Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, tango y abstracción

Sprezzatura

Sobre la desaparición de la literatura

Ramón Mayrata

Escribir cartas significa quedarse al descubierto ante los fantasmas que esperan ávidos. Los besos escritos no alcanzan su destino: los fantasmas los sorben por el camino. Y con este precioso alimento se reproducen de manera inaudita .

Franz Kafka: Cartas a Milena

Hay distancia entre lo que uno cree haber escrito y lo que realmente ha escrito. La mayor parte de las frases son sólo la mitad de la frase. Tengo la impresión de que es imposible achicar del recuerdo ideas, proyectos, textos posibles, conjeturas, acciones intermedias, citas, hechos, vacilaciones, discordias, jardines o desiertos.del inconsciente. Demasiadas vías de agua proceden de la vida onírica.

Amadeo Olmos

Pienso que escribir es un sueño profundo que sueña otro sueño distinto del que se cree estar soñando, pues trata de dar un significado diferente a las imágenes. ¿Qué ha sucedido? ¿Dónde he estado durante todo este tiempo en el que no he cesado de escribir? ¿Por qué no he llegado a desaparecer por completo? La velocidad de nuestra época dirige nuestra visión como las bengalas trazadoras en un cielo nocturno. En cuanto a los libros apenas reposan unos instantes en la mesa de novedades antes de desaparecer.

Erase una vez un escritor que seguía escribiendo y escribiendo mucho después de que sus personajes hubieran muerto. Siento que se levantan de sus tumbas para mirar por encima de mi hombro y comentan:  "Es increíblemente raro vivir cuando las cosas han terminado". En el cuerpo a cuerpo con las palabras, escucho el silencio de la literatura, a veces contrapunto escalofriante de la respiración. Tienen razón los personajes: la literatura detiene el tiempo y permite dialogar con los muertos.

Cierta sensación íntima me acompaña desde mi infancia. Nunca se está menos sólo que cuando se escribe a solas. Intenté plasmarla en una novela llamada Miracielos(1):

… el muchacho escucha a su espalda el silbido insistente del silencio. Se vuelve y reconoce ese vacío, esa soledad que le acompañaba desde siempre. Una soledad inquietante en la que resuenan los latidos de su corazón, pues las palabras de su padre sobre la mano que no existe le han impresionado, ya que siente a menudo en aquella casa la presencia de lo que no existe.

En realidad piensa que lo que no existe del todo es la muerte. Porque si echa la vista atrás no puede reconocer en su propia experiencia marcada por la muerte, una imagen tangible y precisa.

Nunca duda de la certeza de la muerte de su madre, pero para él su muerte es un hecho previo, anterior en el tiempo, como si de tan tremenda realidad procediera parte de su vida. Una suposición tan distante y nebulosa como el acto por el cual fue engendrado. Porque tras su muerte nunca ha dejado de percibir su presencia con la realidad física de la que carece su ausencia. En la disposición de los muebles de la casa que durante todos aquellos años no ha variado de como ella los había establecido. En la azotea vacía, asaeteada por los vencejos, cuyos tiestos y jardineras conservan los troncos secos de las plantas que entonces sembró. En el costurero donde perviven cintas de colores y botones cada vez más distantes del uso y de las modas. En la polvera, apenas empezada. En la novela donde sorprendió un día una señal situada a escasas páginas del final.

Aquella presencia física de un ser que no existe, pero cuya estela se prolonga en el tiempo y se resiste a abandonar la casa, irrumpe por sorpresa desde el fondo del cajón de una cómoda en forma de las perlas desuncidas de un collar que le perteneció que ruedan ruidosamente por el tablero al abrir el cajón. O se revela en el cuaderno de recetas de cocina interrumpido en cuyas tapas azules persiste la huella de sus dedos impresa en una mancha de grasa. O en el pequeño espejo de mano que sólo ella utilizaba pero que se empeña en seguir contemplando el mundo, con mirada helada e indiferente, desde el tablero del tocador. Aquella presencia, muchos años después de su muerte, le estremece como la caricia de la mano inexistente de la que acaba de hablarle su padre.

