Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, relatividad, sulfuros, balnearios e incertidumbres

Diario de Holanda

Vacaciones en Amsterdam y Beek
[25.7.-13.8.2005]

Ricardo Bada

 

Susana Talayero

 

25/7 Por la ventanilla del tren, ya en Holanda, entre Zevenaar y el Rhin, descubro la Brassería El Misionero. Es algo así como si en el barrio de las luces rojas de Amsterdam hubiese un local llamado Lenocinio La Monja.

Willy nos esperaba con un auto en la estación de Arnhem porque tiene que ir a Amsterdam
a ver qué correo le llegó y a hacerse con una disquette del Van Dale, el diccionario sabelotodo
de la lengua neerlandesa. Cuando entramos en A'dam, y el auto corre por el Churchill-laan,
me encanta, como siempre, la indudable justicia poética de que allá, en el centro de la Alameda Churchill, se alce la estatua de Gandhi.

Nos cuenta Willy que está traduciendo un libro sobre el proceso de Nuremberg y que  su próximo trabajo será traducir Die Dämonen, de Heimito von Doderer. Creo que de Heimito
von Doderer en español sólo se ha publicado La escalinata del Strudlhof, que su autor mismo consideraba “la rampa de lanzamiento” de Die Dämonen. Ésta es una novela de unas 1300 páginas, pero casi cada una de ellas tiene más peso específico que la obra completa de bastantes de los jaleados “maestros” “consagrados” por Babelia.

Ya en casa de Willy, en el libro The Filmgoer's Companion, descubro en la entrada acerca
del flashback una serie de reseñas de películas donde ese método tuvo una importancia fundamental, especialmente Citizen Kane. Pero lo que me ha seducido es la opinión del crítico británico Carol A. Lejeune sobre una película de Zachary Scott titulada Ruthless, y lo que dijo es lo siguiente:
Beginning pictures at the end
Is, I'm afraid, a modern trend;
But I'd find Ruthless much more winning
If it could end at the beginning.
Traduzco sobre la marcha, algo inexacto en la letra pero 100% fiel al espíritu:
En el cine empezar por el final
Es ya, lo temo mucho, moda actual.
Mas en Ruthless habría deseado
Que al principio se hubiese terminado.
Me parece buena idea citar esta observación cuando me toque hacer la reseña de una de esas novelas que redescubren el Mediterráneo y/o la pólvora.

26.7.Hay una garza mayestáticamente parada encima de un poste clavado en el centro del canal Slotervaart a la salida de la esclusa. La garza dispone de una ventaja técnica que la que carecía Robinson Crusoe: tiene alas.

En el tranvía de la línea 2, yendo al centro. Los conductores de los tranvías eran parte del folclor de Amsterdam. Sus comentarios lapidarios y llenos del más puro humor popular ante
lo que sucedía en el tráfico eran una delicia. Hoy en día, a juzgar por el conductor que nos lleva a la Centraal Station, van camino de convertirse en disc jockeys con programa propio en el ámbito municipal: el modo cómo anuncia las paradas, cómo comenta, gritando exaltado
o bajando la voz como para contarnos un secreto, sus cánticos sin venir a cuento, sólo para suscitar la risa del aborigen y la sonrisa de incomprensión cómplice de los turistas, que no entienden ni media palabra del dialecto capitalino por mucho neerlandés que sí entiendan... todo ello es una especie de agresión acústica que sólo se soporta porque nos hemos vuelto progresivamente sordos a causa de la polución sonora de las metrópolis. Sic transit mores!
No me extrañaría nada que en el futuro estas peroratas fuesen esponsorizadas, por ejemplo,
por CocaCola, con algún eslogan al comenzar el trayecto (“Bienvenidos en nombre de la pausa que refresca a este trayecto de la línea 2 entre Nieuw Sloten y la estación central”) y algún otro al llegar allá: “Gracias por haber viajado con este tranvía en un trayecto esponsorizado por la pausa que refresca”.

Al pasar con el tranvía por el Leidseplein constatamos la desaparición del segundo Broodje van Kootje, después del de Rembrandtsplein. Ahora sólo queda el del Spui y habrá que darse prisa por comer allá sus incomparables bocadillos, antes de que la marea arrasadora de la comida basura se lo lleve también por delante.

Oído en el mercado de las flores del Singel : Una mujer española, ya mayor, le dice a la pareja joven y los dos niños que van con ella: “Bueno, es que si no me dejáis comprar y lo váis dejando todo para última hora, al final me voy a ir sin comprar nada”. Corolario: el viaje como muestra de consumo allende las propias fronteras y como documentación incontestable del
“I was there”.

Visitamos a RM. Vive en una casa flotante en el Da Costa Kade. Mientras habla con nosotros, yendo y viniendo, sin sentarse, se pierde a veces al fondo a la izquierda, de donde llega el ruido de algo que crepita en una sartén y que huele nada mal. Entretanto aparecen dos buzos de la municipalidad de A'dam, vienen a inspeccionar el lastre de hormigón de su casa flotante,
que RM quiere vender para comprarse otra más grande. La comida es en verdad muy buena,
y el vino de Burdeos con que la acompañamos, de la mejor calidad. Hospitalidad de luxe. RM
a veces arma un cigarrillo y se va a fumarlo ante una de las puertas laterales, que da al canal, expulsando el humo fuera. Como lo imito, me dice que puedo fumar dentro. Le contesto que trato de seguir su ejemplo y no ahumar el interior, y se ríe y me dice que no, que si él lo hace es para que su esposa y su hija no huelan la marihuana, cuyo olor no les gusta. Nos cae bien RM.

Por la noche, en un canal de TV neerlandesa, un reportaje sobre refugiados de derechas, durante la guerra civil, en la embajada de los Países Bajos en Madrid. Fueron evacuados vía Valencia a Marsella, y de allá, en tren, hasta Holanda, teniéndose que comprometer por escrito a no volver a España, ni empuñar las armas por Franco, hasta el final de las operaciones militares. Como varios de ellos intentaron tres veces fugarse, las autoridades los confinaron
en la isla de Ameland. Una de las isleñas tuvo amores con uno de los confinados, que era
de Falange y se marchó dejándola embarazada. Toda una historia dentro de la Historia.
Me recuerda el episodio de las tropas del marqués de la Romaña, que Godoy puso a disposición de Napoleón, y que éste envió a Dinamarca. Cuando se produce la sublevación popular del 2 de mayo y los españoles se alzaron contra el Corso, el marqués de la Romaña intentó abandonar Dinamarca con sus tropas y ponerse al servicio de las Cortes de Cádiz. Al fin lo consiguió, gracias a la ayuda de los ingleses. Pero en Dinamarca quedaron varios apellidos de una indudable estirpe española: sin ir más lejos el de un excelente escritor danés que se llama Leif Panduro. No sé yo de nada que sea más castellano que el pan duro.

27.7. Anoche, a medianoche, hubo un hideputa por los alrededores, acelerando y desacelerando entre 15 y 30 minutos el motor de su motocicleta, que sonaba como un insoportable abejorro enfurecido. De seguir los impulsos de mi enojo, y pudiendo disponer de una pistola, me hubiese levantado de la cama y habría ido a buscarlo para dispararle a quemarropa en los testículos. Así, en el futuro, y aunque sólo fuese por mímesis con su entrepierna, dejaría de hincharle las pelotas al prójimo.

