Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, tango y abstracción

Elogio del viaje

y vituperio del turismo

 

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye

 

¿A qué tanta agitación, tanta inquietud? A todo el mundo le ha dado por corretear de un lado al otro sin demasiada atención. Ya nos lo anunciaba un legendario y quizás inexistente maestro del Tao, Lieh Tzu, “el fin principal del viajero es no saber a dónde va”. ¿Es la curiosidad o es un cierto malestar lo que nos lleva a estar pensando siempre en ir a otro sitio?

Amadeo Olmos

Viajar, desconocido lector, es un esfuerzo para el cuerpo y para la mente, una sangría para el bolsillo y una obligación social. Lo natural es estarse quieto. El sedentarismo ha sido siempre la aspiración de las sociedades avanzadas, la fuente de la filosofía y de la perseverancia científica, aunque Ibn Khaldún, nuestro Abenjaldún, influido por los triunfos implacables de Tamerlán, pensase que los nómadas eran y serían superiores a los sedentarios.

El viaje comenzó siendo necesidad. Desplazarse era necesario antes de instalarse. Los pueblos nómadas y los sedentarios debieron moverse para vivir, cambiar de lugar según el clima, las inclemencias, los demás predadores. Los hombres viajaron desde las edades remotas para encontrar agua, un oasis, el valle, la tierra prometida, la verde pradera, la Fuente de la eterna juventud o El Dorado... Así comenzó y transcurrió la historia de muchos pueblos, entre ellos la del pueblo hebreo, pueblo de los pueblos, que entreteje su historia con las deportaciones, los éxodos y las diásporas, o hasta la del nuestro, el español, que se pasó ocho siglos bajando por la península desde las, si puras, ásperas planicies del norte del Duero para recuperar el feraz valle bético y, después, con el impulso, siguió hasta las Indias en busca de oro y especias, topándose con unas tierras firmes que no estaban previstas en sus planes ni planos.

El viaje siempre ha sido también una alegoría de la vida pues somos peregrinos y estamos de paso en este mundo, ‘omnes sumus peregrini supra terra’ . El Génesis casi empieza con un desplazamiento, la expulsión del Paraíso, y no cesa de relatar éxodos, peregrinaciones, destierros y viajes. La vida misma se ha identificado con un viaje, con un camino, se hace camino al andar, con el curso de los ríos, que van a dar a la mar. Mahoma, Buda, también emprenden un viaje necesario, improrrogable y vinculado íntimamente a su religión. Éxodo, Diáspora, Descubrimientos, son términos de nuestra civilización. El viaje puede ser huída, condena, aventura y conquista.

Cuando partimos, estamos con un pie en el estribo, frase acuñada hace siglos para representar poéticamente la muerte cercana. El viático se administraba a los que estaban a punto de abandonar este mundo, lo que los franceses llaman el trépas, el traspaso, pasar al más allá. Viático viene, claro, de vía, y no deja de ser interesante que consista en la comunión, pan y vino, trigo y vid, y de los santos óleos, aceite, los tres alimentos bíblicos y mediterráneos por excelencia, lo necesario para hacer el viaje (“con pan y vino se anda el camino”). Viador, de viator, es un término teológico que significa aquél que está en esta vida y aspira y camina a la eternidad. Y en la administración, las dietas y viáticos eran la provisión necesaria que se daba al funcionario para desplazarse por razones del servicio. En francés antiguo viage significaba precisamente duración de la vida y todavía renta vitalicia se dice rente viagère.

No es casual que los dos libros más emblemáticos de la literatura occidental sean de viaje: la Odisea y el Quijote mientras en América, Moby Dick simbolizó también ese viaje iniciático, necesario, vital, y sin olvidar ‘Cien años de soledad’, un clásico del siglo XX que comienza por un viaje, una migración.

 

Viajar, precisamente porque es historia y vida, no es un asunto fácil ni baladí. Tampoco ha sido ni es siempre un placer aunque casi lo identifiquemos con vacaciones, con escape a la rutina. Viajar ha sido a veces considerado como una condena, una maldición o un maleficio. De ahí la historia del Judío errante, Ashaverus, es un mito medieval antisemita que parece tener su origen en el Vía Crucis, cuando Jesucristo, queriendo descansar apoyado en el quicio de una puerta, fue expulsado por el dueño de la casa, un desaprensivo zapatero, que le gritó ‘vete de aquí, anda más deprisa’, y a quien Jesús respondió ‘me voy, pero tu andarás hasta mi vuelta’. El judío errante –algo maquillado después como El Holandés Errante o The Flying Dutchman- ha sido el tema de innumerables libros, leyendas, películas y hasta de carteles nazis. El viaje, en forma de deportación o destierro figuran todavía en muchos códigos penales.

 

El viaje fue también conquista y exploración aunque esa veta esté casi agotada si no es el viaje cósmico; los periplos por la mar desmedida han acabado; todo está censado, catastrado, catalogado, la cartografía es universal. El planeta ya ha sido explorado a la saciedad como ha demostrado Jon Krakauer (‘Into thin air’), hay pocas sorpresas, hasta los profundos valles del Nepal están plagados de mochileros y se oye hablar inglés, alemán, lenguas escandinavas o incluso español. El secreto ha sido desvelado.

Amadeo Olmos

El viaje se distinguía del turismo porque normalmente seguía el camino menos frecuentado, pero hoy no queda nada por descubrir por mucho que se desgañiten los catálogos de las agencias. La exploración es hoy personal y privada.

Pero un viaje, la visión de un paisaje o de una ciudad nos puede hacer todavía comprender de golpe lo que borrosos capítulos de libros de historia no han conseguido.