Cuando algo aparece, la sorpresa dura un instante Cuando desaparece, persiste, no se olvida. Esta es una de las cosas que he aprendido en mi relación con ilusionistas y magos. . Palpita lo que se fue y con ello la consistencia de todo, sus leyes. Incluso la muerte no es la misma cuando se trata de una desaparición.


Amadeo Olmos

¿Qué hay bajo la piel de este hombre que en la mesa de novedades contempla el filo de la nada? Hay sobre todo emoción. Y, de repente, una mañana, la inesperada sacudida de su risa cuando percibe que lleva días encerrado en sí mismo y la muerte le ronda por dentro e imagina que rompe a correr sigiloso y sin amarras por un suelo de aguas quietas bajo un cielo mudo tras la lluvia. Tiene cincuenta y tantos años años. Corre sin objeto. ¿Desde que distancia escribe?

En el otoño de 2003, siendo un hombre agnóstico, es decir por razones que no eran claras para mí, empecé a correr cada día. Lo hice por la loma que llevaba mucho tiempo contemplando desde la ventana de mi casa, cubierta por un bosque de pinos y otras especies, que cobija en su cima un espacio ocupado por el silencio y la muerte. el cementerio de la ciudad. ¿Por qué correr por caminos que conducen a nada?

¿Escribimos, al igual que corremos, para dejar atrás a nosotros mismos?. Lo supo Cervantes al rescatar y eclipsar las novelas de caballerías y al ser rescatado y eclipsado por su propio personaje. Raras veces vemos claro lo que quiere decirnos un novelista. Mientras dura la lectura de una novela nos sentimos en el interior de su propio universo, pero el nuestro, el que nos rodea no deja de agitarse, con sus desconciertos, sorpresas, vacilaciones, secretos, posibilidades y contradicciones. Cuando la novela acaba, desconocemos qué lugar ocupará en nuestra vida porque no nos segrega del tiempo y de la existencia cotidiana.. ¿Este mundo que acabo de franquear es la prolongación de otro? ¿Un abismo los separa? No es extraño que lleguen a confundirse en nuestra memoria personajes y situaciones con otros que hemos vivido . realmente. Los caminos siguen intransitables. ¿Caminos que conducen a nada?

 

 Trechos de suelo entre la nubes

 

Tras la lluvia, cuando escampa y sale el sol, echo a correr

hacia la luz, sintiendo bajo mis pies blandas esteras de agua

que las nubes reflejan como si la tierra en el cielo se mudara,

De todas las cosas realmente extrañas, las más extrañas son

caminos que a la nada conducen como este por el que corro,

a tientas sobre un reflejo, a tramos cielo, a tramos suelo.

¿Quizás algún día, no lo sé, pueda averiguar por dónde corro?

 

Amadeo Olmos

Empiezo a sospechar que pertenezco por entero a la naturaleza, al tiempo; que la identidad es un juego. Basta mirar la ciudad en movimiento. La literatura, como la ciudad, es una creación colectiva y una forma de anonimato. La mesa de novedades nos recuerda que la literatura siempre se está muriendo. Sin embargo no es fácil desaparecer. Si somos sinceros hemos de reconocer que es más sencillo orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, precisa aprendizaje. Recuerdo un desierto y un hombre que está a punto de morir. También es literatura. Escribí su historia con el nombre de Ali Bey

Ahora que todos los paisajes se han acotado en el reducido espacio de esta litera invadida por las tinieblas de la noche, creo que tengo derecho a decirlo: Los hombres que poseen un nombre renuncian a muchas cosas a cambio. Viven incrustados en sus lugares natales y jamás prosiguen los caminos, aún cuando sus trajines lo desmienten. El nombre es un muro que se levanta en torno al ser humano, un lugar inaccesible alejado de las rutas por donde pasa la vida y quien lo acarrea consigo siempre permanece en el mismo sitio aunque sus pies se alejen y su calzado reviente. Pero sobre todo os prevengo de que el nombre, ningún nombre, está al abrigo de los saqueadores, de cualquier individuo osado, resuelto a apoderarse de él y a disfrutarlo y sufrirlo como se soporta un destino.