Nos despertamos y llueve. Desayunamos y llueve. Salimos a la calle y llueve. Día que ni hecho de encargo para visitar museos, y además, desde el último viaje a A'dam nos habíamos prometido regresar al Tropenmuseum, al museo de los trópicos, cuya visita debimos interrumpir entonces (2002) justamente cuando llegamos a las salas latinoamericanas y caribes, en el tercer piso. En el tranvía, de camino al museo, tenemos que detenernos algo más de cinco minutos (lo que es una enormidad) porque un imbécil de los servicios municipales ha estacionado mal su camión. En voz baja y en alemán, para que sólo me oiga y me entienda Diny, puteo al maldito conductor del camión, que parece hacer caso omiso de los insistentes campanillazos del conductor del tranvía. Cuando por fin aparece y se digna retirar su camión unos centímetros, no puedo contenerme y lo llamo “cretino”. Diny me dice que no me lo tome así, que soy el único pasajero que se ha impacientado y que el resto ha asumido de manera estoica la situación. Debe de ser porque soy la única persona en este tranvía capaz de seguir indignándose ante el espectáculo de la estolidez humana y de los criterios con los que se expide el carnet de conducir a un miope que ni siquiera sabe aparcar su vehículo en un lugar como éste, donde las vías del tranvía no dejan lugar a dudas acerca del “dónde no”. Malpensante
por naturaleza, creo además que el mal aparcamiento también puede ser fruto de la hybris municipal, del saberse a salvo de multas por el hecho de ser un vehículo del ayuntamiento:
la prepotencia del poder comienza desde muy abajo.

Tropenmuseum. Al comprar las entradas nos regalan a cada uno, en el mostrador, una piedrita contra la mala suerte: en el primer piso está expuesta en estos momentos una amplia muestra dedicada nada menos que al Mal, el que se escribe con mayúscula. Me prometo verla, amparado por mi piedrita, pero ahora le toca el turno a otros males. Este museo fue, en un principio, el de las colonias neerlandesas en Ultramar, algo así como el de América en Madrid, pero entretanto se ha convertido en algo distinto, en algo así como el museo de lo que
(sin cosechar reproches por la incorrección política) se llama universalmente Tercer Mundo.
Es algo extraordinario, como documento de un expolio pero también de un síndrome coleccionista: no sé, en último término me asalta la duda de si un museo como éste no sería en sus comienzos el Ersatz “civilizado” de los recibimientos triunfales que los romanos tributaban a sus generales vencedores de los bárbaros. Sea como fuere, la plétora de material de primera, primerísima calidad, casi anula la reflexión. Esta vez nos concentramos en América Latina y el Caribe. En la salita de entrada, en un cuartito dedicado a “los héroes”, fotos y documentos de
El Santo, Gardel, Che Guevara, Emiliano Zapata, Pancho Villa, Pedro Infante, Pelé... Hay un tablero que puede activarse para poner en el monitor documentos audiovisuales. Oigo a Gardel cantar lo de “todo, todo se ilumira” (esa n gardeliana vocalizada como r que es toda una marca de fábrica). Veo los cuatro campeonatos mundiales de fútbol ganados por Brasil hasta 1994. Reveo el gol de Maradona con la mano, en México 1986, contra los ingleses: vuelvo a despreciar el fraude. Y una vez más Evita, de un carisma que a su lado Madonna parece la sirvienta de Mata Hari. En ese mismo vestíbulo hay un quiosco de prensa, y un altar de santos
y yo qué sé cuántas cosas más. Yendo adelante, un segmento dedicado a la Guadalupana, que no me dice ni la mitad que Yemanjá, mi diosa. Un panel, luego, con lupas de aumento que permiten visualizar las filigranas exquisitas de las pulgas vestidas, esas figuras esculpidas en las cabezas de los palillos escarbadientes: unos prodigios de artesanía. En cambio las vasijas antropomórficas de Chancay despiertan la impresión de que los indígenas de esa etnia fueron víctimas premonitorias de la talidomida. Me asombra, por otra parte, que un museo que invierte el dinero y la dedicación que éste, se permita deslices como hablar en algún audio de Franchesco de Orellana, con pronunciación italiana del nombre Francisco, o rotule algunas imágenes marianas como siendo de Nuestra Signora. Me impresiona mucho más adelante el espacio dedicado a la presencia neerlandesa en el Caribe, especialmente en Curaçao, donde descubro la presencia de judíos sefardíes que llegaron allá escapando literalmente de la quema inquisistorial española. Oigo testimonios al respecto, en ese curioso híbrido que es el papiamento. Una experiencia la de esta visita que pienso repetir pronto, con centros de gravedad para detenerme ahora que ya sé dónde se ubican sus tesoros. Camino de la exposición dedicada al Mal paso por las salas dedicadas al Islam, que ya conocía de la vez pasada, pero en aquella ocasión se me pasó por alto un panel audiovisual dedicado a cinco inventos árabes que hemos asumido al 100% en Occidente: el cuadrante, la brújula, las cerraduras de las puertas,
la retorta y la granada de mano. Sí, las primeras las fabricaron los sirios y las usaron contra los cruzados, haciendo una mezcla de azufre, grasa, aceite y nitatro, que embutían en unos recipientes de cerámica donde insertaban una mecha a la cual prendían fuego. Concluyo la visita al museo con una mirada fugaz a la exposición cuyo protagonista es el Mal. ¿Seguro?
¿no será más bien la superstición?  He visto allí cientos de referencias a la serpiente inductora del pecado original y hasta a los personajes malvados de las últimas películas basadas en Tolkien & Co., es decir, todo lo que es el Mal como literatura (y hasta la mala literatura), pero no he visto en la muestra una sola referencia al Mal en la realidad, es decir, por ejemplo, Hitler, y esa ausencia, en una muestra dedicada al Mal, es de veras grave.

Mi plano de Amsterdam está obsoleto, falta un puente sobre el Amstel, por el que corre la línea 3, con la que regresamos del Tropenmuseum. Antes de llegar a la calle Ferdinand Bols, a la izquierda, descubro un cine en el que sólo se proyectan películas en español. Y recuerdo que ayer pasamos por delante del cine Uitkijk, en el Prinsengracht, y allí están dando la película de Amenábar: “Mar adentro en el canal de los príncipes”, traduje mentalmente. Adentrarse en el mar en un canal ciudadano debe de ser toda una aventura. Por cierto que la palabra neerlandesa para nombrar al lugar donde se ven películas (bioscoop) siempre me recuerda la bella y clásica rioplatense tan usada por Onetti, Cortázar e tutti quanti: el biógrafo.

En un reportaje del canal de TV Arte los días de la conferencia de Potsdam. Presentan una escena documental de Truman comunicando al mundo el lanzamiento de la primera bomba atómica de la Historia, la de Hiroshima. En un momento determinado, sin sonido, se le ve reír
y luego ponerse serio para seguir leyendo el comunicado oficial, es un fragmento que no fue desechado tras el montaje y que ahora se cobra su precio; el muy cabrón se ríe del chiste que viene a continuación y que resulta macabro: “Hemos gastado dos mil millones de dólares en producir el mayor hongo del mundo”. Hijo de puta.

28.7. Mercado callejero de la Albert Cuypstraat. Muchos turistas españoles de medio pelo. Cada vez que oigo un “mira, tío”, o un “venga, tía”, siento un repeluzno de asco.

Como regresaba a Schiphol desde Colonia, Rolando Hinojosa nos dejó al irse el encargo de
que le consiguiésemos el reembolso de la mitad no usada de un billete de ida y vuelta en tren Schiphol-Osnabrück. En Colonia nos dicen, lo que es lógico, que el reembolso debe producirse en Holanda, donde se compró el billete. Hoy hemos ido a la estación central, fundamentalmente a comprar los nuestros para viajar a Didam, mañana nos vamos al pueblo de Diny. Pero estando ya en la Centraal Station aprovechamos para ver si resolvíamos el tema del reembolso a Rolando. La dama que nos atiende en la ventanilla puso al principio mala cara, pero es porque nos plantamos delante de ella sin haber sido llamados ni tener número. No nos habíamos dado cuenta de que los clientes sólo pueden presentarse cuando es llamado el número que han de solicitar a la entrada de la oficina, pero debíamos tener tan tremendo aspecto de campesinos despistados en una metrópoli que al final condescendió a explicarnos: Para que nos reembolsen la mitad del billete de Rolando será preciso que lo sellen en la estación de Osnabrück certificando allá que no ha sido usado para el viaje de vuelta. Aunque la dama no descartó la posibilidad de que si lo enviásemos por correo directamente a la compañía de los ferrocarriles neerlandeses, no se mostrase ésta comprensiva y reembolsara dicho importe a una cuenta corriente que deberíamos notificarle, no se atrevió sin embargo a garantizar que ello sucediera, en cuyo caso, negativo, íbamos a recibir retornado el billete y tendríamos que recomenzar por Osnabrück. O sea: Kafka.

