Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, tango y abstracción

Tormenta

Luis Marigómez

Íbamos a buscar a la abuela, la madre de mi padre, a un balneario. Está viuda. El abuelo murió hace un par de años, de un infarto, a mediados de julio, una mañana de calor, al oír las campanas que anunciaban fuego en un pinar, sin dar tiempo a llegar al médico. La abuela tiene artrosis, reuma, Parkinson y supongo que todavía le queda pena por lo de su marido. La acompañaba mi tía, su única hija, a tomar unos baños que la aliviaran un poco. Las habíamos llevado también mi padre y yo quince días antes. El lugar parecía agradable y, además de los albornoces blancos y los muebles de mimbre, me gustó ver unas piedras enormes y redondeadas en el exterior, y un arroyo delgado que serpenteaba entre la hierba. En algunas partes olía a huevos podridos, por lo del agua especial de allí, y en otras a lejía, supongo que por la limpieza. En el viaje de ida, mi abuela nos preparó unos bocadillos con un cuarto de hogaza de pan y un filete empanado envueltos en una servilleta de paño de cuadros rojos y blancos que mi padre decidió olvidar cuando las dejamos instaladas en aquel caserón antiguo lleno de viejos. Comimos en un restaurante de carretera; mi padre, como de costumbre, preguntó si tenían riñones al jerez, pero se tuvo que conformar con carne guisada.

Mi padre compró el coche el invierno pasado, de segunda mano, a un carnicero de mi pueblo al que se le atragantaron las letras para pagarlo. Fue una ganga, o eso dijo él; sólo tenía treinta mil kilómetros cuando lo consiguió. Es de color amarillo pálido y es el primer coche que tenemos. Antes, los viajes los hacíamos siempre con el camión que usan en la tienda para llevar frigoríficos y lavadoras a instalar a casa de los clientes. Una vez fuimos a la comunión de un primo a Valladolid en ese monstruo de cabina roja que hace tanto ruido y al que le cuesta muchísimo alcanzar los noventa Km. por hora. A mi madre le daba vergüenza. Apenas cabíamos los cuatro. Cuando íbamos al río a bañarnos, mi padre nos llevaba a mi hermano y a mí en la moto que tiene desde siempre, y que ahora apenas usa, por aquellos caminos de arena atravesados de raíces de pinos. Mi madre se quedaba en casa. Una vez nos caímos los tres y me quemé la pantorrilla con el motor. El coche coge con facilidad los cien Km. por hora y mi padre está pensando en instalarle un autorradio. Este verano hemos ido los cuatro al río un par de veces, en domingo. Mi madre preparó tortillas de patata y ensalada de lechuga. He aprendido a bucear bastante bien y ya casi sé nadar, estilo perro.

Mi hermano se quedó en la tienda con mi tío. Yo había ayudado a instalar una lavadora la tarde anterior y me había ganado el viaje. Casi siempre soy yo quien acompaña a mi padre en sus salidas, a vender y a lo que haga falta. Sube a casa y me dice: “ven”. Yo pregunto a dónde, pero él solo repite la orden y corro detrás. Cuando estamos en el camión, a menudo canta, sólo allí, canciones antiguas que no ponen en la radio. “Encima de ti me pongo por ver cómo corre el agua…” Me gusta oírle. En el coche no lo hace, mucho menos en casa. Es como si fuera un secreto entre los dos y el camión.

Amadeo Olmos

Ya había ido a Salamanca el invierno pasado, en una excursión del Instituto. Estuvimos en la Alberca y compramos guirlache a aquellas señoras que vestían con manteo y llevaban esos pendientes de plata tan grandes y complicados. Partían el guirlache con un martillo y lo servían en papel de estraza. Antes de llegar vimos unas tierras rojas que por aquí no hay. También había muchos árboles grandes en el campo, con la copa redonda, de color verde oscuro. Algunos troncos se retorcían sobre sí mismos al crecer, como si bailaran. El profesor de Ciencias nos dijo que son encinas y que en esas tierras se crían toros bravos. En la ciudad vimos la Plaza Mayor, toda de piedra y muy cuadrada, llena de arcos, columnas y medallones. El profesor de Historia dijo que es un lugar muy importante. Mi hermano no ha ido nunca a Salamanca y tampoco le gusta quedarse en la tienda; podía haber ido él a uno de los dos viajes, pero fui yo. Casi lo consigue la primera vez, pero a mi madre se le ocurrió poner chicharro para la comida del día anterior y él se empeñó en no probarlo. Con la cabezonada le castigaron a quedarse en casa. Le ocurre a veces. Yo como de todo, aunque no me guste, por si acaso.

Salimos del pueblo temprano. La idea era recogerlas a media mañana y llegar a casa a comer. Era una paliza, dijo mi madre, pero con la velocidad que coge el coche se podía hacer sin mucho esfuerzo, contestó mi padre. Al principio del viaje hacía sol, lo normal a finales de agosto, pero cuando llegábamos a Salamanca aparecieron unos nubarrones que pusieron el cielo oscuro. Poco después de atravesar la ciudad cayeron los primeros goterones sobre el parabrisas. Enseguida la lluvia fue tan fuerte que apenas se veía la carretera. Había también rayos que ponían todo de un blanco que nos deslumbraba un momento para quedar oscuro después. Alguno pareció que caía justo delante de nosotros. Un par de truenos me asustaron con su estruendo. Mi padre se reía de mí. El motor empezó a hacer ruidos raros y, al cabo de unos minutos, el coche se paró. Mi padre nunca ha sabido de mecánica, quizá por eso me riñe por la costumbre que tengo de destripar los juguetes para ver cómo funcionan. Se quedó un momento pensando qué podía hacer. No tenía muchas posibilidades. Me dijo que no saliera del coche y que le esperara. Salió al otro lado de la carretera bajo la tromba de agua, sin chaqueta ni nada, porque la había olvidado en casa, y consiguió que parara un coche que venía en dirección contraria. Montó en él y desapareció.