Es decir se escribe a la intemperie. Lejos de las mesas de novedades. Otras disciplinan se reservan el universo. A los escritores nos queda su sombra fugitiva Y desde la intemperie me pregunto ¿ Cuáles son los temas que verdaderamente importan?¿Cuál es la forma de expresión más adecuada? En ese sentido las últimas obras que he escrito tienen una peculiaridad. No pertenecen a un género preciso. Son difíciles de situar en la mesa de novedades. En ellas coexisten fragmentos autobiográfícos con los objetos encontrados, el diario de viaje con la ficción, el ensayo con la fábula, los ojos cerrados con el álbum de fotografías. En la página en blanco, la mirada tiene la transparencia insondable del cristal; no aprecia diferencias entre los géneros y tiende a valerse de toda clase de técnicas y formas de expresión. Al igual que una copa en una alacena

 

Como pie descalzo

se apoya en la alacena

esa copa vacía

que siente la madera;

sobre la que reposa,

su peso y su firmeza

a través del cristal.

 

Transparencia tan cierta

que troca lo espeso en claro,

en aire la firmeza,

el peso en levedad,

casi en cielo la tierra.

 

Un vacío esencial

que la mirada llena.

Despojada y desnuda,

en el aire aprecia,

sin rasguño o desgaste,

sólo un fulgor apenas.

 

La realidad salvada

es sólo transparencia,

donde la madera es aire

y el aire es madera.

 

En su hondura el cristal

muestra el hueco que encierra

y también es trasluz

de cuanto le rodea.

 

Lo que existe es vulnerable a lo que no existe. La nada, como la transparencia del cristal en el aire, injerta en la realidad un enigma que hay que descifrar. La obra de un escritor es el largo camino que regresa, entre disgresiones y rodeos, a las sencillas e intensas preguntas que conmovieron su corazón alguna vez. Muchas veces me he identificado con el hombre de piel negra, que cubierto con un quitapolvos azul y unos pantalones rojos barría inútilmente las escaleras de entrada del edificio del Gobierno General en El Aaiún . Se empeñaba en amontonar la arena en el trozo de acera, pero esta volvía a ascender los escalones casi instantáneamente, resbalando sobre las botas negras de los centinelas. Y sin embargo las pocas veces que he creído experimentar el consuelo de un sorbo fresco, aunque amargo, de verdad ha sido tras sortear esta clase de desiertos. Diré que casi todos los hombres poseemos algunas imágenes como estas. No son imágenes buscadas sino encontradas que salvándose del desgaste de la vida se guarecen en la memoria. Si nos fijamos bien notaremos que estas imágenes surgieron en momentos de nuestra existencia prodigiosamente libres, no para soñar, sino para mirar con intensa atención y ojos bien abiertos.

Amadeo Olmos

Ello no quiere decir que tengamos que permanecer para siempre en el puro asombro de la infancia, sino más bien que a menudo despilfarramos la facultad de la atención rendida, entregada. tal como intenté reconocer a l final de un relato llamado El guardaparaísos. Cuenta el momento en el que el protagonista,, al palpar una semilla, descubre al tiempo el frío semblante de la muerte y la capacidad casi quirúrgica que tiene la vida para atravesar la existencia individual.

José, el guardabosques, arraigado ante mí, casi sin moverse, sin que yo apreciara diferencias esenciales entre el y los árboles. La misma persistencia, la misma lejanía con que se desprende de la tierra sin separarse jamás de ella, internándose en el cielo añil en el que se recortaban las copas y, también, sus orejas, muy rojas. Tan sólo su mano abierta y tensa descendía a plomo desde esa lejanía y el sueño del abuelo forceajeaba en mi brazo, casi arrancándolo de mi cuerpo. Entonces comprendí lo que el abuelo deseaba que hiciera. Extendí el brazo y dejé caer la semilla en el cuenco encallecido de la mano de José.

