Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, tango y abstracción

Visiones y visitas historiográficas

de la Segovia del barroco

 José Manuel Valles Garrido

Ya dejó bien claro don Francisco de Quevedo –en el Sueño del Juicio Final- que la terrible trompeta anunciadora provocaría seguramente tal zarabanda entre los muertos de todos los tiempos y lugares, que no habría manera de que cada alma hallara con felicidad la misma envoltura carnal que arrastró por el mundo en vida. En muchos casos, ni un solo cabello. Y hasta el vil despojo de algún listillo –ya fuera escribano o no- se afanaría en trocar su ánima por otra más decente para salir mejor del trance. De forma que, por una razón u otra, no podrían hacerse correctamente las cuentas del pasado, y el Todopoderoso se vería obligado a suspender el Juicio para siempre jamás; ...o a conformarse con la mera pantomima de una brigadilla cualquiera de ángeles rasos aupando al Empíreo los pocos cuerpos incorruptos notoriamente santificables, y otra arrojando al Averno todo el asqueroso amasijo de huesos incontables, pulverizados, mal roídos por la tierra y apenas cubiertos de tristes jirones carnales: pútrido sedimento inasible de vida transitada, laminado por la rueda de los siglos.

Pues si esto le va a pasar a Dios con toda seguridad cuando trate de echarnos las cuentas a los mortales, ¿qué no le podrá ocurrir al pobre historiador que pretenda someter a escrutinio severo el basurero de los tiempos? Aunque reduzca prudentemente el alcance de su rebusca a sólo un siglo y a un espacio limitado, sus escasas fuerzas, sus pobres conocimientos, y lo inabarcable, heterogéneo y disperso de su cosecha le pondrán en el extremo de declararse vencido. Lo cual, como es lógico, no consentirá de ningún modo su orgullo intelectual.

Así, roída la mente de tales pensamientos tenebrosos, me acabó de nublar los sentidos una modorra creciente, haciendo caer mi cabeza sobre el librote que, abierto en canal, yacía en mi mesa de trabajo.

Al instante apareció ante mi un figurón entre dómine y sayón, rapada cabeza y algo entrado en carnes, que arrojó con estrépito sobre la mesa un atado de libros nuevos, gritándome destempladamente:

Tolle, lege!

Pero, ¿quién sois vos?, -le pregunté asustado- ...y ¿qué libros son éstos que me dais a leer, buen clérigo?

Soy don Diego de Colmenares, párroco de San Juan de los Caballeros, y quisiera vuestra opinión sobre estas obras que acaban de destilar las prensas y que ofrecen ya en Segovia los libreros de la calle del Malcocinado: decidme por ventura si son de sólida doctrina y provecho, si honran como es debido a mi querida ciudad...

Me incorporé como pude y liberé los libros de su atadizo.

Veamos. Este primero...

Ah, el del doctor Mosácula...¡Pero ése es justamente el último, el más reciente!

Perdonad, sabio Colmenares, pero en un juicio libresco tan “final” como éste, habrá que comenzar precisamente por las postrimerías, no sea que el tiempo nos alcance y dejemos sin contentar a nuestros coetáneos.

 

Y así fue como –apremiado por el príncipe de los cronistas de nuestra ciudad- tuve que hacer visita y juicio puntual de los libros más notables que han salido últimamente a la luz sobre la Segovia de los siglos XVI y XVII: dos siglos que han sido llamados con igual justicia de Oro y de Hierro (en realidad, un oro rojo de sangre y un hierro negro de muerte).

Fue largo y prolijo el escrutinio, y más aún lo fue por la extraña manía de Colmenares que se empeñó en fijar por escrito mis palabras, lo que hizo la tarea muy ardua y lenta, dada la extrema sordera del sabio amanuense y mi desastrosa pronunciación cuando me expreso entre las nieblas espesas del delirio.

