día lo entregó a una lacónica empleada, que por toda respuesta dijo: –aquí está el comprobante de recibo. Por favor, llámeme en una semana, más o menos–.

Así había llegado hasta este momento. El hecho es que ahora estaba ahí, como un adolescente esperando para ser recibido por primera vez en casa de la novia. La secretaria tuvo que insistir: –señor..., señor..., por favor, puede entrar!...– En el despacho estaba su amigo y tres hombres más, dos de ellos no pasaban de los treinta años y el tercero tendría unos cincuenta.

 

En el fondo, no le sorprendió lo que escuchó, sería mucha ingenuidad pensar que irían a aceptar todo así, sin imponer condiciones. Se recompuso rápidamente y contraatacó: está bien, no era estrictamente necesario que apareciese la policía, los jueces y los políticos como cómplices flagrantes de las miserias del sistema carcelario (ya iría a encontrar alguna otra manera más sutil de involucrarlos). Pero eso de suprimir a los dos presidiarios, artífices de las relaciones interpersonales en el presidio y -en consecuencia- del guión, excedía todo límite. Ellos alegaron que estos individuos eran excesivamente cruentos y “endurecían” demasiado el conjunto de la historia (¿pretendían retratar una cárcel o un internado de señoritas!?..., además así ¿cómo se las arreglaría él para dar consistencia al resto de la historia!?).

Amadeo Olmos

No cejó en la defensa de los dos personajes y lo hizo con tanto ahínco y convicción que los productores le ofrecieron una alternativa: –úselos mientras le hagan falta y ni bien pueda se los carga–. La sugerencia era de que participaran del argumento hasta que, en el momento oportuno, se organizase una fuga y ahí se los haría “desaparecer” de la novela. Este no sería el único cambio, iría acompañado de otros: se suprimiría la escena del estupro a que era sometido un maniático sexual, así como el asesinato de otro detenido, hechos protagonizados justamente por los dos sujetos en cuestión. Inconforme, el escritor se defendió alegando que, con esas limitaciones, sería muy difícil producir una historia interesante. De nada sirvieron sus apelaciones: o era así, o el guión sería descartado; sólo en esas condiciones el tema podría interesarles. Hablaban con la arrogante presunción de quien sabe que está pagando bien por un trabajo que, ciertamente, muchos otros querrían hacer.

Una vez más se topaba con el “no” de los medios. Sintió que sus 46 años comenzaban a pesarle. Está bien que con 22 hubiese ganado el premio Juan Rulfo al mejor relato de ficción. También fue meritorio formar parte de aquel grupo de escritores de los años setenta que no fueron cómplices con el nuevo orden. Era muy gratificante la idea de sentarse a soñar con alguna otra historia por venir; llegaría como siempre, empujada por todas las que la precedieron y arrullada en la nubes de la marihuana inspiradora. Pero, algo no estaba bien, en realidad, nada bien. Se sentía como los dos presidiarios que deberían ser suprimidos: fuera de escena; apenas un nostálgico, cuya esperanza de un mundo mejor se esfumaba, como la polvared que dejó al caer el último trozo del muro de Berlín.

El tiempo había pasado y hacía ya mucho que no le publicaban ningún texto, ni aprobaban ningún guión de su autoría. Un año atrás el Informativo de la Medianoche había cancelado sus Crónicas para no dormir, y ni señales había de que podrían volver a interesarse por reanudarlas. ¿Hasta cuándo iría a perseguirse, en nombre de qué ética? Bien sabía él que a veces es posible atravesar la estupidez de los medios y transformar en algo interesante la obra aparentemente más banal. Tal vez había llegado la hora de confiar en su talento y aceptar el desafío de los nuevos tiempos. La alternativa era clara: o aceptaba el encargo y se las arreglaba para darle un sentido singular, en los intersticios del relato, o elegía continuar siendo un “don nadie”, el eterno anónimo, obra inacabada de dos tiempos de signos incompatibles, esculpido por los sueños de los años sesenta y atormentado por las urgencias “productivistas” de los noventa.

Una semana más tarde volvía a la oficina de los productores, decidido a aceptar el reto. Entre otras cosas, le explicaron que el presupuesto de producción era ajustado y que, por ello, la historia tendría que desarrollarse básicamente dentro de la prisión; debería evitar al máximo trabajar en exteriores, sabido es que son un componente caro en la realización. Las pocas tomas externas que se hiciesen estarían restringidas a la fuga de los dos criminales, con las consiguientes búsquedas por parte de la policía. Y, al hablar de la policía, al momento recordaron que acababan de alquilar para la producción un hermoso apartamento, cuyo propietario era un inspector del Departamento de Homicidios. Le ofrecieron instalarse en él para hacer su trabajo. Estaba amueblado, tenía fax, ordenador, acceso a Internet y todo lo necesario para que un escritor pudiera desempeñar su trabajo en las mejores condiciones; localizado en un rincón arborizado y tranquilo y protegido de los ruidos urbanos. Y, por si fuera poco, al ser en planta baja, tenía el privilegio de gozar con exclusividad del jardín del edificio; un verdadero paraíso. Allí podría aislarse del ambiente cotidiano y su trabajo, sin duda, rendiría más y mejores frutos. Se quedó encantado con la idea y, por supuesto, aceptó. Prestó su ruidoso estudio del centro para un actor amigo y se mudó para Calle de los Cipreses, 34, planta baja, izquierda.