El viaje genuino nos sirve también para percatarnos de la humana condición, de la relatividad de todas las creencias y de la inutilidad de dividir la humanidad en razas, apenas clasificaciones por colores o tipos de nariz y pelo, nada sustancial. Es probable que si no viajase jamás, el hombre sería incapaz de ser generoso con los demás, de comprender a los otros. El viaje forma parte de la humana condición y sin viajes no seríamos todavía sino tribus aisladas y hostiles.

El viaje puede ser un estímulo a la apertura del espíritu pero no es su garantía. Hay gente harta de moverse por el mundo, a quien la visión del otro no hacen más que enclavijarlo en sus creencias y en el desprecio de lo ajeno. Como es sabido, una de las mayores satisfacciones de todo ser humano es estar de acuerdo con los demás, coincidir en ideas, opiniones y pensamientos con su semejante, mientras que viajar es confrontarse, por definición, con otras sensibilidades y creencias que además suelen venir expresados en otras lenguas. Leemos el periódico para que nos confirme y consolide en lo que ya creemos o sospechamos, no para ser soliviantados e inquietados; leemos un libro para re-crearnos, no para perturbarnos, buscamos nuestros amigos y cónyuges entre los de su tribu.

La antigua motivación íntima del viaje, el afán por descubrir algo nuevo o esa sed de conocimientos alimentada por las leyendas y los relatos de viajeros anteriores, por Salgari y Julio Verne, sigue existiendo. La fascinación, la imaginación y el sueño juegan siempre un papel esencial en la justificación de un viaje. Pero ocupados en banalidades o en trabajos alienantes, la velocidad y la rapidez del viaje han modificado su sentido y hasta su propósito.

Como viajar es un arduo esfuerzo desde los más remotos tiempos, el hombre se ha esforzado en domesticar animales de carga, adiestró los animales de tiro, luego inventó la rueda hasta que finalmente inventó y construyó la máquina a vapor y llegó al motor de explosión. Para el autotransporte marítimo, fluvial y aéreo, el hombre aún fue más imaginativo, hizo gala de la pura invención, pues ni un pez ni un ave se prestarán a tirar de nosotros o transportar mercancías. La mecánica y el ingenio consiguieron hacer realidad el mito de Ícaro o la leyenda de Jonás. El gran pez que nos lleva como una madre lo hicieron metal Monturiol y Peral. E Ícaro es una banal y cotidiana realidad desde hace cien años, cuando los hermanos Wright hicieron volar su primer cacharro en un lugar llamado Colina de Mata Diablo, Kill Devil Hill, en Carolina del Norte, en 1903. Otros antiguos héroes se encargarían de promocionar el sistema. Como Lindbergh, Amelia Earhart, Ramón Franco o los vuelos de la Aéropostale de Saint Exupéry.

Amadeo Olmos

El tipo de viajes define la época; hoy, los viajes son planetarios, rápidos, numerosos, masivos, superficiales y rápidos, de múltiples destinos y escasa penetración o profundidad, así como el exceso de información que se suele corresponder con la superficialidad y parvedad del conocimiento verdadero. Hoy, los viajes están al alcance de cualquier bolsillo y de todos los niveles de ignorancia sobre el destino que se pisa, sobrevuela o se atisba desde la ventanilla. Nuestra época, que admira más el número de transacciones que el capital, el movimiento que la sustancia, ha encontrado en el turismo su definición del viaje.

El turismo es el viaje masivo, sistemático, regular y normalmente organizado en su forma e itinerario con independencia de la decisión previa del sujeto que se desplaza.

El turismo es la patología del viaje. Cuando el viaje se convierte en turismo es porque el propósito del viaje ha quedado reducido a distraer el ocio o el tedio, o a huir de sí mismo, lo que parece ser la finalidad primordial del turismo de masas, comprar en otra ciudad, hacer fotos, probar platos diferentes. Cambiar de escenario para hacer lo mismo. A eso le llaman los empresarios turísticos “vender experiencias”, “vender sueños”. También dicen que son servicios intangibles, aunque no hay nada más tangible que ir de saldos a Oxford Street, uno de los objetivos más interesantes para el turista en la capital inglesa, aunque lo cubran púdicamente con el velo del turismo de ciudad o cultural.

 

Inicialmente, el término turista -el Grand Tour- estuvo asociado con curiosidad, cultura y descubrimiento. Hoy, como muchas otras palabras, ha sido tan gastado, tan usado, que lo identificamos con masas descargadas de aviones y autobuses, hacinadas en playas y hoteles almacén, desgreñadas, malamente vestidas y ansiosas por consumir y di-vertirse. Ya no tiene nada que ver con el origen de la palabra. Viajar sin propósito práctico alguno, no se va a vender nada, a investigar nada, a aprender nada, se va a di-vertirse, a escaparse… Los turistas se dividen clásicamente en dos tipos: el modelo Phileas Fogg, ávido de novedades, curioso, y el modelo Robinson Crusoe, cuya única finalidad es aislarse, escaparse. Por el lugar de destino, los viajes modernos son de dos clases, los que vuelven al lugar conocido (aunque un lugar jamás es conocido plenamente, siempre guarda secretos no desentrañables por el apresurado y hedonista consumidor) y los que buscan los confines, si no geográficos, personales, los que ponen al viajero en la tesitura de tener que optar por detestar o amar arrebatadamente. Todo esto es tan subjetivo y tan variado cuantos viajeros existen. Chinchón puede ser más exótico que Agra para algunos madrileños y Nueva York más amenazante que una callejuela oscura de Fez.

El viaje era siempre impredecible, por muy planeado y preparado que estuviera, mientras el turismo es un paquete perfectamente envuelto en celofán, una lata de conservas con sus características, sus porcentajes de experiencias y su fecha de caducidad. Todo está previsto, hasta que no llueva, y para ellos existen las correspondientes pólizas de seguros.