- ¿Dónde está?

No veía otra cosa que la palma áspera y cinco enormes dedos retorcidos cuya piel encubría el sueño del abuelo.

Lo demás yo ya no podía verlo. La semilla había desaparecido. Pero a través de aquella garra vacía, de una materia que debió existir antes que la carne, yo sabía que la semilla caía y caía. Caía en otro tiempo, en aquel mismo lugar, ante los ojos del abuelo que ya había muerto y que estaría allí hecho tierra, como todos los muertos, sintiendo que la semilla le buscaba y se hundía en él, abriéndose paso entre la destrucción, para zurcir, con la urdimbre indómita de las profundidades de la tierra, los harapos en que se había convertido su cuerpo.

He hablado de un guardaparaísos. He de confesar que para mí, durante muchos años, el paraíso tuvo la forma de un desierto. En la vida las palabras no se dejan absorber por las imágenes, pero en la mesa de novedades sí.. Cada escritor forma con sus palabras su collar de cuentas. Las palabras son espejismos de fuente aún no agotadas- diríamos, parafraseando a Gide. Fuentes sobre cuya superficie flotan nuestros deseos. A la manera de los noventa y nueve nombres de Dios que giran interminablemente con las cuentas del rosario entre las manos de los creyentes, son palabras-clave, palabras-problema, palabras-amor. Señalan una dirección. Escoger una palabra es entrar en una casa desconocida. Las palabras actúan como llaves. Había visto aquellos ojos en otro lugar, en otro tiempo. El mendigo engulló un paquete en­tero de cuchillas de afeitar. Abrió los labios desmesuradamente y los transeúntes pudimos pasear la mirada por su boca desdentada y vacía. Era uno de los muchos charlatanes callejeros que mostraban sus habilidades en la plaza Esbehiheh. Yo había llegado a la ciudad el día anterior… No resistía el enclaustramien­to de la habitación del hotel y deambulaba, desde las primeras horas de la mañana, por las calles y plazas de El Cairo, hasta que me topé casualmente con aquellos ojos…. El mendigo introdujo dos únicos dedos en su boca y fue sacando, una a una, las cuchillas ensartadas en un hilo. Yo había visto este truco en múltiples ocasiones y ya no suscitaba en mí sorpresa alguna. Pero me llamó la atención que, al reaparecer, las cuchillas mostraban algunos signos de color rojo dibujados sobre su superficie de acero. Des­de lejos hubiera jurado que estaban trazados con san­gre. Me abrí paso hasta la primera fila y mi extrañeza aumentó al descubrir que aquellos signos rojizos form-aban palabras inteligibles que no estaban escritas en árabe, sino en nuestro dialecto. Leídas suce­sivamente trenzaban un verso de un antiguo poema que todos conocíamos en nuestra tierra:“Sólo la memoria te permitirá saber que aún vives.»