 

Comenzó a trabajar en el escenario de la prisión, teniendo el máximo cuidado de no involucrar a guardias y autoridades. Como “solución dramática” para introducir los hechos del mundo exterior al ámbito interno de la prisión, apeló frecuentemente a escenas reales de visitas de los familiares. La TV y la radio le proporcionaron otras vías de contacto con la realidad. A pesar de que lo convenido era eso, una cierta tristeza se apoderó de él en el octavo capítulo al describir la fuga de los dos detenidos, que tanto le habían ayudado a construir el relato. Sin ningún entusiasmo, utilizó un expediente que había visto muchas veces en películas de Hollywood, ésta sería una más: los prisioneros huían escondidos en las enormes cestas de ropa sucia que iban a la lavandería, claro está, en un previo “acuerdo” con algún guardia, recurso que la producción sí le permitió utilizar, pues ese tipo de cosas sucedía en cualquier país, y no iría a herir la susceptibilidad de la autoridad pública.

 

Amadeo Olmos

 

Comenzó a trabajar en el escenario de la prisión, teniendo el máximo cuidado de no involucrar a guardias y autoridades. Como “solución dramática” para introducir los hechos del mundo exterior al ámbito interno de la prisión, apeló frecuentemente a escenas reales de visitas de los familiares. La TV y la radio le proporcionaron otras vías de contacto con la realidad. A pesar de que lo convenido era eso, una cierta tristeza se apoderó de él en el octavo capítulo al describir la fuga de los dos detenidos, que tanto le habían ayudado a construir el relato. Sin ningún entusiasmo, utilizó un expediente que había visto muchas veces en películas de Hollywood, ésta sería una más: los prisioneros huían escondidos en las enormes cestas de ropa sucia que iban a la lavandería, claro está, en un previo “acuerdo” con algún guardia, recurso que la producción sí le permitió utilizar, pues ese tipo de cosas sucedía en cualquier país, y no iría a herir la susceptibilidad de la autoridad pública.

 

Cuando terminó el capítulo fue como si algo más se hubiese ido con aquellos malditos presidiarios. Esa mañana, por falta de ideas, paró de escribir; estuvo las primeras horas de la tarde contemplando al jardín y dejando vagar la imaginación sin compromiso. El resto del día también transcurrió en blanco. Pero, quizá por el consabido hecho de que el pensamiento es hijo de la adversidad, para su sorpresa a la mañana siguiente se levantó con entusiasmo renovado, quizás estimulado por el desafío de tener que arreglárselas en las nuevas condiciones. Así, dejó de pensar en los fugitivos y se concentró en los otros nueve detenidos que continuaban en la historia. Los dos días siguientes fueron muy productivos, estaba satisfecho con el volumen de trabajo.

Al tercer día, hizo como de costumbre, se sentó para revisar lo escrito, analizarlo y seleccionar los textos definitivos. Se llevó un susto; si alguien leyese aquello diría que no fue hecho por la misma persona. Su escritura, tradicionalmente enjuta, había producido páginas y más páginas, con obsesivos detalles y excesos narrativos que, él sabía muy bien, el lenguaje literario, y más aún el televisivo no soporta, más bien abomina. Alarmante, el hecho es que los diálogos se habían banalizado completamente y las situaciones dramáticas perdido consistencia. Los personajes estaban desarticulados y nada resultaba convincente. Un sentimentalismo pegajoso substituyó a la tensa economía dramática que estructuraba el guión hasta el séptimo capítulo. Él no era un niño de pecho y ya otras veces le había sucedido algo similar; apeló entonces al recurso que siempre le diera buenos resultados: parar. Haría una pausa hasta que todo se recompusiese y una nueva dinámica se instalase en la historia. Sabía que no podrían pasar más de tres o cuatro días, porque la producción televisiva exige un rendimiento que no da espacio para demasiados descansos. Como siempre, vendría en su auxilio el talento de los grandes: Balzac, Borges, Melville, Conrad, y tantos otros, en cuyos textos navegaría. Habló con los productores que, naturalmente, entendieron; sólo manifestaron su preocupación en cuanto a los plazos, pero ratificaron su confianza en él.