 

La técnica siempre ha determinado la forma, destino y duración del viaje. El Arias-Paz, nuestra pequeña, indispensable y nunca superada biblia del automóvil, en su octava edición, de 1946, incluía una clarividente ilustración: la fuerza del émbolo que mueve el cilindro del motor de explosión no era sino la versión mecánica, metálica, de la pierna que impulsa un pedal. Toda la historia del hombre viajero está en ese dibujo, convertir en máquina el movimiento humano para mover una rueda.

La mecánica y la máquina que sustituyen el esfuerzo físico han sido creaciones del espíritu que el norte industrioso puso en práctica. Como en el caso del sumergible, Monturiol inventó pero fue el norte sajón quien fabricó y extendió la utilidad de aquella ocurrencia genial. Lo mismo pasó con el tiempo y su medición, inventados en el sur pero desarrollados por los industriosos septentrionales (la inmensa mayoría de los relojeros franceses y suizos eran protestantes o calvinistas). La explotacón del descubrimiento geográfico y su aplicación científica, son también obra principal del norte industrial y protestante. No es casual pues que el gran viajero moderno, el masivo, en grupo, a través de turoperadores, es decir, el estereotipo del turista, sea principalmente del norte y anglosajón. La mecánica, los relojes y los mapas transformaron la exploración heroica, obra de las Coronas de Castilla y Portugal, en viaje laico, masivo y comercial. Los pueblos conquistadores no eran siempre los más industriosos sino los más necesitados. La conquista, como a menudo la invención, responden al genio; la industria, a la paciencia, el orden y la disciplina burguesas.

 

Y así, cuando llegamos al turismo genuino, comprobamos que es también de origen protestante; no en vano la primera agencia de viajes fue Thomas Cook, que empezó a organizar viajes allá por 1841 con una innovadora excursión en tren. El Congreso de Viena en 1815 había convertido (casi) toda Europa en un inmenso puerto de paz, lo que estimuló a los primeros turistas y permitió los viajes en grupos en ferrocarril que reducía drásticamente el tiempo del viaje (en 1815 se tardaba casi tres semanas en ir de Londres a Roma, casi como en la época de Marco Aurelio), constituyó el definitivo impulso. Sólo alguna que otra insurrección o revolución, sobre todo la de 1848, alteraría ese beatífico panorama. Paz y medios de transporte, que son las eternas e indispensables condiciones para el viaje y para el turismo.

El viaje ha derivado en turismo al masificarse y depender cada vez más de medios de transporte sofisticados y de nuevas tecnologías. Hogaño hay menos peligro que en un viaje en el siglo XIX, cuando muchos países estaban infestados de bandidos y merodeadores –hoy sustituidos por hábiles descuideros y carteristas-; pero el riesgo se ha generalizado: un error informático, una huelga de celo, un retraso debido a una tormenta, una amenaza –basta con el amago- y he ahí el turista perdido en desolados aeropuertos, desparramado por asientos duros e incómodos, sucio, sudado y sediento. El accidente, por otra parte, es aceptado socialmente como una carga casi natural ante la que se extreman las precauciones pero que no disuade de viajar.

A pesar del riesgo técnico, hay turistas por todas partes, por urbes y desiertos, por tierra, mar y aire, en lugares sosegados y al borde de la hecatombe. No los detiene ni la lava de un volcán ni la masacre, ni se han librado de ellos con las más cerradas fronteras, fueran las soviéticas o los altos picos del Hindu Kush.

 

La razón y la excusa de estas páginas es que no he encontrado en ninguna guía turística la verdad desnuda sobre el duro y agotador oficio de turista. En las guías, folletos y reportajes todo son maravillas, éxtasis del viajero, paisajes inimaginables, paraísos en la tierra, gastronomía sin par, amabilidad por doquier. No existen los problemas, todo es perfecto.

Dos órdenes de mensajes contiene este libro, libelo o panfleto: la necesidad de recuperar la libertad y curiosidad del viajero auténtico, respetuoso y observador, y una serie de alertas generales con las que el turista, e incluso el viajero, se puede encontrar cuando se aventure por nuestras rutas, itinerarios y destinos llamados turísticos.

Seguir la vía o trabajar

Viajar, voyager, viatjar, todos estos verbos de origen latino aluden a la vía, al lugar por donde uno se desplaza. Los romanos, con sus vías y calzadas, inauguraron una forma de moverse cierta, bastante segura, con trayectos señalizados, medidos, realizables y documentados. Se acabó eso de ir por los campos a ver qué pasaba –ataques de fieras, bárbaros bandidos, bosques impenetrables y ardientes desiertos- o qué deparaba la suerte. Los civilizados imperiales iban por la vía, viajaban. Con su inteligente sistema de puestos, posti, (de ahí la poste, the post, la posta), cada diez kilómetros aproximadamente y unos treinta o cuarenta caballos de refresco y ágiles jinetes, podían mandar una noticia, un documento o una orden a casi doscientos kilómetros por día.

Amadeo Olmos

El término en inglés no alude al medio sino al esfuerzo. Travel viene de travail, trabajo. Es toda una declaración de principios que ya sospechábamos porque viajar es a veces un arduo trabajo. Y nadie como los anglosajones, los inventores del turismo, para demostrarlo. El viaje era parte del trabajo, de las fatigas necesarias para ganarse la vida. Se viajaba a la feria a vender y comprar, se viajaba para ir a trabajar a las obras de un monasterio o de una calzada. El viaje como placer, como estilo de vida, es propio de los grandes señores ingleses del XVII. Hoy, el turismo, extrapolando lo que don Gregorio Marañón dijera del deporte puro y ejercido per se, no es más que un substitutivo degenerado del trabajo y, por supuesto, del viaje en el antiguo sentido romántico o ilustrado del término.