Almorzamos en el Broodje van Kootje del Spui, el único que queda de la vieja cadena. Bocadillos de rosbíf y paté de hígado Diny, de rosbíf y carne en salmuera yo. Sigue sin haber mejores bocadillos en toda Europa. Y eso que me abstuve de pedir uno de anguila ahumada porque ya la paladeé en el desayuno.

Después de la siesta agarro la bicicleta y me embarco en una larga pedalada hacia el sudoeste de A'dam. Llego hasta el límite de la ciudad, hasta el molino de Sloten. Se encuentra a la orilla de un canal con puente levadizo, y al otro lado ya es un municipio distinto, Badhoevedorp. En el camino de casa hasta el molino me estuve preguntando cómo se vería este paisaje en tiempos de Rembrandt. Y hay algo que me digo que con toda seguridad no existiría, y es la parafernalia del tráfico rodado. ¡Ni siquiera los caminos para bicicletas, las ciclovías o bicisendas, que de todos esos modos los llamamos en nuestro idioma!  ¡Y una Holanda sin ciclovías realmente sería hoy impensable!  Cuando a lo lejos se dibuja la silueta del molino pienso que éso sí que se vería acá en los tiempos de Rembrandt. Craso error: el molino se construyó en 1847, siendo restaurado en 1991. Me meto por el Sloterweg para hacer un gran bucle de regreso a casa. Atravieso Niew Sloten, el pueblo nuevo, pues. Y es como adentrarse en la provincia holandesa: nada por este barrio recuerda que a escasos kilómetros pulsa el centro de una de las ciudades más cosmopolitas y bulliciosas del mundo. Acá el único extranjero debo de ser yo, a lomos de mi bici, y la calma, la paz, pueden casi palparse físicamente. Descubro un monolito, con las armas de Amsterdam grabadas en él. En una placa metálica al lado se explica que aquí estaba el límite de la ciudad, a efectos aduaneros, por orden del emperador Carlos, en 1544. Y un poco más adelante redescubro en una rotonda del tráfico el monumento a la bellota, que es verdad que ya lo vimos Diny y yo hace años, la primera vez que pasamos por aquí. Sólo que ahora,
al acercarte a la rotonda, los ojos advierten en un zoom orgánico ese poste publicitario que se inserta en la silueta del monumento, prostituyéndolo con el logo de McDonald’s. ¡Como si la bellota no fuese, per se, un monumento natural antiMacDonald’s!  Finalmente desemboco en la Alameda Johan Huizinga, donde debo doblar de vuelta a casa, y veo que a la derecha la primera calle se llama David Ricardostraat. No tengo más remedio que sonreír recordando el Barrio de los Arquitectos de La bufanda de Cambridge. Pero no, nada más lejos, aunque aquí todas las calles, como los de arquitectos en el barrio que inventé en mi cuento, ostentan nombres de economistas: Karl Marx, Adam Smith, Thomas R. Malthus, John Maynard Keynes, Joseph Schumpeter... Pienso en lo contradictorio de que una ciudad tan mercantilista y vendida al dios Mammon haya relegado a lo más lejano de sus suburbios un homenaje a quienes debieran ser sus verdaderos héroes. ¿Será quizás por un cierto sentimiento de algo parecido a la vergüenza?  Pero ¿por qué tendría alguien que avergonzarse de un David Ricardo?  Hay una frase de Brecht donde afirma lapidariamente que Marx no es otra cosa que un Ricardo llevado a sus lógicas consecuencias. Y es evidente que no se refería a mí, Brecht y yo no llegamos a conocernos.

A última hora de la noche, como si fuese un programa temible para menores de edad e incluso para mayores con hábitos poco nocherniegos, el segundo canal de la TV alemana pasa una entrevista con el nuevo pontífice romano, Ratzinger, hecha cuando todavía era nada más que cardenal. La entrevista iba desglosada por temas, que se presentaban con letreros en pantalla, como en las viejas películas del cine mudo. Sólo se veía a Ratzinger, no al reportero, ni se oían sus preguntas. Lo más destacado de todo el minutaje es que son escasísimos los segundos que Ratzinger mira al reportero, es decir, a la cámara, es decir, a nosotros, quienes somos en realidad los últimos destinatarios de sus respuestas. Reconozco que es un prejuicio mío, pero
la verdad es que desconfío mucho de las personas que no te miran a los ojos mientras hablan. Aunque si me pongo a reflexionar acerca del tema, casi peor que el no mirarme a los ojos el interlocutor, tal vez sea –en estos tiempos– la insistencia de los políticos en fijarme a través de la cámara de TV, algo que deben haber aprendido de George Orwell, es decir, no de él, porque dudo de que lo hayan leído. De todos modos, supongo que ahora, investido de una nueva dignidad Ratzinger, su principal asesor de imagen (me refiero, claro está, al Espíritu Santo) le habrá soplado al oído que se puede permitir mirar a los ojos a sus interlocutores porque los que van a bajar la mirada son los otros.

Antes de acostarme, al orinar, un gran dolor en el canalillo de salida de la orina. Como si tuviese piedra.

29.7. Persiste el dolor al orinar, aunque parece menor porque ya contaba con él. No sé por qué recuerdo las visitas médicas en casa cuando era niño... y cuando los médicos aún visitaban a domicilio. Una de las primeras preguntas que hacían era por las deyecciones, y ni viniendo mil y una veces dejaban de preguntar por ellas, aun sabiendo que ante la cara de incomprensión de los deudos de sus pacientes tenían que preguntar a continuación que qué tal habían meado
y cagado. Lo de las “deyecciones” lo habrían aprendido en Patología General I y les habría parecido muy fino, seguramente: decidieron usar siempre esa palabra, y así, ante la cara de incomprensión de sus clientes se autoaupaban automáticamente a un nivel cultural superior.

En el tranvía, yendo a la estación central. Parada Leidseplein. Miro a la derecha y veo un edificio en cuyo frontis, a la altura del primer piso, puede leerse COMISARÍA DE POLICÍA Nr. 14, letrero flanqueado por los anuncios luminosos de un restaurante que hay en el parterre y que congruentemente se llama THE BULLDOG.

Los neerlandeses son sumamente educados. Cada vez que te empujan o te chocan, sonríen y te dicen „Sorry”. Entretanto albergo la convicción de que te empujan o te chocan, aunque sea de manera inconsciente, para tener la oportunidad de sonreírte y decirte “Sorry”.

Visto en la estación de A’dam, esperando nuestro tren a Arnhem, donde transbordaremos al de Winterswijk : En el andén 2b el letrero que muestra su número está rodeado de azulejos en el típico azul de Delft, y configura una cita de Shakespeare si se lo lee en inglés: “2b or not 2b”.

