Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, tango y abstracción

La Ventana de mi memoria:

Tomas Guerra

Jesús González de la Torre

A través de mi tío el pintor Eugenio Torreagero, conocí a gran parte de los escritores y artistas de la posguerra segoviana. Tomás Guerra (1893 – 1964), uno de ellos, fue el primero en llamar mi atención por vecindad y por su particular físico: baja estatura, cargado de hombros, cabeza grande, gruesos y redondos lentes y acompañado de un bastón. Le recuerdo a él, a su mujer de resignado rostro, a su numerosa descendencia, y su disparatado estudio lleno de marcos y cuadros que parecía – o era - un palomar al que se subía por una empinada y estrecha escalera. También, tuvo su taller en el hoy salón de actos del Museo Esteban Vicente, antiguo “Hospital de viejos”, y más tarde, Museo Arqueológico – cuyas paredes decoró, a mediados del pasado siglo, el conocido ilustrador y pintor de la época Juan Esplandiu -. En este lugar la peculiar figura de Guerra, recordaba la de un brujo o alquimista convirtiendo la escena en una estampa medieval.

Eugenio de la Torre. Torreajero.

Tomás Guerra comenzó la carrera de Derecho, pero, un tío suyo avivó su vocación pictórica a la que, después, dedicaría toda su vida. El año 1930, expone en la mítica muestra colectiva celebrada en la Universidad Popular; el crítico y escritor Alfredo Marqueríe destacó la interpretación del Acueducto hecha por el pintor.

Al término de la guerra civil aumenta su actividad artística; pasea, repta más bien, por los alrededores y las calles de Segovia para desvelar los secretos que la ciudad guarda, con su caja de pinturas, su caballete y su anarco – carlismo a cuestas. Le gustaba pintar en la calle, a horas muy tempranas, por dos razones: por la fina luz del amanecer y para evitar la aparición de curiosos; el pintor en el lugar elegido para su trabajo plantaba el caballete y, provisto de una paleta con escasez de colores, que por su economía y forma de extenderlos en ella – alguien dijo – parecían cagaditas de mosca, daba comienzo a su tarea con los lentes casi pegados al cuadro. En el año 1949 expone con otro curioso personaje y personal pintor segoviano Federico de la Villa, e individualmente el año 1952 en la Sala de Bibliotecas y Museos; de las paredes cuelga 46 cuadros, en su mayoría paisajes o rincones segovianos y varios retratos, el del extraño ser y mediocre pintor Francisco Pompey, y dos copias, una de Beethoven y otra de San Juan de la Cruz. El catálogo en el que se hace constar que se cobrará la cantidad de una peseta por la visita a la exposición, lleva unas palabras laudatorias del Marqués de Lozoya. El escritor, crítico y pintor Ismael Moreno al referirse a Tomás Guerra habla de Una retina catarática, de obra vista a través de un cristal mojado.

Genialoide extravagante, militante de un particular carlismo, amigo de las fuerzas más vivas de la ciudad, asistente y partícipe en las más conocidas tertulias de aquellos tiempos. Los miembros de la llamada, entonces, “Tertulia de los 13”, con motivo de una desgraciada caída del pintor, le ofrecieron un cariñoso y humorístico homenaje con lecturas de poemas y discursos alusivos al suceso:

 

Por querer subir,

Tomás, una pierna te has partido

y así te miro jodido

por delante y por detrás. escribe Luis Martín Marcos.

 

Mariano Quintanilla le dedica otro poema del que sacamos unos versos:

Bravío y pertinaz en su ideario y en su ideal de trémula perdura

y, como fondo fiel de su figura,

funda el anarco – tradicionalismo.

 

También pulsa la lira en honor suyo el poeta y escritor Mariano Grau, quien junto a otros amigos, en el café Castilla de Segovia el 16 de septiembre de 1950, redactan un documento dirigido a Guerra en los siguientes términos:

1) D. Tomás Guerra Sanz se compromete y obliga por el presente documento a no afeitarse o rasurarse el rostro, ni con maquinilla, ni navaja, tijeras, lija ni ningún otro medio de extracción del vello varonil hasta finalizar el año, siempre que los contratantes esperados cumplan por su parte las obligaciones que contraen en las siguientes cláusulas (...). En resumen, los contratantes se ofrecen a darle 100 pesetas mensuales mientras él permanezca barbudo”. Transcurre un tiempo y el pintor no cumple lo estipulado por lo que se redacta un nuevo documento: “¡Qué D. Tomás se dejó crecer la barba!, (...) y se le anticiparon 50 pts. ¡Esto es lo lamentable!... a los dos días aparece su facia rasurada con tal perfección y maestría como jamás lo había estado. Por lo cual, nosotros ex amigos del Sr. Guerra, proponemos que sea expulsado de la tertulia de los 13, si no nos da explicaciones por nuestra parte: EQUS CUM CURRU PRLIPITATUS ESIS, como dijo el Galeno”. (A pesar de los años difíciles para algunos de los firmantes, el sentido festivo de entender la vida, heredado de los años veinte, todavía permanecía).

La pintura de Tomás Guerra es desigual e irregular, pero poseedora de una personal y fina sensibilidad, que con ayuda de las gamas frías y melancólicas trae el escalofrío del amanecer segoviano a sus mejores obras.

Poco años después en la, antes citada, sala de Bibliotecas y Museos expuse individualmente por vez primera en mi vida. Interesado por recabar opiniones, pregunté a Tomás Guerra la suya y si algún consejo podía darme, tras una larga conversación en un café de la Plaza Mayor, me dijo: “lo primero que tenía que hacer un pintor era creerse el mejor y añadió: Como yo que, como cristiano soy muy humilde pero como artista muy soberbio”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

julio 2006 nº 3

eladelantadodeindiana@gmail.com