 

Hoy existe una fascinación por el movimiento, por todo lo que se mueve y cambia. Viaje, moda (cuya raíz es la misma que mutación, mutable o mudanza), velocidad, prisa, cambio. Lo que no cambia o no se mueve es denostado; la constancia, la perseverancia o la paciencia no son apenas virtudes sino residuos de un pasado inmóvil y reaccionario. Lo mismo que casi resulta obligado cambiar de corbata, de vestido, de coche, de mujer, hay que cambiar de paisaje y de habitación: ha nacido el turismo. En una época de fulgurantes cambios, el turismo se ha convertido en algo consustancial a nuestras vidas, una actividad que forma parte de nuestros hábitos.

Cambiar y mudar constantemente es sinónimo de una vida interesante y de haber alcanzado el éxito. Al estrujado y fatigado empleado, obrero o dependiente del comercio se le ofrecen unas pequeñas golosinas con las que endulzar su monótona existencia, algo que “parezca un cambio”, “como si” su vida cambiase. Por eso, cambiar de lugar mediante lo que se ha dado en llamar turismo es indispensable para entretener al trabajador y constituye, con el espectáculo organizado a horas fijas –la televisión- el alivio de la repetición y la apariencia de la expansión personal. El trabajador debe tener, poseer, una segunda residencia, debe cambiar de escenario aunque siga representándose la misma función: la del consumo que llena el vacío.

 

En este sentido, un turista ya no es un viajero que usa de su libre albedrío para pensar y decidir, el turista es un mandado o, como dirían los sociólogos, un ser manipulado y manipulable a voluntad. Mientras el viajero es un individuo, el turista es un tipo, un número en el grupo o en la masa. La libertad de pensar, ese descubrimiento del siglo XVIII que nos hizo crecer de repente en la expresión de la voluntad y el consentimiento, no existen en el alma turística. El turista, como mucho, ha firmado un contrato de adhesión con una empresa o un acuerdo tácito con las líneas aéreas, las autopistas y las cadenas hoteleras. De esta forma, no se saldrá de la vía marcada y cuando lo haga, será un derivado ingenioso para hacerle creer que acaba de descubrir algo o que su aventura no es un montaje previamente diseñado en sus últimos detalles. Veamos, si no, a esas personas cargadas de aparatos descendiendo apresuradamente de un autocar, ciegos a su alrededor, esa ceguera lateral que tienen tantos turistas, urgentes en captar la instantánea, en contemplar durante unos segundos la vista que el guía ha declarado pintoresca y merecedora de la súbita parada, y volver al vehículo, como si de una operación de comando se tratase. Cada parada está cronometrada con exactitud; es un turismo aséptico, urgente, desplazado a golpe de silbato o agitar gonfalones y banderolas. Se ve lo necesario, ni más ni menos. Está en el contrato. Y por supuesto, evitando mezclarse con la turbia, espesa y a menudo oscura población local que se acerca al ómnibus para intentar vender alguna baratija o chuchería. Dóciles a su guía (personal o escrita) los turistas sólo ven lo que hay que ver, como los malos estudiantes sólo se aprenden lo que el profesor ha explicado, lo demás ‘no entra’.

Veamos también esas masas alineadas en los peajes, esperando con civilidad su turno para pagar y seguir ruta sin jamás salirse –está alambrado todo- del pasillo autorizado, parando exclusivamente en los lugares marcados para las necesidades más imperiosas y comprar comida en bolsas de plástico que distribuyen máquinas tragaperras. Ya ni siquiera es necesario hablar con los indígenas pues todo está rotulado en la lingua franca del comercio y del marketing.

Recuerde, pues, el paciente lector que el turismo es sólo la apariencia del viaje. Es un subterfugio inventado para saciar el ansia de viajar (tan antigua como el hombre), lo mismo que la comida rápida tiene por finalidad calmar el hambre mas no satisfacer el apetito.

Viajar como turista, hacer turismo, termina siendo una nueva suerte de fetichismo, acumular lugares, fotografías y objetos de adorno babacool, o cintas de vídeo y nombres de lugares que poco a poco se confundirán en el magma de la memoria. Se cumplen programas e itinerarios con la misma exactitud, esfuerzo y seriedad que planes de producción. Hay que ver esto y lo otro y con ese diploma se vuelve al hogar con todos los títulos y convalidaciones necesarias para luego decir en la oficina “he viajado a X”. Falso, falso, debería decir “me han llevado a X”, pero en fin, si se lo cree, allá él, para eso ha pagado la factura del diploma.

 

Muestra de esta gran confusión es que incluso los sabios diccionarios nos dicen que viajar es ir de un sitio a otro, normalmente distante, que es desplazarse. Nada más engañoso. Hay decenas de formas de viajar como hay miles de motivos para desplazarse. Y el mismo concepto de distancia es muy relativo. Ir de un pueblo al próximo, que dista sólo cinco kilómetros, para una abuela a pie, cargada con una cesta de tomates, es un viaje mucho más pesado que para un rutilante y ocupadísimo empresario ir de Madrid a París en viaje de negocios.

Las migraciones animales, como las de pájaros o peces, podrían entonces considerarse viajes aunque responden a las estaciones, a los cambios del clima y a las necesidades de la reproducción, y se repiten siempre de la misma manera y con un itinerario idéntico. En los lagos Masures, en el noreste de Polonia, las cigüeñas van hacia Turquía y sólo de vez en cuando han descubierto alguna que venía desde el Mediterráneo occidental, a través de España. Los animales no necesitan agencias de viajes paras decidir itinerarios y destinos. También hay migraciones humanas, pero son más variadas y no responden únicamente al instinto sino al intelecto.

 

Las definiciones habituales del viaje solo incluyen el aspecto geográfico y no el temporal. El viaje implica tiempo, ausencia del lugar habitual que, al volver, hasta puede resultar acogedor, lo hemos echado de menos. Desplazamiento y tiempo son los dos elementos del viaje. El turismo, encogido entre los calendarios escolares y los horarios laborales, tiende a prescindir del factor tiempo, anulándolo con la velocidad y privando así a la esencia del viaje de la magia del tiempo suspendido, del paréntesis vital.