30.7. Sigue siendo uno de mis mayores favoritos, Peter van Straaten, el humorista gráfico de De Gelderlander. Cuando estoy en Beek lo primero que miro por las mañanas es el chiste suyo
en el rincón inferior derecho de la quinta página. Ahora, después del desayuno, he estado recortando los de días anteriores, para mi colección. Uno de ellos es menos sutil de lo que nos tiene acostumbrados, y además un tanto evidente; en él se ve a una pareja paseando con los paraguas abiertos bajo una lluvia densa, y uno de los dos le dice al otro: “Tú querías venir a Irlanda”. En cambio el de hoy es tan minimalista como de costumbre, y macabro de la manera más sutil: una pequeña obra maestra del humor negro. En primer término se ve un corto muelle que penetra en las aguas del mar o de un lago, cuya tersa superficie sólo interrumpen dos islotes al fondo de la perspectiva. Al final del muelle, en biquini, e inclinada hacia la inequívoca
y absolutamente lisasuperficie de las aguas, hay una madre que llama: “¡Niños, a comer!”...

Día de lluvia casi incesante. Aprovecho para leer el número 63 de El Malpensante. Es de nuevo un gran número, esta revista es algo realmente excepcional. Me quedo sin embargo con dos regustos indefinibles. En el artículo de John Woolrich (Hermoso ruido) sobre escritores que han compuesto música, no me resultó raro que no mencionara a Buero Vallejo, quien escribió la partitura de las dos o tres canciones que aparecen en sus obras de teatro, pero sí me resultó rarísimo que no mencionase para nada a Alfonso X el Sabio y sus Cantigas. Y luego, en el texto de mi muy admirado George Steiner (Una idea de Europa), esta vez, con todos mis respetos, disiento en varios puntos. Primero no con él sino con la traducción, empeñada en sinonimizar cien por cien los USA con América del Norte, con lo irritante que es éso, incluso suponiendo que Steiner lo haya hecho: para casos así están las notas a pie de página.
Pero después, en lo que toca al texto en sí, hay un par de generalizaciones que son sin duda simpáticas, y útiles a la demostración que Steiner se propone, pero a propósito de los cafés no se puede decir que “no hay ninguno en América  del Norte” (y aquí volvemos a lo mismo) “con excepción de esa sucursal francesa que es Nueva Orleáns”: no conozo México ni Québec, pero estoy seguro de que allí los hay, y no sólo allí. Otra generalización es la referente a los nombres de las calles en Europa, tan cargados de Historia, y en Estados Unidos tan desprovistos de ella: pero nada más en Nueva York, y sin necesidad de haber ido nunca allí, recuerdo Washington Square, Madison Square, Lafayette Avenue, Franklin D. Roosevelt Bridge... e imagino que en Boston habrá algo más que una Beacon Street y en Hollywood algo más que un Sunset Boulevard. Por otra parte, si es verdad que sus calles principales se llaman todas Main Street, no lo es menos que las plazas centrales de las ciudades españolas también se llaman todas Plaza Mayor. Ahora bien, lo que de veras me ha irritado es esta frase: “Resulta desesperadamente urgente que se detenga, en la medida de lo posible, la salida de Europa de la flor de nuestros jóvenes talentos científicos (pero también humanistas), atraídos por las ofertas paradisíacas que les hace Estados Unidos”. De acuerdo en que Steiner, nacido en París y de padres europeos,
se considere un europeo y se sienta orgulloso de ello, hasta el punto de pensar en soluciones para paliar la decadencia del Viejo Mundo, pero ¿no fue acaso él mismo quien optó por la ciudadanía americana?  Last but not least : Hay una nota a pie de página donde se ha deslizado un error; la palabra alemana Geschichtsmüde no significa “fatiga de la historia”, como allí se dice, sino “fatigado de la historia”, se refiere a un sujeto personal, no a un sentimiento o una sensación. Fatiga de la historia sería Geschichtsmüdigkeit.

Vienen Montserrat y Frank, de Colonia, para traernos a Paul y Oskar, que se quedarán con nosotros hasta el domingo 7. Si es que logramos sobrevivir a su inagotable energía.

31.7. Una vez más la vieja reflexión sobre el inodoro de tubo y el inodoro de meseta. En el apartamento de Willy, en la termostático-calvinista Amsterdam, era de meseta. Acá, en la casa de Monique y Marcel, en el hasta hace poco férvido-católico Beek, es de tubo. ¿Dice ello algo acerca de la relación escatológica (en el sentido religioso) del ser humano con su propia escatología (en el sentido de la función excretora)?  Naturalmente no se nos debe consultar a quienes creemos que todo lo que tiene que ver con lo trascendente es pura deyección mental.

Llueve. Y llueve. Y llueve. En el pueblo se celebra el campeonato nacional de levantamiento
de castillos con cajas de cerveza. En uno de esos raros momentos cuando escampa, Diny acude allá con Paul y Oskar, y el paraguas. Regresan empapados hasta el tuétano.

Comienzo a leer una prometedora antología de cuentos, Zoetrope: All-Story, debida a Francis Ford Coppola. En el prólogo señala, no sin razón, que no entiende cómo Hollywood nunca se preocupó de crear un departamento de promoción de la escritura literaria, del mismo modo
que los grandes consorcios petroleros invierten en la prospección de nuevos yacimientos. Dice Coppola que su firma productora decidió estimular dicho tipo de escritura, priorizando la de short stories y cuentos, cuyas dimensiones son las que más se asemejan a la de una película: “Igual que un film, los relatos breves tienen que ser consumidos en una sola sesión. Los buenos nos hacen avanzar, los mejores nos cambian, y los malos... bueno, por lo menos son cortos”.
Siguiendo este credo fundó la revista Zoetrope, cuya antología leo. Y que me está gustando.
En el cuento The Girl’s Guide to Hunting and Fishing, de Melissa Bank, encuentro además una frase que me revela un aspecto desconocido de mi propia boda y de muchas otras en las que he festejado en este país. Dice allí: “Sophie y Max fueron sentados en unas sillas para que pudiera llevarse a cabo la obligatoria variante, en una boda judía, del viaje a Jerusalén”. Recuerdo mi boda, que fue la primera que viví en Holanda, y cómo de repente a Diny y a mí nos sentaron de grado o a la fuerza en unas sillas, y nos alzaron a la altura de las cabezas de la horda familiar y amistosa, que giraba y giraba valseando por la sala, acercándonos a distancia de beso en el aire, para en seguida volvernos a separar, mientras además nos iban envolviendo en tiras de papel hasta convertirnos en una momia doble en el aire, y luego depositarnos en el suelo entre gritos de júbilo. Sin saberlo, habíamos viajado a Jerusalén. Y digo sin saberlo y empleo la primera persona del plural porque estoy seguro de que en este pueblo, supercatólico entonces, nadie sabía que semejante costumbre es archijudía. Ay... En el mismo cuento de Melissa Bank, que es una maravilla, esta frase de la protagonista relatando una charla con el hombre a quien quiere cazar y pescar: “Seguimos conversando acerca de libros, y cuando menciono Anna Karenina, mi novela predilecta, ello le produce al parecer el mismo efecto que en otros hombres tendría la información «No llevo ropa interior»”.

1.8. Voy en bici a Elten y cuando llego me encuentro con que es la Schützenfest del pueblo.
Allá que va delante el estandarte con la banda de cornetas y tambores (y sobre todo el chinesco, ese instrumento que semeja un árbol plano cuya frutas fueran campanillas), y detrás la banda de música, y a continuación los Schützen, los tiradores, con las pecheras de los uniformes cargadas de medallas: parecen veteranos soviéticos. Desfilan todos muy serios, o seriamente sonrientes, imbuídos de su importancia, de que de ellos depende, si no la defensa de los valores cristiano-occidentales, algo que es tan abstracto, sí de los valores de Elten, algo tan concreto
y que, además, es su pueblo. Para ello, y como saludable advertencia a los posibles enemigos, cargan al hombro las escopetas desde cuyos cañones asoman inocentes ramilletes floridos. Son como Sanchos desempeñándose como Quijotes, y al pensarlo recuerdo una reciente encuesta en La Nación, de San José de Costa Rica, donde se les pedía a los lectores que se decidieran por Don Quijote o por Sancho Panza. Le escribí a la redactora jefe del suplemento cultural, Aurelia Dobles, amiga mía, que enfrentado a la imposible tesitura de tener que elegir entre Don Quijote y Sancho, lo que sería algo así como pretender quedarme con una sola cara de una moneda
(la moneda no se subdivide por el mero hecho de la elección), preferiría tirar por la calle de enmedio y decantarme por Dulcinea, para las horas líricas, y por Aldonza Lorenzo, para las de sano regocijo en el tálamo.