Mediante las palabras efectuamos el viaje a través de lo que los tibetanos llaman el intermedio y nosotros mesa de novedades donde se ensartan, como los anillos de un ciempiés, las vidas pasadas, presentes y futuras y los seres animados existimos más allá de nosotros mismos, a través del flujo que llamamos literatura. Las palabras nos hacen penetrar en un universo ¿jamás visto? de ocho infiernos calientes, ocho fríos, ocho aplastantes y ocho cortantes, de los reinos de los seres ávidos o de los espectros hambrientos, de un .enorme estómago y una estrecha y larga garganta del diámetro de un alfiler… P or el hecho mismo de que están cargadas de sentido – las palabras nos hablan de odio, de amor, frustración, tormento, deseos siempre insaciables.. Ahí están las palabras de siempre en una mesa de novedades. No podemos activarlas como quien acciona una función de una computadora. Al seleccionarlas y ponerlas en marcha tendremos que desenmascararlas, que desbrozar en ellas los conceptos, imágenes, sensaciones, representaciones e ideas que se asocian a ellas a menudo erróneas, tópicas o banales. Por ejemplo estoy hablando de escritura y ¿qué es la escritura sin oralidad? No hay oralidad en la mesa de novedades. Se desprecia porque no se puede vender. Valoro sumamente el analfabetismo pues subsiste en nosotros un mundo lejano, una herencia cultural de la que no somos conscientes pues creemos haber olvidado nuestra parte obscura e instintiva. Lo que sigue son las reflexiones de una criada, que fue analfabeta y aprendió a leer. Transformada, al cabo de los años en una mujer cultivada, reflexiona sobre la condición analfabeta que fue suya. ¡Qué ironía! Entre estanterías sobrecargadas de libros resonó la frase que iba a permitir a aquel niño asomarse a una cultura iletrada, a un habla y un pensamiento ignorante tan próximo a la mentalidad y expresión de los niños, que en los años siguientes se convertiría en una rareza en la sociedad alfabetizada. Ahora sé que el analfabetismo además de una carencia, es también una forma de sentir y de pensar, casi un estado espiritual que la razón no ha logrado mediatizar. No creo que el niño aprendiera demasiadas cosas de mi, pero estoy segura que desaprendió muchas más y esta actitud de libertad extrema - sin rigor alguno, pero con todo el relieve imaginativo del que fuimos capaces en la infancia - sólo podía transmitírsela una persona analfabeta.

Amadeo Olmos

De este modo la escritura se convierte en una indagación sobre la realidad, a partir del lenguaje, que es el instrumento del que se vale el escritor para profundizar en aquello que le llama la atención, le fascina, le agrada, le tortura u horroriza. Pronto descubriremos que nos descubren también las trampas y limitaciones entre la que se desenvuelve nuestro universo mental. Desde ese punto de vista la siguiente palabra que incorporo a mi haz de llaves es ilusionismo . Pero antes regresemos un instante a la mesa de novedades. Los seres humanos siempre hemos coleccionado extrañeza. Realmente ¡hay novedades en la mesa de novedades? ¡O todo cambia, para seguir igual? Uno de los juegos de cartas más efectivos de todos los tiempos fue concebido por Tommy Tucker con el nombre de Siempre seis. Tuve la oportunidad de ver la versión del gran mago Dai Vernon. Se hace con una, dos, tres – a medida que las enumeraba Vernon las iba mostrando - cuatro, cinco, seis cartas. Separó una, dos, tres cartas y se las entregó a un espectador. Mire –dijo Vernon – todavía me quedan una, dos, tres, cuatro, cinco y seis cartas. De las cuales retiro una, dos y tres. Me parece que no se está usted fijando. Mire tengo una, dos, tres, cuatro, cinco y seis cartas.Se las vuelvo a contar. Le entrego una, dos y tres. ¿Está seguro que hay tres? ¿Sí? Entonces me deja con una, dos, tres… cuatro, cinco y seis. Mire, es bien fácil. Se quitan uns, dos y tres… y siempre quedan ¡ una, dos, tres, cuatro, cinco y seis cartas!

¿Nada desaparece realmente? Por tratarse de un juego de ilusionismo la conclusión es más bien contraria. Estoy convencido de que el fin último de la literatura es la desaparición de la literatura. He llamado a este texto Sprezzatura, palabra con la que Baltasar Castiglione designaba la naturalidad del comportamiento del cortesano, también su indiferencia. Aplicado a las artes se alude a la soltura, a la aparente facilidad, a la ocultación del esfuerzo y de la técnica. Traducida como desenvoltura, me complace su doble acepción: Retirar la envoltura, mostrar, compensa lo que pueda apuntar hacia una espontaneidad simulada.

La palabra desenvoltura ¿Nos permitirá volver a recorrer los caminos imposibles por donde hemos pasado como mendigos que suplican un sueño?

Voy a tratar de seguir las huellas de la literatura entendida como desaparición en cuatro actos de un obra teatral imposible, escrita en situaciones y tiempos distintos, que no se podrá haññar nunca en una mesa de novedades.