Urbanos, bípedos de supermercados, amarrados al banco de las oficinas impersonales pero inteligentes, donde no podemos abrir las herméticas ventanas, respirar aire puro o ver la luz del sol sin filtro, identificamos inmediatamente viajar con ocio.

El turismo moderno ya tiene poco que ver con el viaje individual, con la demorada estancia en etapas ilustradas, con el cuaderno de viajes y el bloc de dibujo. Aquellos viajes largos, periplos auténticos, se correspondían con estancias largas durante las cuales el viajero se impregnaba de la cultura local, cual Goethe en su viaje a Italia.

Banalizado, vertiginoso, apresurado, el viaje se convierte en un salto de pulgas por los hitos previamente señalizados, lo que hay que ver y lo que no merece un desvío. Ante el incipiente desencanto de las capas más ilustradas, se están inventado circuitos evocadores, con nombres literarios o históricos para hacer creer al turista que sigue la ruta del Coronel Lawrence cerca de Aqaba, la de un oscuro califa andaluz o la mismísima ruta del Cid Campeador. El turista va a Cancún y no puede mirar por detrás de la fila de hoteles, a Cartagena de Indias sin salir del recinto acotado y relativamente seguro; a la India a recorrer apresuradamente las tres ciudades, Delhi, Agra y Jaipur, a Florencia en veinticuatro horas, el seven eleven del viaje. Y para el llamado turismo residencial proliferan las gated communities con guardas armados en la puerta en las que, como me decía una señora belga de su chalet en Marbella, sólo el panadero era español y además no necesitaba ni verlo pues el pan se lo dejaba prudentemente delante del umbral antes de que ella se despertase. De hecho, ese modelo español que exportamos al Caribe y América del Sur va por la misma línea: ghettos incrustados en un mar de miseria en los que se le garantiza al turista la seguridad, los servicios, la higiene y entretenimiento.

 

El turismo, alcanzadas las más altas cotas del Estado social y de derecho, se ha convertido en un derecho irrenunciable. Todo ciudadano (mejor sería decir todo cliente) tiene derecho a pisotear y fotografiar el Partenón o a rebozarse en la arena de Benidorm. Pero como no hay novedad para todos, ni tiempo, espacio o dinero, los viajes ya vienen enlatados, por turnos, “paquetes turísticos” con fecha de caducidad y los condimentos indispensables. Andy Warhol podría haber reproducido no sólo la lata de sopa Campbell sino el folleto de masas o el cartel de la agencia lleno de sol, palmeras y muslos. Las reservas se pueden hacer con un doble clic (llámanle clicar) en una casilla en la que previamente hemos marcado el presupuesto del viaje y el punto de partida y de llegada. Lo demás nos lo prepara el ordenador, nada queda al aleas del ingenio personal. Se compran como las ofertas de supermercado, con tarjetas de cliente y cupones de descuentos por asiduidad.

Esa aparente facilidad para desplazarse, ¿matará el placer del viaje o lo hará más trivial?


Formas de viaje que no son viajes

Es interesante cómo nuestro lenguaje censura a los viajeros: culoinquieto, culillo de mal asiento, quien fue a Sevilla perdió su silla, inquieto, ser ambulante (mudable, veleidoso), sacar de quuicio, sacar de sus casillas, mientras encarece el sosiego, el aplomo y la estabilidad. Todo son advertencias contra la mudanza y el vicio de viajar. Tener pies de plomo es muestra de sabiduría. Tener los pies sobre la tierra, una señal de confianza.

Preciso es distinguir entre viajante y el viajero. Inicialmente, el viaje tuvo siempre una motivación comercial, a menudo también combinada con objetivos militares. Repare el lector que el dios Hermes, el Mercurio romano, era el dios del comercio y a la vez el patrono de los viajeros y dios de los caminos; por eso se le representa con un casco o gorro alado, así como calzado con unas sandalias también aladas.

La diferencia entre viajante y viajero es una sutil distinción del lenguaje, cuestión de organización del tiempo, acorde con el objetivo del periplo: vender o ver. El viajante va por el mundo con un interés ajeno, o por lo menos secundario, por los paisajes, las ciudades y pueblos. El viajante está interesado en su muestrario, en colocar sus productos y volver con una buena cartera de pedidos.

Al viajero, por el contrario, no le guía el afán de lucro sino que divaga, corretea por esos campos, se pasma ante una torre o se entretiene en una plaza (el diccionario admite también ‘viajador’, que viaja, viajero).

Amadeo Olmos

El viajante es práctico, utilitario y prosaico. Es avaro de tiempo y de dinero. El viajero es romántico, vagabundo, estético y dispendioso en días y gayares mientras el viajante es un hombre práctico que nos lleva de ventaja que no se entretiene en tonterías ni romanticismos. El viajante, descendiente del arriero, a fuerza de costumbre, es un sabio viajero, aunque no sepa de pórticos románicos ni de museos. Conoce las camas más mullidas, el café, el mozo de barra con mejor conversación para las inhóspitas madrugadas de la meseta, las patatas mejor fritas y la carne más sabrosa.

 

Otra distinción importante debe hacerse entre migrante y emigrante, cuya ‘e’ es esencial. El portugués, marroquí o polaco que va y viene de su país a su lugar de trabajo es un emigrante (clasificado púdicamente de transeúnte en las estadísticas del turismo). El emigrante siempre lo fue por necesidad aunque los malévolos sedentarios les acusaban de ser unos descontentos, unos inquietos. El emigrante, si triunfaba, era el benefactor, el indiano, si fracasaba, el desastre y vergüenza de la familia. Ser emigrante era y es retar el destino.

