Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, tango y abstracción

Jarto de crítica  

Jesús Mazariegos

 

 

Donde so color de comentar

un libro de José María

Parreño, derivo en

hablar de mí

mismo

 

Entre los cuidados libros que publica la galería Utopía Parkway de la mano de Ricardo Navarro, en octubre de 2005 vio la luz una recopilación de textos introductorios para catálogos de exposiciones, escritos por José María Parreño. El libro se titula Arto de arte, con incorrección ortográfica incluida, dando a entender que el arte que le produce hartazgo es el arte al uso, el arte separado de las cosas de la vida, el arte almacenado en los museos, el arte como mercancía y medio de control ideológico.

Sin embargo, en medio de las actuales condiciones del mercado artístico, sigue habiendo un arte del que Parreño no está harto, un arte que atrae su atención y al que dedica los textos del libro, textos que, según su autor, deben considerarse como glosas o fábulas lejanamente inspiradas en las obras de arte, pero no sólo o de ninguna manera como crítica de arte.

A falta de mejor nombre, un subtítulo denomina a estos artículos como “ensayos de crítica-ficción” y son textos que, aunque se ubican en el ámbito de la crítica de arte, tienen más de ficción que de crítica. Al tratarse de textos introductorios, no son crítica de arte en sentido estricto, pero el mismo Parreño ya advierte que no está de acuerdo con la denominación de este género literario.

Debo decir que éste es un punto de coincidencia con quien escribe estas líneas, lo cual no impedirá que tales líneas puedan ser consideradas como una crítica de la crítica, con la salvedad de que aquí el crítico de arte no quiere ni puede actuar como crítico literario y, de seguir criticando, prefiere seguir haciéndolo como crítico de arte.

Sea como fuere, siempre he abominado del nombre de crítico y de su supuesta función de juez o de iluminado del que se supone que sabe distinguir con meridiana claridad lo que está bien de lo que está mal. Abomino también de la crítica de arte críptica, erudita, oscura y con jerga propia, que es muy distinta que la que nos ocupa, la cual puede resultar desconcertante, pero también poética y, por lo tanto, con una gran capacidad de sugerencia.

Antes de seguir adelante quiero hacer una confesión de mi admiración por la obra de José María Parreño y expresar mi incondicional aprecio personal, además de constatar una afinidad de criterios que a veces observo al leer sus escritos. Esto no quiere decir que escribamos igual sino que a mí me gustaría escribir como él lo hace. No sé si él es consciente de tal cosa ni si alguna vez ha tratado de neutralizar esa posibilidad, pues, en cierta ocasión, que escribí una crítica sobre una exposición de un fotógrafo gallego, me escribió Parreño y, tras algunos elogios a otros escritos más convencionales, refiriéndose a éste, me dijo que qué cara más dura tenía. Así como suena. Mi escrito comenzaba haciendo referencia a la tarde plomiza y melancólica en la que escribía, tarde de domingo que asocié con la frase: “los niños se aburren los domingos por la tarde”, frase que me quedó grabada, en mi infancia madrileña, viendo una película en la sesión de tarde del cine del Parque Móvil y que se titulaba ‘Operación Calais’. Dicha frase era, en realidad, uno de los mensajes cifrados que utilizaba la resistencia francesa en la película. A mí me parecía totalmente pertinente la digresión, pues, por la vía del aburrimiento dominical y vespertino, aquellas fotos melancólicas estaban irreparablemente inmersas en la pesadez plomiza de aquella tarde cuyo olor a humedad me trasladaba a las calurosas tardes de tormenta de Le Havre, de nuevo a la costa de Normandía, esta vez de mano de Daniel, el adolescente, protagonista de un extraño libro que había que leer al llegar a la adolescencia.

Comprendo que Parreño no pudiera avalar estas asociaciones, pues vería películas más modernas y no leería libros tan cursis. De todos modos aún no sé si fue un mal momento o un juicio lúcido por su parte. En fin, de una persona como él, aún me cuesta creerlo. En todo caso, que todo el mundo se tranquilice, que no voy a ejercer venganza alguna.