Acto Iº

En la novela Miracielos el pretidigitador manco cree hacer magia con la mano que no tiene.

- Está bien. Te lo explicaré. Me he dado cuenta de que cada vez que el tiempo cambia esta mano me duele realmente. La mano entera ¿sabes? Siento la palma, el envés, los cinco dedos. Y, a veces, el dolor es insoportable.

- ¡Pero si no existe!

- ¡Cómo que no existe! ¿Acaso no tiene memoria? ¿Acaso no recuerda sensaciones? ¿Acaso no es consciente de todo? ¿Acaso no sabe que hay cosas que le aguardan y que no le han ocurrido aún? ¡Esta mano está viva!

- Está bien. No te enfades.

- Los dedos no son visibles pero los siento tan reales como el resto del cuerpo. Simplemente están fuera del tiempo y del espacio.

Acto IIº

Así mismo escribimos con una mano que no existe, quizás con palabras que tampoco existen.

 

Poema sin palabras

 

Fred Kaps mostraba la palma de su mano vacía.

Una mano vacía siempre es misteriosa.

Fred Kaps cerraba la palma de su mano vacía

y del puño caía un hilillo de sal.

Entonces su mano era más misteriosa

pues abría los dedos y seguía vacía.

Entonces su mano era tan misteriosa

como la mano que escribe un poema.

Le bastaba cerrarlos y caía la sal

formando un montoncito que ascendía

junto a sus largas piernas negras

enfundadas en las perneras del frack.

Toda aquella blancura junto a la tela

obscura y los negros zapatos de charol

grano a grano componían la página

en blanco para su poema sin palabras

que el trazo rotundo de su cuerpo

rubricaba: lo imposible, el contraste,

una mano vacía que llama a la puerta

de lo que no se comprende, un resquicio

que se abre en el aire y nieva a su través

la sal sobre la tierra, ininteligible

junto a los pies firmemente asentados

en el suelo. Con palabras yo plagio

aquel hermoso poema sin palabras.

 

Acto IIIº

¿Somos nosotros realmente quienes escribimos? Hace diecisiete años concluí la primera versión de este poema, que con el tiempo he modificado.

 

Dice el fantasma:

Dirige tu mano hacia el teclado

del ordenador. Como si fueras

a presionar una tecla. Nadie se

fijará en el resto de tu cuerpo.

Sólo tu dedo existirá

pues los hombres tan sólo

perciben acciones finales,

jamás los pasos intermedios.

He coordinado todas las acciones

hacia un único fin: el de existir.

Tal es mi secreto. Ni siquiera mi mano,

ni un dedo, ni una de mis uñas

puedes percibir. Pero yo puedo

escribir por ti, pues estoy aquí,

tanteando las teclas de tu ordenador.

 

Acto IVº

 

¿Para quién escribo? Al escribir es difícil encubrir el deseo de dirigirse a alguien en concreto. Pero es mucho más difícil aún identificar a ese interlocutor. Sin embargo, cuando escribimos, siempre hay alguien a nuestro lado:

Amadeo Olmos

No lo saben, pero van a iniciar una novela juntos. ¿Cuál de los dos es el escritor? ¿Cuál de los dos el personaje? No hay manuscrito. La copia en ordenador no permite identificar la autoría. Por mi parte, mi papel en la historia, similar al de un regidor en una función de teatro, consiste en que todo esté a punto. He emprendido una incursión por los lugares en los que la acción va a transcurrir. Todo está en orden. No sé quién firmará este texto.

 

Miracielos (Muchnik, 2000).

Correr(En elaboración).

Correr(En elaboración).

Alí Bey, el Abasí (Planeta 1995)

Sin puertas , (Pre-Textos, 1996)

El imperio desierto (Mondadori, 1992)

Si me escuchas esta noche (Mondadori,1991)

Miracielos (Muchnik, 2000).

Sin puertas , (Pre-Textos, 1996)

Primera versión en Una duda de Alicia (Frakson, 1990)

julio 2006 nº 3

eladelantadodeindiana@gmail.com