Varias noches en blanco pasamos, pues, leyendo aquel atado de libros y haciendo juicio de los mismos. De todo lo que allí se dijo apenas hay cosa que se me pueda atribuir a mi mismo, ya que Colmenares tan sólo me dejó hablar un poco al principio, interrumpiéndome cada vez más con interminables apostillas que, como también se empeñaba en fijarlas por escrito, se hacían insufribles, pues al tomar la pluma ya no se acordaba de lo que acababa de decir.

En conclusión, al despertar, lo único que me quedó de aquel maratón literario fue una migraña letal, acompañada de una terrible sequedad en la garganta, como si hubiese estado cenando todo aquel papel impreso y tragándolo sin un maldito vaso de agua.

En cuanto a las obras examinadas, reseñaré aquí las dos más recientes para resarcir la paciencia del lector con alguna noticia útil, no sea que diga que sólo le doy achaques de visionario. Además, en su honor, trataré de fingir lo mejor que pueda el habla académica propia de esta vigésimo primera centuria.

La primera –y, como quedó dicho antes, la más reciente- es una publicación conjunta del Ayuntamiento de Segovia y de la Universidad de Valladolid, que recoge lo más granado del trabajo que presentó en la UNED como tesis doctoral Francisco Javier Mosácula María. Su asunto es el estudio socioeconómico de una élite dirigente del Antiguo Régimen, la de los regidores de la ciudad de Segovia, entre 1556 y 1665. En él, Mosácula disecciona el “grupo social” de los que formaban el Ayuntamiento de la ciudad. Se centra, pues, en sus rasgos colectivos: procedencia; acceso al oficio; reforzamiento del status... De esos rasgos, resulta un “tipo social”, un “perfil”, que se mueve por lo general entre los dos grandes polos axiológicos de la época, la nobleza y la riqueza. Como dicho grupo debe su status a su cargo institucional, la evolución histórica de dicho status estará condicionada por la propia de la institución municipal (desde el s. XIV hasta el final del periodo estudiado): la progresiva patrimonialización del cargo y la consolidación de la élite dirigente.

Hecha la disección sociográfica de los regidores, y trazada la evolución institucional del Regimiento, ¿qué más podríamos pedir? Al esfuerzo del autor, sin duda, no se le debe pedir más, pues la tarea realizada ya es, en sí misma, excelente. Sin embargo, las próximas “visitas” que se emprendan sobre la ciudad del Acueducto en el Siglo de Oro –una vez que ya conocemos a los personajes que ejercieron el “pequeño poder” en ella- habrá de considerar el pálpito político. El regimiento y el gobierno de aquella élite se ejercía día a día. Es cierto que muchas de sus decisiones tenían que ver con el mantenimiento de los intereses privados de aquellos personajes. Pero la institución no se reduce a su estructura y a su conservación; también existió una “historia pública” que es preciso recuperar.

Mosácula ha estudiado perfectamente los “mecanismos” institucionales y humanos del Regimiento segoviano entre los siglos XVI y XVII, y ha “coloreado” esos mecanismos con importantes aportaciones, muy precisas, sobre el modo de vida de los personajes concretos. Sabemos ya cómo eran las ruedas, los engranajes de la institución municipal; conocemos perfectamente su “anatomía”. Incluso quedan trazadas las líneas maestras de su “fisiología”. Falta sistematizar ahora su “biografía”; su actuación concreta en el tiempo. Ello requiere, sin duda, un aliento poderoso que emprenda la tarea de revisar los Libros de Acuerdos del ayuntamiento y vaciar sistemáticamente la inabarcable información sobre los asuntos que se trataron, las discusiones y disputas a que dieron lugar...; y, puesto que ya conocemos bastante de los actores, construir el relato razonado de lo que fue el gobierno de la ciudad en el contexto de la historia general: sus relaciones con la monarquía (tanto en los diversos aspectos políticos, como en el tema crucial de la fiscalidad); con las instituciones eclesiásticas; con los agentes económicos; y con el pueblo pobre y menesteroso... Todo ello en la cambiante circunstancia histórica de la ciudad a lo largo del siglo considerado.