Muy al contrario, sin presumir de ello, me satisface dar a conocer dos pequeños paralelismos entre nuestras personas, que van más allá de nuestra común fragilidad y de la también compartida afición a las mujeres japonesas y al chicle de fresa ácida. El primer paralelismo se refiere al hecho de aludir por escrito a la sensación de que el mundo o la civilización está a punto de terminar. Parreño lo hace en el texto dedicado a Yolanda Tabanera y yo lo hice en un texto dedicado a Carlos Costa. Dice Parreño:

“Ahora que sabemos cómo acabará todo, ahora que estamos cerca del final de la historia humana”,

mientras que yo me expresaba de un modo más velado:

“En estos días en los que se respira la sensación de que muchas cosas finalizan, Costa plantea la más radical de las reflexiones ”.

El otro paralelismo es doble, pues la coincidencia no sólo se da en emitir la misma idea sino en hacerlo refiriéndonos al mismo pintor, Mariano Carabias, eso sí a partir de obras muy diferentes. Parreño parte de un animal esquemático y yo me refiero a un paisaje. Dice Parreño:

“Que pinta para nadie un hombre solo / y no sabe que son / los rasgos de su cara”,

y por mi parte:

“D e modo que todos los cuadros, aunque se titulen "Paisaje", son, en realidad, autorretratos”.

 

Otro caso muy distinto es la imitación consciente y casi plagiaria que hice del subtítulo de Las guerras civiles, que es éste:

LAS GUERRAS CIVILES

O

TEATRO UNIVERSAL

DE LO QUE PASA POR MI CABEZA

 

En donde se declaran

verdaderas mentiras y ficciones exactas,

con provisión de versos, citas e inopias,

un Cuento peregrino, una Novela vaga

y un Apéndice

que habría que operar.

Prestado todo por la casualidad

y ahora en estampa

para solaz del triste, burla del instruido,

lección de alguno y susto de su autor.

 

Del mismo modo que para un romano era un signo de dignidad y de gloria ser apodado Ático, por la admiración que profesaba a los griegos, según dice Cicerón en la dedicatoria de De Senectute, a mí no me importaría que me tuvieran por seguidor de Parreño, aun sin estar seguro de si él sabe a dónde va, y no me importó escribir esta dedicatoria de la primera edición pirata de mis primeras críticas, ni me importa mostrarla ahora :

C R Í T I C A D E A R T E

o

cúmulo

de propósitos y despropósitos

gestados en mi cerebro en visionarias vigilias,

paseos terapéuticos, conferencias, entierros,

Consejos Escolares, esperas hospitalarias

y cuando parece que escucho.

Son artículos publicados en

El Norte de Castilla (ed. Segovia)

entre febrero de 1998 y junio de 1999,

dos de ellos precedidos de su versión

original. Hay textos para catálogos, una

crítica inédita, otra en verso, dos breves íntegros,

una soflama incendiaria y una carta imaginaria.

Vana empresa cuyos efectos en el universo de la crítica no

provocarán un terremoto, como deseaba de sus propios escritos

mi admirado José María Parreño, de cuya idea, esta cabecera es, a un

tiempo, plagio descarado y cariñoso homenaje, en señal de amistad por la

perversa y común inclinación cataclísmica que ambos profesamos.

Aquí palpita mi pasión por la belleza y otras menos confesables

que el lector atento no tendrá dificultad en descubrir.

Son horas de sueño perdidas, amigos ganados,

vanidad casi colmada y soledades de

mi compañera, a la que dedico

este fruto de tantas

renuncias

suyas

Así pues, habiendo dejado clara mi falta de escrúpulos con la imitación de lo bueno, he recurrido a un título paralelo al del libro que pretendo criticar: Jarto de crítica.Jarto porque donde más escuché esta palabra, no por casualidad, fue en mis dos años de estancia en tierras pacenses, como profesor del instituto de Llerena, y la escuché con esa ‘j’ mucho más fuerte que una ‘h’ aspirada. De modo que estoy jarto de leer críticas que no lo son y que tampoco son ninguna otra cosa, críticas que no es que sean oscuras sino que no esconden absolutamente nada porque no tienen ni pies ni cabeza, jarto de críticas anodinas e insulsas, acomodaticias y ambivalentes, jarto de críticas-comodín aplicables al noventa por ciento de los artistas del planeta.