2.8. En el chiste de Peter van Straaten de hoy se ve a una pareja de ancianos caminando en primer plano, de izquierda a derecha, y al fondo a un muchacho joven haciendo jogging
en dirección contraria; y uno de los ancianos suspira: “¡Qué bendición que ya no seamos jóvenes!”. Resulta casi un comentario a lo que sabiamente nos dejó dicho William Faulkner: “La juventud no es eterna, gracias a Dios”.

Nos visitan por la noche Riet y Jan. Ya tienen cuatro nietos, y la conversación se centra en los suyos y los nuestros. Jan cuenta, a propósito, una invención verbal de uno de los suyos todavía muy pequeño. Iban paseando juntos cuando vieron en un potrero un caballo y un pony. Jan
le explicó a su nieto de qué animales se trataba. Luego, más adelante, en una pradera, había las proverbiales vacas, una de las cuales ramoneaba junto a su ternera. Y el nieto de Jan le dijo: “Mira, abuelo, una vaca y una ponyvaca”. La capacidad de los niños para inventar palabras,
y hasta conceptos, es mucho más admirable que la de nuestros elogiadísimos malabaristas del idioma: a los críos les sale de manera espontánea y sin ánimo de lucro.

3.8. Una vez más en bici a Elten, esta vez para comprar el pan de nuestros nietos: la suerte es que tenemos Alemania [Elten] a las puertas del pueblo y podemos comprar en sus panaderías, pero me pregunto qué pasa cuando estos niños están de vacaciones en Cerdeña o la Provenza: ¿se llevarán los padres la cantidad de pan necesaria del único que le gusta para sus desayunos
y meriendas?  Sea como fuere, yendo a Elten, como casi siempre que voy allá, recuerdo una vez más uno de los episodios mayores de la picaresca europea. Tiene que ver con la situación de Elten al final de la guerra mundial y con los precios de la mantequilla veinte años después.
Antes de la guerra, Elten era alemana. En 1945, cuando los Países Bajos se liberaron del yugo nazi, el gobierno de La Haya llevó a cabo una “rectificación” de fronteras, resultado de la cual Elten pasó a ser neerlandesa. Y la verdad es que parecía no sólo natural como reparación de guerra, por la mucha destrucción que los nazis provocaron en el país (baste recordar el cobarde bombardeo de Rotterdam), sino también natural por la situación geográfica de Elten. Mirando con atención un mapa de este segmento de la frontera se puede comprobar que Elten forma una especie de bahía terrestre que se adentra en territorio neerlandés, entre Lobith y Tolkamer al oeste y Stokkum y ‘s Heerenberg al este. La “rectificación” era, pues, también una manera de simplificar el diseño fronterizo. Pero en 1963 los Países Bajos y la República Federal de Alemania son ya miembros equiparados del Mercado Común Europeo, las relaciones de ambos países funcionan admirablemente, y un acuerdo entre ambos gobiernos contempla, entre otras cosas, el retorno de Elten al regazo alemán. 24 horas antes del día señalado para la devolución legal del pueblo a la RFA, todo el término municipal quedó literalmente colapsado de tráfico debido al estacionamiento de cientos de camiones cargados de mantequilla, baratísima en los Países Bajos. Al dar las campanadas de la medianoche, esos cientos de camiones se hallaban legalmente en territorio alemán sin haber tenido que declarar derechos arancelarios... y la mantequilla era entonces muy cara en Alemania: negocio redondo para los especuladores, quienes habían demostrado con su operativo que el Buscón de don Francisco de Quevedo fue un niño de teta si se lo comparase con un negociante neerlandés.

Llega hoy al buzón el semanario municipal de distribución gratuita en cada casa: se llama
Montferland Journaal. En la penúltima página hay un reportaje sobre el campeonato nacional del domingo en Beek, el de levantamiento de castillos con cajas de cerveza. Y en la foto que lo ilustra, a la izquierda, tras una valla y bajo el paraguas, están Diny, Oskar y Paul. “Claro que teníamos que salir en la foto“, comenta Diny, “nosotros éramos el público”.

4.8. Violenta discusión con Paul durante la cena. Tiene que ver con sus modales comiendo, que me sacan de quicio. La discusión concluye cuando se echa a llorar y me grita entre lágrimas:
“¡Pero yo soy más listo que tú!”  Intentaría hacerle comprender que aunque éso fuese verdad,
y es bastante seguro que lo sea, una cosa no tiene que ver con la otra. Pero prefiero ceder. Por muy injustificadas que sean, no me perdono haberle hecho saltar esas lágrimas.

5.8. Llueve desde antes del mediodía. Termino de leer la antología de Coppola, es un libro
a recomendar urbi et interneti. He encontrado en él, además, algo que puede ser el epígrafe de mi cuento Trabajos para días de lluvia. En el cuento La mujer del panadero, de Sara Powers,
el narrador dice: “Ahora, con rabia, sostenía aquél recuerdo en la mano como si se tratara de un único tornillo que hubiese sobrado después de reparar un aparato defectuoso”. Y después de la devoción, la obligación: deberé hincarle el diente a tres novelas que me enviaron de Madrid, de Revista de Libros, para ver si vale la pena reseñarlas. Pero pensando en la antología, me asalta la sospecha de haber comenzado el banquete lector de las vacaciones por el postre.

Durante la cena, Paul le dice a su hermano, sin mirarme: “¿Te das cuenta, Oskar?  Pasado mañana ya estaremos en casa en Colonia y podremos comer sin tener que dejar de apoyar los codos en la mesa”. Lo dice como si proclamara íntimamente una liberación. Ahora soy yo quien podría llorar. Por supuesto no comento nada y después de la cena me retiro al jardín, y como prefiero dejar la lectura de las tres novelas a reseñar para la semana próxima, cuando los niños ya no estén acá, me pongo a releer Die Rote, una de mis predilectas. ¡Qué gran pena que a Alfred Andersch casi no se lo conozca en nuestro idioma!  Creo que de sus libros sólo se ha traducido El padre de un asesino, que es una novela corta magistral, sí, pero me temo que la tradujeron por otros motivos: oportunismo político, sin ir más lejos.

6.8. Leo en De Gelderlander que acaba de inaugurarse en el museo Van Gogh de Amsterdam una exposición dedicada a una de las figuras míticas del comic neerlandés, el agente 327, al que podría definirse como “un James Bond con zuecos”. La exposición estaba prevista para el mes de noviembre del año pasado, pero el día 2 de ese mes fue asesinado el documentalista Theo van Gogh, en unas circunstancias que no admiten otro calificativo sino el de ejecución sumaria. Y resulta que Martin Lodewijk, el autor del comic de marras, le había dedicado dos años antes una historieta a van Gogh en la cual éste era secuestrado por los miembros de un “Comando Antifumadores Fundamentalibán”, y al final de la misma se encontraba al cineasta amarrado en una cloaca y con textos adheridos a su cuerpo, en neerlandés y en francés: “Défense de fumer” y pendejadas por el estilo. No pareció, pues, muy conveniente, inaugurar la exposición a renglón seguido de su asesinato. Hubiera sido algo así como darle la razón parcialmente a Oscar Wilde, ya que en el caso de Theo van Gogh la Naturaleza superó con creces al Arte.