Como decía Sancho Panza, si Dios quisiera darme de comer a pie enjuto y en mi casa, sin traerme por vericuetos y encrucijadas…El emigrante es un viajero por necesidad.

Los pájaros de la nieve, snowbirds americanos que pasan la mitad del año en Florida y la otra mitad en el norte, en Wisconsin o Illinois, son migrantes. Los jubilados ingleses y alemanes de la Costa del Sol son migrantes.

El desplazamiento del emigrante no puede ser incluído bajo la categoría de viajes, por muy lejanos y duraderos que sean. El del migrante tampoco es viaje pues sólo cuentan los extremos, el inicio y el destino, no la vía.

Otro contra sentido según la trivial definición de viaje que nos da la Real Academia, es que un deportado podría ser también considerado un viajero porque se desplaza entre dos puntos distantes, normalmente a bordo de un tren. De donde se deduce que esas doctas y escuetas definiciones pueden conducir al absurdo.

Viajar se supone que es una actividad más o menos voluntaria, aunque sea por trabajo, no conducido por la fuerza pública. El deportado no es sólo el de triste memoria, o actualidad, de tantas guerras y persecuciones. Ese es el deportado del mal. Pero hay el deportado inocuo, inocente, el deportado de la pacífica clase media. Ese viajero a la fuerza, como el adolescente medio adormecido, con muermo y sumido en un profundo aburrimiento, un tedio letal, que todavía debe pasar las vacaciones con unos padres de los que se avergüenza profundamente porque los considera pasados de moda, plomos e irrisorios.

Es deportado sin dolor el marido que tiene que pasar el verano con la familia política. O, a la inversa, la sufrida esposa que va a pasar todo el verano para ser debidamente aleccionada por la suegra sobre cómo hacer las croquetas como le gustan al titular. Grandes broncas conyugales y parejiles se tejen en torno a ese viaje forzoso, esas modernas galeras de la vacación obligatoria sujeta a estricto calendario que convierte al turismo en un deber.

Es deportado el señor, bancario, funcionario, que tiene que irse de vacaciones cuando donde mejor se está es en su pisito mesocrático con la ciudad al final más vacía y casi ningún trabajo en la oficina. Hay que irse para demostrar que se es una familia de posibles, que uno no es un don nadie, para orear a la familia o para ir a pegar la gorra al pueblo, con los parientes o con los ancestros. Hace ya ciento cincuenta años, en Miau y La de Bringas, Galdós evoca esa necesidad, ese afán de irse de vacaciones para re-presentar. Adquirir y aparentar son dos grandes móviles del viaje.

El deportado es el desplazado porque no tiene más remedio. Cuántas veces hemos experimentado esa sensación de que estamos mejor en nuestra casa, en plenas huelgas de controladores, de pilotos, de personal de tierra, de camioneros y de maquinistas, que suelen acontecer siempre por curioso capricho astral o sindical, entre el 30 de julio y el 3 de agosto.

¿Quién nos manda ser tan culoinquietos? ¿Qué necesidad hay de ir a la playa atestada, encerrados con suegra y familión en cuarenta metros cuadrados, transpirando al unísono? ¿Qué afán de bañarnos en el contaminado mar, teniendo ducha con agua clorada en nuestros cubículos urbanos?

Y sin olvidar el viaje como huída, evasión, como fuga de la realidad, escapando a la monotonía, a los acreedores o a la familia. El viaje es fuga y los nuevos productos turísticos nunca dejan de recordar que la “escapada” está a nuestro alcance.

En fin, en la lengua española existe el vocablo veraneante, casi tan antiguo como el de turista, que sintetiza bien la diferencia entre viajero y la otra especie, la que “pasa las vacaciones”. El veraneante es un tertium genus, un individuo cuya indumentaria y actitud es parecida a la de un turista pero que no se identifica con él (pues se presume que el turista es, por definición, extranjero) sino más bien con el lugareño, ya que el veraneante viene al pueblo o playa “de toda la vida”. Pero se diferencia del aborigen en que suele ser más arrogante, algo así como un madrileño o un parisino de vacaciones, se cree más fino, más listo, más rico y más experto que el del lugar que lo acoge. El veraneante es como un turista estático y ahorrativo que, como hacían los ejércitos antiguos, vive “a costa de los habitantes” , de sus matanzas, sus conservas, las invitaciones de la lejana familia, etcétera.

 

Saber viajar

Voy a América, voy al Japón, voy a hacer esa cosa estúpida y siempre eficaz que se llama distraerse...

(Eça de Queiroz)

 

No hay escuela de viajeros y todo el mundo se considera licenciado en el difícil arte del periplo, flamante diplomado en la descubierta y el encuentro. Basta una buena tarjeta de crédito y un poco de ganas de correr mundo y ya se supone que se puede ser viajero. Se da por supuesto que saber viajar es una ciencia infusa o innata porque no hay ‘diplomatura’ de turista .

Viajar mucho no es sinónimo de saber viajar. Se puede ser un experto en aeropuertos, conocer todos los recónditos mecanismos del motor que nos autotransporta, viajar todas las semanas y, sin embargo, no ser un buen viajero. Ser un buen viajero es casi un oficio vital y de por vida como demostró el insigne Paul Morand, que también escribió un Éloge du repos, prueba de que era un verdadero sabio viajero, pues no hay placer del viaje, del movimiento, si no existe el contrapunto del reposo y la contemplación.

Los viajes, como todas las experiencias sensoriales pueden ser plásticos, sonoros o insípidos.

Hay viajes que adquieren un relieve inusitado, excepcional, y quedan grabados en la memoria por sus olores, sabores, colores y hasta calores. Son viajes eminentemente plásticos, sensoriales, ir al Rajastán, a Fez, a una isla griega o a un país africano. Adquieren inmediatamente esa calidad casi pictórica.