 

Amadeo Olmos

La lluvia siguió todavía un buen rato. No sabría decir cuánto porque no llevo reloj. Me dio por pensar cosas raras. ¿Qué pasaría si mi padre no volviera? Mi abuela y mi tía tendrían que quedarse en el balneario algún día más y luego mi tío tendría que ir a buscarlas en el camión, con lo poco que le gusta conducir; y además habría que cerrar la tienda unas cuantas horas. O llamarían a un taxi que las llevara al pueblo. Esa opción sería la última, porque un taxi es muy caro y a mi abuela no le gusta tirar el dinero. Y luego, ¿qué sería de mi madre, de mi hermano y de mí? Yo, desde luego, dejaría el Instituto y me pondría a trabajar en la tienda con mi tío. Aunque todavía me falten unos cuantos años para poder hacerlo legalmente, no quedaría más remedio. Allí se necesitan por lo menos dos personas, y de algo tendríamos que vivir. El curso pasado Rafa tuvo que irse de clase porque su padre se puso malo y alguien tenía que hacerse cargo de las vacas. No ha vuelto. Mi hermano podría seguir en la escuela, todavía es demasiado pequeño y, además, siempre protesta cuando le mandan estar en la tienda. Me convertiría en el cabeza de familia. No reñiría tanto con mi tío como hace mi padre y le convencería de las cosas de otra manera, sin dar voces, que me ponen muy nervioso.

Empezaba a escampar cuando paró un camión delante del coche y se acercó un señor. Al principio me dio miedo y cerré las puertas con el seguro. Luego, al verle la cara, no me pareció un tipo peligroso. Bajé la ventanilla para oírle. Preguntó qué pasaba y si podía ayudar en algo. Se lo estaba explicando cuando llegó mi padre con una grúa de un taller y un mecánico. Abrieron el capó del coche y, al cabo de unos cuantos intentos, entre los tres, consiguieron que volviera a arrancar. No tardaron mucho. Había dejado de llover. Mi padre estaba empapado cuando entró en el coche para seguir el viaje. Le caían gotas del pelo por toda la cara. Se limpió las gafas con la camisa. Tenía un aspecto terrible, mucho peor que el mío algunas veces cuando vengo de jugar de la calle y por el que me regañan en casa. Me explicó que se había mojado la tapa del delco y que por eso se paró el coche. Le pregunté qué es el delco, pero no supo decírmelo.

Aunque se había hecho muy tarde, paramos en un bar a tomar un café y descansar un momento. Mi padre fue al váter y volvió peinado. Empezaba a secársele la ropa. Desde allí llamamos al balneario para que no se asustaran por el retraso. Las tierras rojas junto a la carretera se habían cubierto de charcos. Cuando llegamos, mi abuela y mi tía tenían cara de preocupación. Les explicamos lo ocurrido con más detalle y empezamos el viaje de vuelta.

Casi no habíamos cogido la carretera general cuando mi tía descubrió los bocadillos del viaje de ida, intactos, envueltos en la servilleta de cuadros rojos y blancos. El pan parecía piedra y los filetes se habían llenado de hormigas, y a mi tía le dan mucho asco. No sé cómo entrarían los bichos en el coche. Hubo que parar y tirarlos. Mi tía sacudió la servilleta y la metió en su bolso. La abuela riñó a mi padre, que tartamudeó una excusa que no le creyeron. ¡A saber qué habíamos comido, y dónde! Yo no abrí la boca, por si acaso.

Amadeo Olmos

El cielo estaba otra vez azul, y las tierras rojas brillaban. Me gustaba mirar a las encinas, que parecían más limpias, con los troncos negros y el verde de las copas como más claro. Vimos algún toro, negro, con unos cuernos tremendos, pastando. Teníamos que parar a comer en algún lado. Ellas, con los nervios, tampoco habían tomado nada. Mi tía vio el restaurante de hacía quince días y le dijo a mi padre que parase allí. Él había hablado de otro sitio, más adelante, pero tuvo que hacer lo que le decían. En cuanto nos sentamos en una mesa, el camarero nos reconoció, y le dijo a mi padre que ese día sí tenían riñones al jerez. La abuela volvió a reñirle por tomar vísceras, con la de toxinas que tienen, en vez del filete estupendo que ella le puso. Mi padre pidió chicharro al horno, aunque no le gusta, porque mi abuela comentó que el pescado azul es muy bueno para el colesterol. Ella tomó merluza a la plancha y mi tía y yo carne guisada, que a mi tía le pareció que estaba dura y salada. A mi me supo rica, como el otro día. La merluza era congelada y la sirvieron demasiado hecha, dijo mi abuela. Mi padre dejó la mitad del chicharro en el plato; esta vez, no tomó vino, ni siquiera cerveza; bebió agua, como los demás, del grifo. De postre, todos tomamos flan, de polvos, dijo mi abuela.

Cuando llegamos a casa mi madre nos riñó por llegar tan tarde y dejarla con la comida en la mesa. Con todo el lío, mi padre se había olvidado de llamarla y no la avisó hasta muy tarde, cuando íbamos a salir del restaurante, y ya hicimos el viaje de una tirada.

El año que viene, en vez de nosotros, puede que vayan mi tío y mi hermano a llevar a la abuela al balneario. No creo que mi padre quiera ir.

julio 2006 nº 3

eladelantadodeindiana@gmail.com