Andersch. Como los buenos vinos, gana con el tiempo. Como los buenos quesos, gusta más cuando está un poquito pasado: justo ese verdín lo vuelve más suculento. Un par de pasajes subrayados en esta relectura : La aguda la reflexión de Fabio Crepaz –quien sólo abandonó el Véneto para combatir con las brigadas internacionales en la guerra civil española– ante el mapamundi de Fray Mauro en el palacio de los dogos: “Porque la tierra es redonda no me gusta viajar (...) Viajar tendría un sentido cuando en algún lugar alguna vez se llegase allí donde está el fin de la tierra”. O la ironía de Andersch camuflada de descubrimiento hecho por el pintor Bruno en la trattoría de la Giudecca: “Tome usted cualquier detalle de un Tintoretto y ahí tiene un cuadro de Jackson Pollock”. Pero sobre todo lo que piensa Franziska, la protagonista, la roja del título, cuando está en el Café Quadri conversando con Kramer, el asesino de la Gestapo que vive perfectamente inmune y seguro en Venecia, amparado por sus conocimientos del pasado mussoliniano de ciertos capitostes de la vida política italiana actual (la novela transcurre con bastante seguridad en 1959, catorce años después del final de la segunda guerra mundial). Franziska piensa acerca de los dos, de ella y de Kramer: “Tenemos un sueño en común, el sueño alemán de la limpieza por la limpieza misma, de la limpieza absoluta, de un mundo del que se ha barrido toda la suciedad, la mala suciedad y la buena suciedad, porque hay una suciedad buena, de valor, suciedad de la que surge vida, pero nosotros soñamos con el gran día de la limpieza alemana más allá del Bien y del Mal, andamos procurando la purificación en vez de la pureza”. Y al principio de la novela hay un episodio intercalado a la manera del Quijote, el del deshollinador y el duelo mortal entre la rata gigantesca y el gato del convento, que ya él sólo justificaría la lectura de todo el libro. No conozco la película que hizo Helmut Käutner, con Ruth Leuwerik en el papel de Franziska, y estaría interesado en ello, porque no “veo” a la Leuwerik en ese papel. Pero puedo equivocarme. Después de todo una requeteinglesa como Vivian Leigh ganó sus dos Oscars interpretando a dos sureñas de los Estados Unidos, la Scarlet O’Hara de Lo que el viento se llevó y la Blanche Dubois de Un tranvía llamado Deseo.
(Esta asociación no se me debe haber ocurrido sin algún motivo, pienso al escribirla, y ahora creo descubrir por qué: Andersch menciona en algún lugar, entre las lecturas de Franziska,
Las palmeras salvajes de William Faulkner, es decir, que he tenido presente el Sur de los EE.UU. casi desde que empecé a releer Die Rote, cuya estructura narrativa recuerda bastante la del libro de Faulkner: y así pues, se me ocurre, citar The Wild Palms como lectura de Franziska fue al mismo tiempo que un homenaje al eremita de Oxford, también un guiño al lector).

7.8. Vinieron Montserrat y Frank para llevarse a Colonia a Paul y Oskar. Le mostré a Montse el
chiste de ayer de Peter von Straaten, donde se ve en primer plano, de espaldas, en un balcón,
a una pareja de viejos, y abajo en la calle, ante un auto con la puerta abierta, una madre con sus hijos despidiéndose con la mano de los viejos. Y uno de estos le dice al otro: “Ahí se va nuestro sábado”. Y al despedirnos nosotros, ya ellos cuatro en el auto, nosotros dos en la acera, le digo a Montse: “Buen viaje en este Día de la Liberación”. Mi hija me conoce lo suficiente como para saber que no lo digo del todo en broma.

Ha pasado una cosa de esas que uno cree que sólo pueden pasar en una película de Jacques Tati, por ejemplo. Se está disputando en estos días la vuelta ciclista al Benelux, y hoy era la etapa reina, en las Ardenas. Tres corredores se escaparon, y cuando ya llevaban seis minutos
y medio de ventaja al pelotón, resulta que éste fue conducido por un trayecto equivocado, con lo cual la ventaja de los escapados aumentó casi instantáneamente a catorce minutos y 25”.
El jurado tardó en reaccionar pero al final ordenó que se detuvieran los tres escapados, cosa que ellos no aceptaron por lo que tuvieron que ser detenidos, si no manu militarimanu policiali.
Uno de los escapados, el belga Bart Dockx se indignó tanto que agarró su bici, la levantó en peso y la estrelló contra el asfalto, y luego comentó: “Se parte uno el cuello trabajando y ahora pasa ésto. Lo mejor que podría hacer es buscar un bar y pedir una Leffe”. Considerando que la Leffe es mi cerveza belga preferida, yo hasta lo invitaría. En fin, la historia me ha servido al menos personalmente para constatar una coincidencia entre los idiomas neerlandés y español,
y es en la denominación de la etapa reina, en neerlandés de koninginnerit, mientras que en alemán –ese idioma dizque tan racional– es la etapa rey, die Königsetappe. Más acerca de la racionalidad del idioma alemán: el libro que conocemos universalmente como Las mil y una noches, en el idioma de Kant se titula Las mil y una noche, con lo que se abre el inevitable interrogante de ¿las mil...qué?

8.8. Me quedé anoche hasta tarde viendo en la TV un reportaje y documental con motivo del traslado del célebre busto de Nefertiti, en Berlín, de su relicario de Charlottenburg a la isla de los museos. Conforme avanzaba el documental acerca de N y su esposo, mi irritación crecía
sin pausa. Con su VIPadicción y avidez de ceremoniales suntuosos y protocolos visualizables, la TV ha sido, lo dije hace tiempo, la tabla de salvación del Vaticano y de las monarquías europeas. Pero es que además, incluso en los programas más serios, como en este documental interesantísimo sobre la época de la reina Nefertiti, nada se dice de cuáles eran las condiciones de vida de quienes construyeron los ciclópeos monumentos de los faraones, sencillamente se señala que fueron construidos durante la época de ese faraón, y punto. Curioso es que ayer mismo, en el programa informativo semanal Espejo del Mundo, pasaron un reportaje acerca
de aquellas que en el lenguaje-camuflaje del ejército japonés se llamaban “las consoladoras”,
es decir, las miles de jóvenes coreanas que fueron obligadas a prostituirse, en casas ad hoc,
para que los soldados imperiales tuvieran su válvula de escape sexual asegurada: el reportaje abundaba en datos escalofriantes, como por ejemplo el de que cada “consoladora” debía someterse al coito unas 40 veces diarias (me recordó ese cuento estremecedor del paraguayo Helio Vera cuyo título siempre olvido porque está en guaraní*), y que los peores “clientes” eran los oficiales, quienes no se dignaban usar condones. Y luego no hay un solo mes en que, por hache o por be, la televisión alemana no muestre algún aspecto del trabajo esclavo de los prisioneros de guerra de la Wehrmacht en las fábricas, las minas y las tareas más sucias y socialmente degradadas de la Alemania nazi. ¿Qué, pues? ¿las pirámides de Gizeh y los templos de Luxor fueron construidos por ángeles, como la escala de Jacob? ¿o surgieron de manera natural de las arenas del desierto?  Ya sé que la cuestión fue planteada por Brecht en su poema titulado algo así como Preguntas de un obrero, recuerdo de memoria un verso que dice aproximadamente “a la tantas veces destruida Tebas, ¿quién la reconstruyó otras tantas veces?”... pero estoy hablando ahora de reportajes y documentales, donde no es que la cuestión pueda plantearse, es que sería deber ineludible hacerlo, y además contestar la pregunta con tanto acopio de datos como para describir el atuendo de la reina. Lo contrario es obsceno.
Pero a mi juicio, lo que sucede es que, éticamente, la TV está encallecida: cuando el daño y la sevicia a los seres humanos no se transforman en Arte y/o Historia (mayúsculas televisivas) se puede hablar del tema y presentar sus facetas más atroces como una especie de coartada moral; y cuando el daño y la sevicia dan como resultado la esfinge de Gizeh, la muralla de China
o Machu Picchu, el dolor humano pasa a un discretísimo sexto o séptimo plano, si es que no desaparece por completo. Dan ganas de vomitar.



