Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, tango y abstracción

Mis encuentros con Cernuda

Jesús Fernández-Palacios

 

 

Nunca me encontré con Luis Cernuda, perdonen la tristeza. Me refiero a un encuentro de verdad en que yo hubiese podido mirarle a los ojos, oír su voz y estrecharle la mano. No fue posible porque cuando murió el poeta en Méjico yo tenía quince años y apenas había escuchado su nombre ni leído su obra. Ni siquiera he podido aún visitarle en su tumba, como hice con Pedro Salinas en el cementerio marino del viejo San Juan de Puerto Rico, o con Antonio Machado en Collioure, o con César Vallejo en el cementerio Montparnase de París.

Del Grupo del 27 sólo he conocido y tratado, en mayor o menor medida, a Gerardo Diego, en una vieja librería de Cádiz; a Vicente Aleixandre y Dámaso Alonso, en sus domicilios madrileños; a Jorge Guillén, en su casa de Málaga; y a Rafael Alberti, desde que regresó a España en 1977 hasta practicamente el final de su vida. De los cinco conservo varios recuerdos, sobre todo de Alberti, como son libros dedicados, fotografías, dibujos, poemas autógrafos y cartas.

Entonces, ¿ a qué viene eso de mis encuentros , así en cursiva, con Cernuda? Pues eso, a que no fueron encuentros de verdad sino a través de personas que le conocieron, lugares donde vivió y alguna que otra coincidencia, fruto del azar en el tiempo y en el espacio. Me explico.

En 1993 conocí en Nueva York al poeta cubano Eugenio Florit quien, a sus 90 años reciencumplidos, aún conservaba una buena memoria como para acordarse de cuando convivió con Luís Cernuda en la Escuela de Middlebury, estado norteamericano de Vermont, en el verano de 1948. Florit vivía en Nueva York desde 1940 y Cernuda llegó a la metrópolis en 1946 procedente de Inglaterra. Si bien el poeta sevillano trabajaba como profesor de literatura española en Mount Holyoke (Massachussetts), cada vez que podía, sobre todo en verano, viajaba a algún país próximo (Méjico, Cuba...) o asistía invitado a los cursos de verano de alguna universidad norteamericana.

También rememoraba Florit cuando Cernuda fue a La Habana en 1951, donde él mismo iba con frecuencia para visitar a su familia, y me refirió cómo el autor de Ocnos entró en contacto con el Grupo Orígenes, que capitaneaba José Lezama Lima, en cuya prestigiosa revista ( 40 números y 23 libros, desde 1948 a 1956 ) publicó en cuatro ocasiones. En Orígenes apareció su famoso ensayo sobre Vicente Aleixandre, aparecieron sus poemas "El César" y "Retrato de poeta", así como diez textos de Variaciones de tema mejicano un poco antes de su primera edición de 1952.

 

Ahora me acuerdo que paseando una vez por el barrio habanero de El Vedado con el poeta Manuel Díaz Martínez, me dijo: "Mira, en esa casa vivió Luis Cernuda cuando visitó la ciudad". Era un edificio de siete plantas, nada singular, pero que había quedado fijado en la memoria de algunos cubanos por haber albergado al gran poeta de La realidad y el deseo . La estancia de Cernuda en Cuba no fue tan significativa como la de Juan Ramón Jiménez o Lorca, pero sí suficiente como para que quedase allí su huella humana y su indispensable voz poética. Así me lo reconocieron los más viejos del lugar, tales como el propio Florit, Cintio Vitier, Eliseo Diego y Fina García Marruz, entre otros, con los que tuve la suerte de coincidir más de una vez y oírles hablar de éste y de otros viajeros ilustres.

Seguidamente referiré otro encuentro fortuito con el maestro, que tiene su origen en Xalapa (Méjico), donde Cernuda acudió en agosto de 1963 para dar una lectura poética en la Universidad Veracruzana, a cuya imprenta había entregado Ocnos debidamente aumentado. Semanas después muere repentinamente en Méjico capital y sus astutos editores lanzan rápidamente los primeros ejemplares de dicha obra que, como es lógico, se convierte en versión definitiva.

Pues bien -y así se produce el encuentro aunque me dé pudor relatarlo-, mi primer libro, Poemas anuales , también lo editó la Universidad Veracruzana de Xalapa, justamente en 1976, es decir, trece años después de aquella emblemática y definitiva versión de Ocnos. Una pura coincidencia que me acercó como aprendiz a un verdadero maestro.

Y por último, mi encuentro más reciente y también inesperado. Verán ustedes. A finales de abril recibí una carta entrañable de un viejo amigo al que hacía bastante tiempo que no veía y con el que, por diversas circunstancias, había aflojado amarras, en otro tiempo más fuertes y sujetas. No es que hubiera pasado nada negativo entre nosotros, simplemente es que la vida, las circunstancias de cada uno nos había distanciado en el trato cotidiano aunque, por lo que he percibido, no en el afecto. Ese era el tono de su carta y así fue mi respuesta. Pues bien, esa carta era y venía firmada nada menos que por mi amigo Andrés Sorel, al que le doy mi más cariñosa bienvenida y el caluroso abrazo de antaño, el abrazo de siempre. ¿Y saben ustedes que nos unía de nuevo? Pues Luis Cernuda. Fíjense, una vez más Cernuda propiciaba un encuentro inesperado. Porque Andrés me pedía en su carta que yo le presentara en Cádiz, adonde no venía desde hacía algunos años, su reciente novela Apócrifo de Luis Cernuda* . Su carta me animó a llamarle inmediatamente para decirle que no sólo quería sino que para mí resultaba un honor y un placer oficiar de anfitrión y presentador en Cádiz de un nuevo libro suyo.