Otros son más literarios, sonoros, podríamos decir, son los que evocan, apelan a nuestros recuerdos o sensibilidades más etéreas. Un viaje por el Loira, o por Normandía, evocando Balzac o Flaubert en cada caso, o siguiendo los escenarios de los impresionistas, son viajes más sonoros que plásticos.

Hay, por fin, los viajes incoloros, inodoros e insípidos, asépticos, pero no por eso menos útiles o interesantes. Un viaje a una ciudad alemana, a Suiza, un viaje de negocios aderezado con una escapada a un museo o a una tienda de ropa son viajes en los que las sensaciones físicas son quizás escasas, pero que son confortables como estrenar un coche, con ese olor a limpio, a caucho, tejido y otros materiales de alta tecnología.

El lector puede añadir a su gusto todos los tipos y subespecies de esa clasificación: habrá viajes bucólicos, pasionales, nostálgicos, pedantes, líricos, cursis, horteras. Pero todos se pueden reducir a esa clasificación: sensoriales (plásticos o sonoros) y asépticos. Una luna de miel deberá ser plástica, so pena de no ser de miel. Un viaje de negocios esperemos que sea lo más aséptico posible y uno cultural será sonoro para que resuenen todas las campanillas del espíritu despierto a las esencias de la creación artística.

Amadeo Olmos

Para saber viajar paréceme importante optar por uno de los tres arquetipos a priori, preparar el cuerpo y la mente. Si no, nos esperan grandes decepciones. No se puede ir a Thailandia con espíritu aséptico ni a Berlín con intenciones plásticas.

El viaje plástico suele conllevar pasiones, odios o amores irracionales, es un viaje más epidérmico. El viaje sonoro es un viaje de razón y por tanto no suele llevar consigo grandes sorpresas, está todo bajo control. Y el aséptico, confortable y amortiguado por definición, casi pierde el concepto de viaje para quedarse en mero desplazamiento.

El viaje sonoro por antonomasia es ir a Bayreuth a escuchar conciertos, o el salto transoceánico a ver una exposición en Nueva York. Son viajes con pretexto pero de cuyos manteles repletos de manjares culturales, caen las migajas de un encuentro al azar, de un bistrot perdido y jamás reencontrado, tan casual como fue llegar a él. El viaje con pretexto es un viaje de adultos y requiere una cierta pericia.

 

Uno de los grandes errores, mistificaciones, diría el sociólogo, que planean sobre el turismo es que identificamos el viaje con las vacaciones. ¿Será una muestra del malestar permanente que sentimos en las ciudades o una victoria de la clase trabajadora? Hemos identificado las dos cosas gracias a las conquistas sindicales, lo que sería una contradicción para los anglos porque vacaciones procede de vacuum, vacío, todo lo contrario a trabajar (ya fué dicho que travel tiene la misma raíz que trabajo); el ocio improductivo es algo que la ética calvinista siempre ha visto con malos ojos.

 

Un tratante de ganado que recorría Castilla de feria en feria para comprar los mejores merinos era un auténtico viajero con pretexto, con excusa. El que va a Alemania a la búsqueda de la imprenta perfecta es mejor viajero, no viajante, que la pareja burguesa que va a pasar un fin de semana en Biarritz. Sin embargo, hay que estar atento a las falsificaciones: ir a Euro Disney es un viaje aséptico, irrecuperable, embadurnado con perfume barato para hacerlo pasar por viaje plástico.

 

Al igual que un pintor debe tener cierto sentido del color, saber viajar exige cierta capacidad de razón panorámica, algo así como un sentido de la perspectiva y de la distancia, que no tiene porqué ser lógico ni cultural, simplemente un concepto de los espacios. Quizás por eso un viaje a pie es la mejor manera de conseguir esa visión (el ideal, el caminanate a Santiago en las bellas albas castellanas). El viaje en tren, por carretera, incluso el barco, proveen al viajero de la dimensión y de la consciencia de la distancia, del cambio, que se observa hasta en la vegetación y el paisaje circundante. Pero el viaje supersónico, que aparentemente facilita el trayeco, sólo facilita el desplazamiento, acorta las distancias y hace perder el sentido del espacio. Es curioso que sea el avión el nuevo símbolo del turismo. No es necesariamente negativo sentirse transportados a otro mundo cuando nos dormimos en Nueva York y amanecemos en Barajas, pero no es viajar, es desplazarse. El viaje parece restringirse cada vez más a un puro desplazamiento geométrico entre dos puntos sin que importe el trayecto. El viaje aéreo ha hecho que nos saltemos países y paisajes, continentes. Se va a un lugar, no por unos lugares. Se nos ha olvidado el consejo de Kavafis,

 

Ten siempre a Itaca en la memoria.

Llegar allí es tu meta.

Mas no apresures el viaje.

Mejor que se extienda largos años;

Y en tu vejez arribes a la isla

Con cuanto hayas ganado en el camino,

sin esperar que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te regaló un hermoso viaje.

Sin ella el camino no hubieras emprendido.

 

Los viajes, los verdaderos, esos que producen una cierta exaltación del espíritu en las vísperas de la partida, deben conllevar una cierta ceremonia, unas formas y ritos. Antiguamente, al ser escasos y singulares en la vida (se hacían un par de grandes viajes, como mucho), los preparativos llevaban meses, desde los puramente sanitarios o médicos, hasta los financieros, procurándose las cartas de pago, los pasajes y reservas, las cartas de presentación e introducción en los círculos selectos como el viaje de Montaigne a Italia o las sabias excursiones de Goethe.