* Chequeado al llegar a Colonia: es el cuento Kambá Ra'angá, del libro Angola y otros cuentos.

 

9.8. Ayer, con motivo de que Theo está de visita en Beek, cenamos en casa de Maria y Fred
y tuvimos una larga sobremesa en la que Fred nos mostró una película familiar montada digitalmente por él en soporte DVD. Creo que me comporté como un huésped bastante desagradecido, pues cuando me preguntó que qué me parecía la película le respondí que el montaje musical del comienzo, con las fotos del jardín nevado y la melodía de Les feuilles mortes en fondo, estaba muy logrado. Pero lo que Fred quería que le dijese era qué me parecía el montaje visual, y a eso le contesté que hoy en día, a poco que uno sepa de técnica digital, hasta un niño puede hacer fundidos y manipular las imágenes como no le habría sido posible
ni a la mano maestra que montó Citizen Kane. Albergo la sospecha que Fred no se sintió nada halagado con esta opinión mía.

Día de las hermanas. Las seis hermanas Hansen se reúnen tradicionalmente una vez al año, excluyendo de su encuentro no sólo a sus seis maridos (cinco, desde que Annie se separó del suyo), sino incluso a sus cinco hermanos y, lo que es más raro todavía, a las cuatro cuñadas.
Así es que Thea pasa a recoger a Diny a las 9,15 para marchar a Terborg, donde Riet, que será esta vez el escenario de la reunión. Por mi parte decido quedarme en casa, solo, leyendo,
en vez de aceptar la invitación de Maria, Theo y Fred para ir con ellos a cerca de Apeldoorn,
a conocer la reliquia arquitectónica de Radio Kootwijk (la primera emisora neerlandesa de ondas cortas, para Indonesia, la predecesora, pues, de Radio Hilversum Wereldomroep) y luego al museo Kröller-Müller, con sus Van Goghs y sus Mondrians (quien en realidad, como buen neerlandés, se llamaba, Mondriaan) en los alrededores de Arnhem. No ando muy sociable en los últimos tiempos.

Suele hablarse, a propósito de las peculiaridades de la vida neerlandesa, de las ventanas sin visillos: son algo así como la tarjeta de visita de la transparencia y de la apertura tan dizque características de este pueblo. Y eso incluso cuando se termina sabiendo que la ausencia de visillos se remonta históricamente al momento en que el Estado, urgido de peculio, inventó el impuesto a los mismos, consiguiendo un efecto contrario al deseado, y fue que los neerlandeses desvisillaron las ventanas de sus casas. A mí, más que el tema de la ausencia de visillos en esas ventanas, siempre me ha llamado la atención el hecho de que las casas de este país donde vive una sola familia –me refiero a las casas generalmente en los pueblos (pero también en las ciudades)– tienen todas dos puertas: la principal, teóricamente de entrada, y la de la cocina, que es la única que se utiliza, no sólo para recibir a quienes llegan sino también para entrar y salir de casa sus habitantes. Nunca he querido preguntar para qué tienen una puerta en la fachada si no la usan nunca. Como el monarquismo de este pueblo está más allá de la comprensión y de la racionalidad, siempre he tenido el temor de que me contestasen que es por si acaso algún día la reina viene de visita.

Termino de leer El último lector, de Ricardo Piglia, uno de los tres libros que me enviaron de Madrid para ver si lo reseñaba. Lo reseñaré, y bien, porque se lo merece. A pesar de que tan pronto como en la página 15 me encontré con una “escalera [que] era circular”, y la verdad es que pienso que debe ser medio imposible si no imposible del todo: ¿cómo subir o bajar por una escalera circular? ¿no sería más bien de caracol esa escalera?  Y luego en la siguiente página
un pleonasmo de los que al menos a mí me cortan el aliento: “el río que llevaba al delta y a las islas”. ¿Pues de qué se compone un delta si no es de islas?  Busco en la enciclopedia de bolsillo Elsevier, mi única obra de consulta en esta casa, y encuentro esta precisa definición del delta: “un espacio de tierra más bien triangular, ubicado en la desembocadura de un río y que está cruzado por brazos del mismo”, es decir, convertido en islas. Si un delta no se compusiera de islas, ello equivaldría a que el Bósforo no fuese un estrecho. Se conoce que Piglia me ha contagiado con su análisis de un error detectado en la traducción de Salas Subirat del Ulises de Joyce, allí donde convirtió una “potato” en una “zanahoria”, por desconocimiento de la vieja superstición irlandesa de que llevar consigo una papa es un remedio seguro contra el reuma.

En materia de invención verbal los neerlandeses siempre han sido punteros. Esta noche oigo por primera vez, en un spot publicitario de la TV, el verbo “esemesen”, que quiere decir que con el teléfono celular publicitado también se pueden enviar SMS. Chapeau! (Los alemanes sufren alucinaciones fonéticas cuando los neerlandeses hablan de telefonear, porque telefonear, en neerlandés, es “bellen”, como homenaje a Graham Bell, inventor del artefacto; y “bellen”, en alemán, es algo que sólo pueden hacer los perros, esto es: ladrar).

10.8. En el chiste de hoy de Peter van Straaten una pareja joven está sentada en la hierba, entre unos árboles, y él le está diciendo mientras ya le tiene metida la mano bajo la blusa (ella lo deja hacer con una mirada como un aleluya): “Mi madre piensa que eres bastante livianilla, y según
tu padre yo no valgo nada. Tenemos algo en común, ¿no te parece?” [“Sloerie” también se podría traducir como “putilla, pendona, ligera de cascos”; me inclino por “livianilla” –que además sugiere la idea de liviandad– para que empate con lo poco que vale su interlocutor].
Es curiosa mi manía por “contar” los chistes gráficos. Supongo que se debe a mi deseo de la mayor exactitud posible en todo aquello que describo, una lección aprendida en el prólogo de la antología de sus lecturas predilectas que hizo en su día Alfred Andersch. La noche antepasada, en casa de Maria y Fred, conseguí hacer reír a todos con mis descripciones de cuatro chistes emblemáticos de Yrrah, quien ha sido, a mi juicio, uno de los más grandes humoristas gráficos de la historia. Todos sus chistes fueron mudos, pero de una elocuencia apabullante. Siempre me hacen volver a sonreír o reír, y en algunos casos simultáneamente temblar, cada vez que vuelvo a sus colecciones. Uno de ellos es fácil de “contar”. Ha habido un alzamiento popular en algún lugar que por los datos visuales debe estar en América Latina: la multitud inunda la avenida enarbolando pancartas, banderas, todo el atrezzo revolucionario, pero también, además, clavada en una pica, la cabeza aún sangrante del dictador y que, dato suplementario, todavía conserva puesta la gorra de plato con los cordoncillos de generalísimo. Pero el chiste no es ése, el chiste consiste en que al lado del grupo que alza como trofeo la cabeza del dictador, va un auto de la TV desde el cual un reportero extiende el brazo con el micrófono poniéndolo directamente ante los labios del decapitado*. Pocas son las veces que he visto tan gráficamente documentada la obscenidad del periodismo sensacionalista.