El libro de Mosácula es una importante aportación que rotura, para el caso segoviano, un campo prácticamente inédito. Apoyándose en el conocimiento de la sociedad y economía segovianas del Antiguo Régimen que permiten los diversos trabajos de Ángel García Sanz, analiza Mosácula una importante masa documental (actas capitulares, testamentos, etc.) que procesa cuantitativamente, llevándole a definir un “perfil” de oligarquía municipal de antiguo régimen que se ajusta a los modelos ya conocidos por trabajos similares (por ejemplo, el de Mauro Hernández – “A la sombra de la Corona”, 1995- sobre la oligarquía madrileña), si bien aportando como rasgo específico del caso segoviano la incorporación a dicha oligarquía del elemento industrial de los “hacedores de paños”, especialmente de aquellos que no los hacían por sí mismos, como los Suárez de la Concha, los Meléndez Ayones y tantos otros.

Al llegar a este punto, me interrumpió bruscamente el sabio Colmenares:

 

¡Qué bien se adivina, por aquí y por allá, entre la verborrea académica del libro, el palpitar cotidiano de aquellos regidores, a muchos de los cuales yo mismo conocí y traté!

Y más de bulto los puede tener vuestra merced si consulta el número 104 de la revista ESTUDIOS SEGOVIANOS (Segovia, 2004, tomo XLVII, páginas 43-394), que casi todo él lo ha llenado Mosácula de regidores segovianos. A todos ellos saca el autor en procesión, siguiendo el orden cronológico correspondiente a su entrada en el Ayuntamiento, y portando, a más de sus varas e insignias, los muchos o pocos datos que pudo reunir sobre ellos, componiendo así un valioso Diccionario de Regidores de Segovia.

¡Decidme dónde se halla tal maravilla, que quisiera emprender a partir de ella la continuación de mi “Historia”!

Sí, maestro; pero antes veamos al menos algún libro más.

 

Así pasó ante nuestros ojos críticos un tomo más grueso que el ya visto, publicado también por la Universidad de Valladolid, aunque esta vez en colaboración con la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, y no tan reciente como aquél ya que éste salió a la luz en 2004. Colmenares me lo presentó:

Es libro de meditación y de avisos al pecador conspicuo. Yo mismo lo leo mucho a ratos, porque me da mucho a pensar y, aunque esté mal decirlo, me entretiene. No conozco a su autor y su nombre –Ronald Cueto- me resulta extraño. Sin embargo, es hombre de mucha teología y de mucho desengaño: en realidad, aunque se hace pasar por individuo de tu siglo, es más de mi tiempo que del tuyo.

Yo he hablado con él muchas veces y puedo decir que es, ante todo, un hombre bueno, muy del siglo XX, pero que los estudios le han llevado a embeberse hasta tal punto del XVII que está convencido de la perfecta conmensurabilidad de los discursos. Es el sueño de los alquimistas, sin hornos, carbones ni retortas. Y no es de extrañar, pues de este autor se ha llegado a decir que algo tuvo que ver en los hechizos de Carlos II. Para mi gusto, su obra más lograda es aquélla en la que explicó perfectamente la invención de ese patrono apócrifo que luce Segovia en la figura de San Jeroteo.

Ya, ya. Habría mucho que hablar de San Jeroteo. Pero vayamos al asunto. Decidme qué os parece este extraño libro intitulado “La vida a través de la muerte: voces segovianas del siglo XVII”.

Pues coincido en que es libro de meditación a la vez que de entretenimiento. En él, el autor ha ido hilvanando –al hilo de su propia curiosidad y agrupándolas levemente con un criterio temático muy laxo- innumerables noticias extraídas de cientos de documentos del Archivo Histórico Provincial de Segovia: en su mayor parte testamentos y documentos judiciales. A través de ellos podemos observar muchos aspectos de la vida de los hombres del siglo XVII (¡y de las mujeres!) que, en ese momento crucial de testar, o bien apuntan al futuro en forma de disposiciones, mandas, etc., o bien apuntan a una determinada lectura del pasado, es decir, de la propia vida, aportando siempre, en cualquier caso, datos muy humanos ...aunque codificados según los parámetros ideológicos de aquella época.