Por cierto, que no es la primera vez que me arriesgo a criticar al crítico. Hace cuatro años debía yo escribir sobre una exposición colectiva de cuatro pintores que no eran ninguna maravilla pero que no se merecían a los pseudocríticos que escribían en el catálogo. Yo tenía que escribir una crítica para la revista de la organización que promovía la exposición, no pude resistir la tentación y la emprendí con los autores de los textos. Después supe que ellos eran precisamente directivos de la organización a la que pertenecían la exposición, la revista, y el catálogo, convertidos en improvisados críticos de unos pintores amigos. En honor a su honestidad como directivos, diré que mi artículo se publicó sin cambiar una coma. Por cierto, no han vuelto a encargarme ningún texto. También es verdad que no me ensañé con ellos y me limité a copiar textualmente algunas frases suyas sin citar nombres.

Como también estoy harto y jarto de que me limiten el espacio en el periódico y esta revista es digital y tal, traigo aquí una pequeña muestra de aquello:

Frases como: 'domina cualquier tema', 'de personalísimo hacer', 'dominador de toda técnica', 'pinta lo que ve y como lo ve' o 'su pintura reúne sensibilidad y oficio', ocupan una buena parte del texto, tan desmesurada en su extensión como vacío e indiferente es su contenido.

Otras expresiones como: 'naturalismo más clásico', 'sus bodegones y sus flores se sitúan en el entorno de la realidad', 'es capaz de retratar la vida', acusan una valoración de la pintura en función de su grado de semejanza con la realidad, más propio de una persona bisoña en la materia que de un crítico.

Las que siguen: 'Es todo un pintor', o 'lo hace todo y lo hace bien', no precisan comentario, salvo que su contundente simplicidad indujera a pensar en una intencionalidad irónica nada favorable para el pintor. Exactamente lo mismo ocurre con afirmaciones más pretenciosas cuya extensa redacción no añade un ápice a su contenido: 'pintura colorista y madura, con fuerza y profundidad, armónica y una gran variedad dentro de la composición', 'su pincel sigue a su fantasía con libertad absoluta y, estando al servicio del arte, obedece a sus espontáneas y personales emociones'.

Algunas ideas, sin carecer de un cierto hálito poético, resultan sencillamente inefables: 'Pintar la naturaleza no es tarea sencilla, pero si frente al cuadro cerramos los ojos y sentimos en todos y en cada uno de los cuatro sentidos restantes, la belleza y ese esplendor de la hierba acamada por un suave céfiro, es que estamos en presencia de una gran artista'.

 

Aviso al lector que esté ojeando (en este caso, de ‘ojo’, sin ‘h’, puesto que no hay hojas) ‘El Adelantado de Indiana’ por encima, de que estos párrafos que preceden no son de Parreño de ninguna manera, sino que están en las antípodas de la forma de concebir la crítica que estamos a punto de abordar.

Si lo que acabamos de ver podía pertenecer por igual a cualquier crítico mediocre y referirse indistintamente a cualquier pintor, cada artículo de Parreño sólo es aplicable al artista para el que ha sido escrito y solamente ha podido ser escrito por José María Parreño. Por otra parte, comprenderá el lector que no mencione los datos de la exposición, el catálogo y la revista a los que acabo de referirme.

En fin, jarto también de la crítica normal y corriente que es la que más abunda, de la crítica rutinaria, aunque sea correcta y acertada, de la crítica de compromiso y de la crítica sin pasión.