Todo en la vida moderna parece que deba tener un objetivo rentable y ya se ha ido perdiendo el viaje demorado, el vagar por los campos y caminos, el deambular ocioso, aparentemente sin motivo ni pretexto. Los viajes antiguos, demorados por la parsimonia o por las adversidades, como los de Ibn Battuta, que había de esperar la estación propicia para atravesar el Hindu Kush acampado durante meses al pie de la cordillera, o cuando Montaigne tardaba varias semanas en llegar a Italia, entreteniéndose con sus corresponsales filósofos por las ciudades por las que iba pasando, o los diez meses que Chateaubriand empleó en su Itinerario de París a Jerusalén , ya no parece posible. Fast food, fast trip, fast life. O como expresaba bien una pintada en Bruselas: plus facile, plus rapide, plus loin, mal…En definitiva, un turista no es más que un viajero sin paciencia.

Los tres enemigos del viaje son el maquinismo, la rapidez y las masas.

Cada vez hay más ciudades, más países, más paisajes y gentes al alcance de la mano gracias a la aviación, pero las visitas son cada vez más breves y superficiales. El paquete turístico clásico consiste en ofrecer Florencia o Venecia en un día para que el turista bulímico, compulsivo, acumule sitios como el que colecciona sellos o postales. Son desplazamientos efímeros cuya memoria, fina como una ligera capa de polvo, se desvanece al primer embate de la vida cotidiana y de los que como mucho queda un cierto recuerdo del placer irrecuperable, casi lo mismo que se recuerda vagamente una novela o una película de hace años.

Viajar es comparar, pero para hacerlo hay que saber algo. La ignorancia aerotransportada es uno de los riesgos menos indemnizables. En los viajeros se dan pues los dos tipos: el panarra que adora todo lo extranjero y desprecia lo propio, y el listillo que mira con arrogancia a todo extranjero, creyéndose superior moral, física y mentalmente. Ambos tipos vienen descritos en los dos pliegos siguientes.

 

Entre las múltiples variedades y especies del genus viajero hay dos tipos, según la posición en que se coloquen respecto al destino o lugar de aterrizaje, superior o inferior. Ya sabe el lector que viajar es comparar, pero hay formas de hacerlo y cierta sabiduría en la comparación, uno de los ejercicios más difíciles del intelecto y la percepción. Normalmente, lo que hacemos todos es comparar cosas incomparables, y nos quedamos tan anchos.

Lo más frecuente es que comparemos sin conocer totalmente uno de los dos elementos y el último parvenu, es decir, exactamente un recién llegado, se cree en el derecho de practicar (de ahí la frase, las comparaciones son odiosas) tan difícil ejercicio. Los hay arrogantes (todo lo extranjero es peor que lo propio) y papanatas (que, al revés, se extasían ante la menor novedad y quedan deslumbrados). Triunfa el dictamen inapelable, la sabihonda perorata sobre un país cuya lengua no dominamos y por el que hemos pasado una semana como un torbellino en un viaje preparado por la agencia de viajes con paquete económico. Todo quisque, accidental viajero, ágrafo y afásico se considera con derecho para juzgar, salvar o condenar a un país entero, con población civil incluída.

 

Lo bueno del turismo es que se ahorra uno en lectura y enciclopedias. Unas cuantas páginas de una guía de viajes y un paseo de cuatro días, en modesto paquete turístico, da el mismo derecho a opinar que una tesis doctoral. El turismo de masas pone al alcance de todo el mundo la ciencia necesaria para deslumbrar a propios y extraños. Sin necesidad de enseñanza por correspondencia ni de hacer unas oposiciones, bastan cuatro días o una semana para aprender arte tan sutil. Algunos vuelven de Cuba disertando hasta sobre los remotos orígenes de los indios caribes y la estrategia del imperialismo mundial; otros van a París un fin de semana y ya se creen con derecho a hablar mal de los franceses para el resto de sus días porque les pusieron una multa; su desconocimiento le hace estar a dieta de pizzas en Estados Unidos y vuelven con la firme convicción de que los americanos solo se alimentan de pizza y hamburguesas. Las quejas más frecuentes de los turistas españoles en el extranjero es que no hay bares y los horarios de las tiendas porque España es la medida de todas las cosas.

 

Dos últimas apostillas para ayudar al lector a separar los viajes del turismo: climas y familias.

Mientras los viajes no se basan necesariamente en las condiciones meteorológicas, aunque el tiempo apacible ayuda, el turismo casi se guía exclusivamente en éstas. El turismo se parece más a una migración en busca del sol (algunos sedientos sureños buscan por el contrario el fresco escocés o escandinavo) que se lleva a cabo cuando el mar y las playas son acogedores. Es la denostada estacionalidad pero no se puede decir que perjudique al turismo ya que es consustancial a éste. Casi nadie va a los Alpes cuando no hay nieve ni a Benidorm si no se puede bañar en la playa. Es lo natural. El clima y latitud determinan los destinos y les dan su valor.

La segunda es que el turismo suele ser un fenómeno familiar y por tanto depende de calendarios escolares, de semanas blancas, verdes o marrones. La prole acompaña al turista aunque no necesariamente al viajero, que suele ser un egoísta al que le molestan los gritos de los niños y demás estorbos. Por eso, si el lector no quiere ser turista y sin embargo quiere ser viajero, deberá renunciar a llevar a la familia. Y si la lleva o viaja a los mismos lugares y en las mismas épocas que los demás mortales, los turistas, que no proteste y se atenga a las consecuencias. Se ha equivocado de tren.

 

 

1 Léase el mejor poema al viaje como símbolo, en Las flores del mal, Le Voyage (poema CXXVI), de Baudelaire.

2 El cristianismo ha hecho de San Cristóbal el protector de los viajeros. Su nombre viene de Christos-phoros, el que lleva a Cristo. Es casi turbador que Colón se llamase precisamente Cristóbal, lo que hace entrar su nombre casi en el ùambito de la leyenda.

3 Gayares significa dinero.

4 Von Clausewitz, De la guerra, capítulo XIV, La subsistencia.

5 Salió el 13 de julio de 1806 de París y regresaba a Bayona el 5 de mayo del año siguiente.

julio 2006 nº 3

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