 

En este punto miré a Colmenares y comprendí que no me estaba entendiendo nada, pues me miraba absorto y ni intentaba meter baza, ni tomaba tampoco la pluma; así que procedí a aclarar mi pensamiento para él, lo que nos llevó muchas horas de imposible conversación (¡ah, y qué bien hubiera podido entenderme con él de haber tenido la ubicuidad conmensurable de Ronald Cueto!).

Aunque aún ahora sigo sin saber muy bien si estoy dormido o despierto, como ya no tengo delante al sabio Colmenares (me abandonó de repente a mi suerte en cuanto logró sacarme dónde podría comprar los Estudios Segovianos), trataré de concluir dirigiéndome de frente al lector (que es lo que debí haber hecho desde el principio).

Tanto el libro de Mosácula como el de Cueto son, en gran medida, tributarios de la historia al estilo francés de los Annales, aunque entre ellos hay enormes distancias metodológicas. En el libro de Mosácula el énfasis estaba puesto en la reconstrucción de una estructura: el armazón sociográfico de una institución. Ese armazón se construía cuantitativamente a partir del cruce de las informaciones institucionales de las actas capitulares (presencias y oficios) con las documentaciones de protocolos (testamentos especialmente). Y todo está al servicio del “armazón” estructural.

El de Cueto no se preocupa de la estructura: la da por supuesta y conocida. El autor, al menos, la domina perfectamente y deja caer de vez en cuando atinadísimos comentarios: es un veterano conocedor de la España del Barroco. Su misma escritura es bastante barroca: en este libro se instala en una dimensión del lenguaje muy característica de esa época y nombra cada capítulo con un refrán alusivo. En realidad, las alusiones están por todas partes. Y el método expositivo completa esa fusión del autor con su texto: decide “dejar hablar directamente” a los personajes del más allá temporal. Cueto se olvida a menudo de que es el autor y se abandona totalmente en la palabra de los sujetos históricos de los que trata; se deja arrastrar por ella y nos ofrece una verdadera “historia en migajas”. Cuando llegamos al final del último capítulo (titulado significativamente “De profundis clamant: Voces del pueblo llano. A modo de conclusión”), y buscamos en él ese “hilo” que tememos haber perdido, envueltos en la fascinación de tantas voces, nos enteramos de que toda la rica documentación aportada debe “ayudar al curioso a comprender lo complicado de la vida de entonces, frecuentemente simplificado y manipulado por los profanos con intereses ideológicos, o políticos. Las voces rescatadas del olvido siguen estando vivas, en el sentido de que los protocolos y los pleitos explorados aquí resultan tan ambiguos y polifacéticos como la vida misma” (p. 493).

Así, los dos libros que aquí he comentado, se sitúan en dos polos bastante opuestos: el uno pretende delimitar una categoría histórica, definir una tipología tanto institucional como sociológica; el otro se olvida de su papel de historiador como “traductor” entre dos tiempos y se instala en ese placer que procura el propio documento, el que en realidad busca en secreto el investigador cuando pasa incansable las hojas de los legajos. En este sentido, uno se acuerda de aquel estudio –absolutamente modélico- sobre el mercader y regidor Juan de Cuellar, exportador de lanas a Florencia, que publicó en 1990 Rafael Ródenas ( “Vida cotidiana y negocio en la Segovia del Siglo de Oro”). En él se armonizaban perfectamente las tres duraciones braudelianas sobre la base de una documentación muy acotada, pero perfectamente contextualizada.

 

Francisco Javier Mosácula María : Los regidores de la ciudad de Segovia, 1556-1665: análisis socioeconómico de una oligarquía urbana, Universidad de Valladolid & Ayuntamiento de Segovia, Valladolid, 2006

Ronald Cueto Ruiz : La vida a través de la muerte. V oces segovianas del siglo XVII, Universidad de Valladolid & Academia de San Quirce, Valladolid 2004

julio 2006 nº 3

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