El libro de Parreño no pertenece a ninguna de las categorías de críticas mencionadas. En realidad, los textos de este libro, estando más cerca de la crítica que de ninguna otra cosa, nacidos para un catálogo y renacidos en este libro editado por una galería de arte, ni son cuentos fantásticos ni son ensayos filosóficos ni son un diario íntimo ni son una crónica de la existencia ni una terapia introspectiva ni un estriptease figurado, pero algo de todo eso tienen y también de crítica, en dosis variables según los casos. Ésta es la crítica que me gusta.

Creo que ya es el momento de referirme a algunas de las constantes que hacen que estos textos lleven la huella inconfundible de José María Parreño.

El libro consta de dieciocho textos de catálogos, cuatro homenajes y un poema. Si los primeros están escritos en prosa, en los homenajes, el dedicado a Zush también está en prosa; el de Esteban Vicente consta de tres poemas y los de José Luis Tirado y Víctor Mira alternan ambas formas de escribir. Los artistas a los que se dedica texto, aparte de los citados, son: Chema Madoz, Guillermo Rojo, Mireia Sentís, Eugenio Castro, Ernesto Flores, José Luis Tirado, Luis Moro, Adolfo Schlosser, Mariano Carabias, Yolanda Tabanera, Juan Asensio, Rafael Pérez Estrada, Chema Peralta, Antonia Valero, Luis Pita, Javier Riera, Isabel Rubio y Laura Lío. El libro termina con un poema titulado Estática y Estética, en el que el autor se maravilla ante la visión de las piernas de una americana visitante de museo . Dice:

“Ella camina hacia el mostrador / con la indolencia radiante / de un antílope / al sol de la sabana”.

En la línea de la vocación de Parreño por los cataclismos, con frecuencia imagina situaciones post nucleares, mundos posteriores a una catástrofe atómica nada lejana. De este tipo de contexto hay un claro y sobrecogedor precedente en su libro Las guerras civiles, en un poema escrito en la pared de una estación de Metro, al que pertenecen estos versos:

“Usted ya sabe cómo es esta vida / que muy probablemente en algún tiempo / las raíces de un bosque / trituren este andén / y el nieto del nieto de su hijo / cazará en los hoteles con la ayuda de un lobo / y la frente tatuada / con Einstein en la cruz.”

En las primeras líneas del texto dedicado a Chema Peralta, dice:

“Una vez extinguida felizmente la Humanidad, las cosas estaban a sus anchas, disfrutando de una existencia insospechada”,

y poco antes del final del texto, dice:

“Lo único irremediablemente pavoroso es la ausencia de seres humanos”.

Tal como parece conocer el futuro, también sabe situarse en él para mejor observar el presente. Del mismo modo que Javier Krahe, para hacer una crítica demoledora de nuestra sociedad, no habla de lo que ocurre en ella sino que viaja a las antípodas aclarando que allí y aquí las cosas son iguales:

“En las antípodas / todo es idéntico. Tienen teléfonos, / tienen semáforos, / con automóviles, / con sancristóbales”,

Parreño se sitúa frecuentemente en una época posterior, desde la que ver el presente a cierta distancia, menos mediatizado. Así, en el texto dedicado a Guillermo Rojo, habla del “progresivo debilitamiento de la realidad que, como es sabido, desembocó en su extinción”.

 

No faltan ocasiones para darse cuenta de cuál es realmente el arte que Parreño busca. En el texto sobre Guillermo Rojo lo llama “tercer espacio para la creación”, es un arte que

“genera obras pero se cuida mucho de calificarlas de obras de arte. Ejercita la creatividad como componente esencial de la actividad humana, no como una especialización profesional”.

A partir de aquí podrá entenderse que, a veces, se perciba una cierta beligerancia contra el arte contemporáneo, ¡Quién lo diría!, al que llega a considerar como “una rama visual de la filosofía”. Así ocurre en el texto dedicado a Mireia Sentís, en el que imagina la silla de Kosuth, las aspiradoras de Koons y los neones de Flavin rescatados “por unas manos sabias”, del “gélido infierno de la estética” y se rebela contra los “milagrosos” mecanismos capaces de multiplicar por cien mil el precio de un montón de piedras.