Como ávido minero, se enterró en las páginas de los genios, y a ellos se encomendó. Los cuatro días subsiguientes estuvieron poblados por profusión de cuentos, descripciones, relatos y crónicas. Sin embargo, cuanto más leía, más distante se iba sintiendo de las obligaciones de su tarea. Lejos de traerle soluciones, aquellos brujos lo llevaban por mundos insondables, herméticos e indiferentes a sus necesidades. Lo peor era a la hora de acostarse; una obsesión se había instalado en él desde la primera noche, sólo que ahora, llegada la cuarta, su peso le agobiaba. Mal cerraba los ojos y, como en un hechizo, aparecían aquellos dos presidiarios en las más diversas situaciones: tomando el desayuno, jugando fútbol en la cancha del presidio, masturbándose, comiendo, charlando con los colegas, otras veces castigándolos. A veces, le miraban con una expresión que le helaba la sangre. Parecían exigirle una explicación acerca de su destino. Él los había querido convertir en fantasmas, pero ellos eran demasiado fuertes para desaparecer y perderse así, sin pena ni gloria, en una fuga inconsecuente. Al borde de la desesperación, pensó que tal vez todavía no fuera demasiado tarde: hablaría con los productores e intentaría convencerlos de la necesidad del retorno de los personajes; sin ellos, el guión naufragaría. Tal como lo había previsto. Técnicamente, sería fácil resolver la captura de los fugitivos. El dilema es que había concordado con las exigencias de hacerlos desaparecer, pero, por otro lado, sin su presencia no era posible continuar; estaba claro que se habían apoderado de tal modo de la historia, que ella los reclamaba sin más dilaciones.

Estaba muerto de cansancio; entre la angustia y el calor, hacía dos noches que no conseguía dormir. El suave aleteo de la cortina le recordó que estaba al borde del bosque húmedo y protector. Para sentirlo más próximo y aprovechar la brisa fresca, abrió los postigos de la ventana y se cubrió con el colcha azul, con la esperanza de poder descansar, alentado por la tímida expectativa de solución que acariciaba.

 

 

Hasta ahora estaba corriendo todo bien. Los policías habían cumplido su parte en el trato. La fuga fue tranquila y, además, les dieron, como fuera concertado, dos revólveres treinta y ocho, con munición. Era de madrugada y el automóvil se desplazaba por la Avenida Brasil, dejando atrás y para siempre, de eso tenían certeza, la penitenciaría de Bangú I. De aquí a poco deberían asaltar a otro automovilista para cambiar de vehículo, porque aquel idiota de quien tomaron éste, ciertamente ya habría avisado a la policía. Estaban tan acostumbrados a eso que la próxima vez sería apenas una más, sólo que ahora estaban determinados a todo. La única hipótesis excluida era la de volver a la prisión, antes la muerte. Una nueva vida les aguardaba, la última posible que, por corta que fuese, sería preferible a la larga agonía de los treinta años de condena que pesaban sobre ellos.

Lo primero era darle un escarmiento a aquel hijo de puta del inspector Menezes, ese canalla que gozaba cuando los sabía tras las rejas. Esta era la tercera vez que por su empeño daban con los huesos en la cárcel. Sería la última. Ahora ese solterón, seguramente impotente, iría a saber lo que es bueno. No había sido capaz de retener una mujer a su lado y armar una familia, como cualquier hombre, y sí, en cambio, de ocuparse de la vida de los demás, erigiéndose en el famoso y “temido hombre de la ley”. Ahora se iría a ver si a la hora de estirar la pata, se mostraba tan íntegro y seguro como cuando frente al juez, hablaba de “los reiterados delitos de los acusados”; era el primer obstáculo a eliminar, sabía demasiado sobre ellos y no iría a cejar en su insistencia persecutoria.

Pensándolo bien, sería menos peligroso hacer primero la operación en la casa del inspector, para después cambiar de auto. No era difícil: los seguimientos que los colegas habían hecho hasta un mes atrás, confirmaban que el idiota se sentía tan seguro que no llevaba custodia. “El Bola” sacó del bolsillo el papel sucio con la dirección del hombre y el plano de la localización del apartamento, que su mujer le entregara durante la visita del domingo pasado. Miró para “El Bestia” y lo mandó continuar. Pasados unos veinte minutos, fulminó: –en la próxima, gira a la derecha y continúa recto hasta donde yo te diga–.

El reloj de la calle indicaba las 3.50. “El Bestia” estacionó donde su cómplice ordenó. Continuaron a pie. “El Bola” miró nuevamente la dirección y el plano: –es aquí–, dijo. Como ya sabían, el muro del edificio no era demasiado alto, suficiente que uno le sirviera de apoyo al otro para saltar fácilmente los 2.20 metros de altura. Para regresar, bastaría con que el otro sostuviese con firmeza la cuerda de cáñamo, con nudos, que llevaban en el bolso. “El Bola”, además de valiente, era mucho más liviano que su corpulento colega. Mandó que el otro apoyase la espalda a la pared y le hiciese un estribo con las manos. Después subió, escaló a los hombros del compinche y ya arriba del muro, se agazapó como un gato y miró a los lados; ágilmente saltó hacia el interior del jardín. Conforme a lo previsto, todo estaba tranquilo y en silencio. Sacó el revólver de la cintura y se dirigió hacia la ventana abierta. Del interior de la habitación llegaba la respiración acompasada del condenado. Miró adentro y lo vio, estaba de espaldas a él, solo –como siempre–, envuelto en un colcha azul. Antes de disparar los cinco tiros, verificó la dirección del edificio, para confirmar, una vez más, de que estaba en lo cierto. Era eso, exactamente: Calle de los Cipreses, 34, planta baja, izquierda.

julio 2006 nº 3

eladelantadodeindiana@gmail.com