Y así me leí su novela, todavía en galeradas cuando me la envió el editor, que al ser un apócrifo podría atribuírsele tres acepciones contenidas en el diccionario de la RAE: Apócrifo es un adjetivo que significa fabuloso, supuesto o fingido. De ahí, pensé enseguida, lo difícil y arriesgado de este proyecto literario que se atreve, y logra en muy buena medida, a fabular, a suponer y a fingir la vida e infortunios de Luis Cernuda que, como sabéis, para muchos seguidores es uno de los más grandes poetas del pasado siglo. Es verdad que Andrés Sorel usa una serie de trucos, los usa con destreza y buen oficio como corresponde a un escritor experimentado, los usa como hacen todos los narradores, y esos trucos se fundamentan en textos que no son apócrifos sino que pertenecen al propio Cernuda y a otros autores que lo conocieron y trataron en mayor o menor medida; esos trucos se fundamentan también en cartas de Cernuda y de otros, en textos creativos y críticos de Cernuda y de otros escritores, y, claro está, en diversas fotografías, algunas muy conocidas, por las que se puede saber cómo vestía el poeta, cómo se peinaba, si fumaba, cómo reía, cuál era su mirada, con quien iba, cómo eran sus amantes, sus amigos, su familia, etc.. Pero también se fundamentan esos trucos en el instrumento más importante del fabulador, que es un imaginación creadora con la que, a base de riesgos asumibles, es capaz de construir una historia verosímil. Eso lo hace Andrés con meritoria habilidad, como cabía esperar de un profesional de la literatura que lleva escribiendo casi desde que tenía uso de razón y publicando desde hace casi cuarenta años, si no me equivoco.

Apócrifo de Luis Cernuda es una novela ni larga ni corta, de una cómoda extensión, estructurada en nueve capítulos y escrita con un lenguaje muy poético, evocativo, denunciativo, dramático a veces, donde se dosifican los pasajes amorosos y eróticos con otros amargos, desencantados, rebeldes, en los que se dan noticias ciertas y supuestas sobre Luis Cernuda y sus circunstancias. En dichos capítulos viajarán ustedes, si se deciden a leer la novela, desde Sevilla a Coyoacán, México, en un largo y accidentado periplo que dura 61 años, es decir, la vida del poeta, con importantes escalas en Madrid, Valencia, París, Glasgow, Massachusset, La Habana, San Francisco, Los Ángeles y México, lugares donde Cernuda nació, aprendió, se desengañó, amó, escribió, enseñó, fue pobre, estuvo solo, enfermó, murió y fue enterrado.

Parece que es Sorel quien atrapa a Cernuda y valiéndose de Albanio, el emblemático personaje de Ocnos, pero a mi modo de ver ha ocurrido lo contrario, es decir, han sido Cernuda y/o Albanio los que se han apoderado de Andrés Sorel, sucediendo lo que se describe en la página 150 con estas palabras: “Como en una novela se escribe, a veces algo o alguien toma posesión de nosotros. Y entonces pasamos a ser los endemoniados. Arrancamos cuanto puede pertenecernos y lo ofrecemos, con temblorosas manos, a la persona idolatrada” Unas palabras que se pueden referir, lo sé, al amado, al que Cernuda persiguió durante toda su vida con efímeros logros y obstinadas decepciones, pero que también se concretan en la admiración que puede suscitar una figura tan especial como Cernuda, que se ha apoderado de Sorel para que, con manos temblorosas --que dudan, que temen equivocarse, que se equivocan incluso--, intente y logre el ¡más difícil todavía!, como es reconstruir una biografía novelada, o unas memorias apócrifas de uno de los grandes del convulso siglo XX. Del poeta y del hombre, pues lo mismo se da cuenta de su buen oficio de escritor, que de su pasión por el cine, es un ejemplo, o de los prejuicios, de sus penurias y soledades, de su narcisismo o de la decadencia de su cuerpo y de su alma que lo llevó hasta la muerte.

Hay una frase final verdaderamente lograda y conmovedora, cuando de un modo sucinto Andrés Sorel cuenta que Concha Méndez y Paloma Altolaguirre, anfitrionas de Cernuda en sus años mexicanos, presienten que Albanio había muerto porque los ladridos de los perros parecían aullidos de chacales. He de confesar, por tanto, que el final de ese nuevo y apócrifo encuentro mío con Luis Cernuda me ha traído tristeza y un cierto miedo porque es un encuentro con la muerte. Aunque siempre nos quedará el poderoso consuelo de su poesía.

 

* Andrés Sorel : Apócrifo de Luis Cernuda , RD editores narrativa, Sevilla 2005

julio 2006 nº 3

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