Ciertamente, desde hace algún tiempo, se oyen voces autorizadas que llaman la atención sobre la locura de los precios de determinadas obras de arte. Hace unos años leí en un artículo de Ángel González García, que lo único claro de su discurso para muchos pintores era el precio de sus cuadros. Hace mucho menos tiempo, en el Museo Esteban Vicente, Guillermo Solana dijo que el comercio del arte era absolutamente inmoral. Y en el sentir popular está esa sensación mucho más pronunciada. Ahora bien, la existencia del camelo y de la especulación no deben servir de disculpas para descalificarlo todo, lo que hay que hacer es distinguirlo, diferenciarlo. Y, dicho por el mismísimo Calvo Serraller, eso no es fácil.

Aparte de los anteriores detalles apocalípticos y de esta última y fundamental distinción entre varios tipos de arte, hagámonos la gran pregunta: los textos del libro de Parreño ¿son filosofía disfrazada de critica de arte? Yo creo que si la crítica es subjetiva, ha de estar cargada de la subjetividad de quien la escribe. Y nada mejor para dejarse impregnar de esa subjetividad que la lectura de esas digresiones que el crítico va destilando, que van dibujando poco a poco su manera de ver, su manera de sentir. De este modo se consigue transmitir lo que la obra ha provocado en uno, no para que cause el mismo efecto en el lector, sino para que éste se abra a las posibilidades de su propia sensibilidad.

En el texto dedicado a Laura Lío, refiriéndose a la metáfora, Parreño cita a Ramón Llul, en un asunto que me parece perfectamente aplicable al que nos ocupa. Llul decía que cuanto más oscura es la semejanza, cuanto más recóndito el parecido, más iluminará nuestro entendimiento cuando lo comprendamos. Del mismo modo, pienso que en la crítica de arte, cuando todo está claro, todo va bien, pero nada más. Quiero decir que cuando la obra es perfectamente captada por el crítico y éste transmite al espectador las claves necesarias, no hay ningún problema, pero tampoco ocurre ningún milagro. Sin embargo, cuando se habla o se escribe con cierta oscuridad, cuando se parte de las conexiones internas y profundas que el crítico establece con la obra desde su yo más recóndito, el nivel de indagación y descubrimiento es mucho más poderoso y los recursos literarios más necesarios. Puede ocurrir que el lector no llegue a descubrir esa relación sutil entre la obra y lo que el crítico escribe, pero, en todo caso, tendrá ahí un tema para pensar y para releer. En estos casos es muy importante que lo que el crítico escribe esté, por supuesto, bien escrito, y que tenga una fuerza o una capacidad de atracción que llegue a seducir al lector. Aunque puede ocurrir que el comentario del crítico esté por encima de la obra comentada, lo que se consigue con esta forma de escribir es crear una mayor expectación en torno a la obra, pues al no facilitar todas las claves, se deja al espectador atento un campo suficiente para que indague y descubra por su cuenta.

Yo creo que José María Parreño lleva hasta sus últimas consecuencias los principios que para la crítica de arte establecieron Diderot y Baudelaire. Denis Diderot, en la dedicatoria que hace a su amigo Grimm, al publicar las críticas correspondientes al Salón de 1765, dice

“He aquí, amigo mío, las ideas que me han asaltado ante los cuadros expuestos este año en el Salón. Las reproduzco al azar, sin preocuparme por su orden ni por su forma. Las hay falsas y las hay verdaderas”.

Ochenta años más tarde, en los comentarios al Salón de 1846, Charles Baudelaire, bajo el epígrafe ‘Para qué sirve la crítica’, dice:

“Creo sinceramente que la mejor crítica es la divertida y poética; no esa otra fría y algebraica que, con el pretexto de explicarlo todo, carece de odio y de amor, se despoja voluntariamente de todo temperamento; siendo un hermoso cuadro la naturaleza reflejada por un artista, así debe también ser reflejado por un espíritu inteligente y sensible… En cuanto a la crítica propiamente dicha, espero que los filósofos comprenderán lo que voy a decir: para ser justa, es decir, pare tener su razón de ser, la crítica debe ser parcial, apasionada, política; esto es: debe adoptar un punto de vista exclusivo que abra al máximo los horizontes”.

No cabe duda de que Baudelaire exige que el crítico posea un temperamento artístico, con sensibilidad, entusiasmo y capacidad para transmitir sus impresiones por escrito. Esto tal vez no esté demasiado lejos de lo que Francisco Calvo Serraller denominaba “un observador apasionado y responsable”.

Volviendo a la obra de Parreño, un ejemplo perfecto de ese tipo de escritos cuya relación con la obra que se comenta es mínima pero cuya capacidad de seducción es máxima, es el primer texto del libro y está dedicado Chema Madoz. Se titula “Mixtos”. En él, Parreño describe la naturaleza y el uso de las cerillas, su mensaje, intercalando aforismos como éste:

“Cuando enciendes una cerilla y la proteges del viento, parece que has invitado al fuego a comer en tu mano”.

En el último párrafo la cerilla de convierte en símbolo de lo consumido, de lo exhausto, de lo extinto, “emblema perfecto de este mundo”. Y, después de dos páginas de cerillas, reserva a Chema Madoz las dos últimas líneas:

“Chema Madoz es capaz, aun así, de fabricar o fingir con todo esto esperanza. De ponernos una sonrisa tiznada en los labios”.

Es necesario decir, decirlo aquí, no en el texto de Parreño, decir que en las páginas del texto dedicado a Chema Madoz hay una fotografía circular, sugiriendo la visión a través de un microscopio, en la que se ven unas cuantas cerillas quemadas, con sus cuerpos negros y ondulados, colocadas todas en la misma dirección y sentido, de forma paralela y unas más adelantadas que otras. El resultado recuerda intensamente a un grupo de espermatozoides avanzando hacia un óvulo. Explicar esto es explicar lo evidente. Darse cuenta de la contradicción existente entre un espermatozoide como esperanza de vida y una cerilla consumida, tampoco es muy difícil. Por eso Parreño no abunda en lo evidente sino que crea las bases para facilitar y potenciar que el descubrimiento del propio espectador tenga el mayor alcance posible. Y además se divierta leyendo un texto bien escrito y lleno de imaginación.

Otro ejemplo para entender lo que vengo diciendo lo tenemos en el texto dedicado a Isabel Rubio. Ciertamente hace referencias cabales a los precedentes y semejanzas que ve con obras de García Lorca, de Miró, de Gordillo, de Amable Arias o de Abraham Lacalle, habla de una abstracción con vocación figurativa, etc. Muy bien. Pero cuando el texto toma altura, cuando me resulta revelador, auque Isabel Rubio no lo hubiera pensado jamás, aunque ahora dijera que no está de acuerdo con ello, es cuando dice:

“Yo prefiero pensar que estos cuadros son sólo como un parque de atracciones para las almas tristes. Prefiero creer que son un envés, el forrillo que le ponemos a la realidad para que su dulzura o su aspereza insoportables no nos fulmine, si por descuido nos roza”.

Leyendo a Parreño se llega a crear una especie de complicidad con él y, en consecuencia, a tener una mayor confianza en el camino que nos abre. Porque no hace alardes de erudición, porque no utiliza una jerga incomprensible, porque uno sabe de qué está hablando, porque se le entiende. Esta complicidad y el consiguiente acercamiento al arte que se produce en el lector, se basa también en que, tras las líneas escritas, nos deja ver su persona y nos permite entrar un poquito en su vida; se basa en que no oculta sus dudas ni sus contradicciones, lo cual puede tranquilizar, si son las mismas que el lector tiene, o abrir nuevas perspectivas, en el caso de que el lector jamás hubiese llegado a plantearse tales dudas. La duda es el principio de la sabiduría.

 

 

Jósé María Parreño: Arto de Arte, escritos de crítica-ficción, Galería Utopía Parkway, Madrid, 2006.

julio 2006 nº 3

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