 



* Chequeado al llegar a Colonia: Hacía mucho tiempo que no repasaba los libros que poseo con las
colecciones de chistes de Yrrah, y ahora descubro lo siguiente, y es que al describir éste he incluido
un atrezzo y una ubicación geográfica que sólo se deben a mi fantasía. El chiste de Yrrah muestra una revuelta popular en cualquier parte del mundo, que no es ni África ni Asia, éso si está claro.

Ahora bien:
¿por qué la ubiqué en América Latina?  ¿Porque el chiste es contemporáneo de las dictaduras en el Cono Sur? ¿porque en Europa occidental, exceptuando la dictadura del inferiocre Franco, que murió en la cama, y la de los coroneles griegos, que terminó sin gran derramamiento de sangre, no hubo dictaduras militares después de la segunda guerra mundial?

 

Llama Monique por teléfono y nos avisa de que regresarán mañana jueves 11 por la noche, y no el viernes 12, como estaba previsto. Eso significa que a partir de pasado mañana tendré que abandonar la escritura de este diario en pantalla, con lo cual regresaré al estilo telegrama de mis diarios de viaje a Madrid, París y otros lugares donde no dispongo de computadora, sólo de mi fiel libreta de anotaciones. Una vez más la demostración palpable de que el medio condiciona la producción, que diría don Carlos Marx.

Tras un noticiero de la TV : Los políticos sólo se dan cuenta de los problemas a resolver recién cuando llegan al poder y deben hacerlo: es demasiado tarde.

11.8. Chiste de hoy de Peter van Straaten : Un grupo de gente con caras de circunstancias llega a un cementerio (o está en trance de abandonarlo). En el centro del grupo un enlutado bosteza de manera tan ostensible que se le podría desencajar la mandíbula. Detrás de él, otro asistente le dice consternado a su pareja: “Éste es ya nuestro tercer entierro de la semana”. Pero para el que bosteza ya debe de ser el quinto, por lo menos.

Acabo de leer, casi de un tirón, la última novela de Sergio Ramírez, Mil y una muertes.
Según creo, es buena, bastante buena, pero hay en ella muchísimas cosas que me molestan. Fundamentalmente el descuido en los detalles. En una narración con un soporte histórico
(es decir: no en una novela histórica, que es un género per se, donde la fantasía puede campar
a su antojo), los detalles deben ser exactos al 100%, so pena de dañar la credibilidad o la fiabilidad del todo. En esta novela, por ejemplo, el protagonista es engendrado el 15 de junio de 1855 y nace el 9 de abril de 1856: un embarazo de casi diez meses, tal vez posible, pero no muy creible. En cualquier caso, mucho menos creible es que ese mismo personaje, fotógrafo, date una foto suya en 1873 y a la pregunta de Turgéniev –uno de los tres personajes retratados allá– de que cuántos años tiene, responda que 19. Esto significaría que nació en 1854, no en 1856.
Si Pitágoras no miente. Otrosí : la insistencia en llamar “imperio” a la monarquía de Luis Felipe, y “emperador” al susodicho, convierte en anacrónica la alusión al “segundo imperio”
de Napoleón III, pues si el de Luis Felipe lo era también, el del esposo de Eugenia de Montijo sería el tercero, ya que el indiscutiblemente primero fue el de Bonaparte. Por otra parte, Sergio sabe alemán, de tal manera que fastidia un poco que escriba Aachen donde debiera escribir Aquisgrán, o Bavaria –que si acaso es una marca de cerveza– donde debería escribir Baviera.
Y algún que otro galicismo innecesario, como “brochure” por “folleto”. Y luego la que yo llamo “maldición de la cezeta”: suecos por zuecos, saga por zaga, cebo por sebo, benzina por bencina (aunque en este caso la responsabilidad recae directamente en los correctores de pruebas, que son españoles, así que no tienen ninguna disculpa). Y para terminar, porque si no la lista sería inacabable, la contumacia en llamar “aprehensión” a lo que el contexto pone en evidencia que es una “aprensión”. De todas maneras, y como Sergio es amigo y es un buen fajador, según me ha demostrado en varias ocasiones, me alegro de poder hacer la reseña de su novela, que summa summarum será bastante positiva.

Esta tarde, bajo la lluvia de Helsinki, un neerlandés, Rens Blom, ha ganado la primera medalla de oro para su país en toda la historia de los campeonatos mundiales de atletismo. Ha sido en la disciplina salto con pértiga y con un salto más bien modesto, 5.80 m, pero es que en Helsinki, al paso que van las cosas, deberían estar celebrándose los campeonatos mundiales de natación, no de atletismo. Esos 5.80 m del salto medalla de oro tienen el mérito de haber sido alcanzados desde debajo del nivel de las aguas, cosa por otro lado sumamente holandesa, así es que muy bien podría decirse que mijnheer Blom jugó con ventaja.

Regresan Monique y Marcel, con las dos niñas. Y un pequeño labrador que responde al nombre de Sem.

A las nueve de la noche acudimos a casa de la madre de Diny, para despedirnos: es posible que al menos yo ya no la vea antes del sábado, cuando regresemos a Colonia. Se empeña mi suegra en que debo tomar “een borreltje”, y saca del congelador la botella de ginebra joven en la que queda un tercio y me dice que lo había reservado expresamente para mí. Sé que es una broma,
y la verdad es que no tengo muchas ganas de un traguito de ginebra dos horas después de la cena y a la hora en que normalmente me sirvo el primer whisky del día: pero no puedo hacerle el feo de no aceptarle la invitación. Según Maria, que vive dos casas más allá y suele visitar muy seguido a mi suegra, su tía, estas invitaciones son una especie de coacción psicológica para que nos quedemos acompañándola, porque se siente muy sola. Yo no le veo la punta a la madeja porque desde mucho tiempo antes de quedarse viuda, Moeder (madre, como todos la llamamos) siempre me ha ofrecido un borreltje cuando he ido a verla, y siempre me ha gastado la misma broma del resto que había reservado para mí. Una mujer admirable, mi suegra.
La primera vez que montó en un avión fue cuando nos acompañaron, ella y mi suegro,
en septiembre del 72, a la boda de mi hermana en Huelva. Mi suegro se pasó el vuelo rezando el rosario, agarrado a su asiento y sin querer mirar por la ventanilla: Moeder (que por aquél entonces contaba 60 años) comentó que si volviera a nacer le gustaría ser azafata aérea.

12.8. Habíamos pensado dedicar el día a hacer una larga excursión en bici, orillando el viejo cauce del Rhin, pero va a ser imposible. No es sólo que llueva (de hecho me encanta ir en bici bajo la lluvia, y hasta cantando una letra de mi invención: “I’m biciclyng in the rain”), es que relampaguea y truena, y a la comadre electricidad no se la debe tomar a la ligera. Comienzo, pues, la lectura del tercer libro de posible reseña para RdL: Grandes miradas, del peruano Alonso Cueto.

Diny nos ha invitado a cenar. En realidad es una invitación a su hermano Harry, de la cual nos beneficiamos la mujer de Harry, la otra Thea de la familia, y yo, el marido de Diny. Diny le agradece así a Harry su asistencia profesional para conseguir la pensión de jubilación a la que tenía derecho acá en los Países Bajos y que Diny había olvidado por completo. Vamos a un restaurante en Doetinchem de los que ofrecen haute cuisine hollandaise. Durante la sobremesa, hablando de caracteres humanos, de repente Diny escarba en su memoria y reflexiona en voz alta: “Hay una cosa que me prometí cuando era muy joven, y es que nunca me casaría con un hombre como nuestro padre” (“onze vader”, le dice a Harry), “y ahora que ha pasado el tiempo, cada vez me parece más que me casé con alguien como él”. Puesto que al menos yo no lo interpreto como elogio, no comento nada. Le encargo a la camarera una ginebra vieja bien fría.

13.8. La putada de costumbre: es nuestro último día de vacaciones... y sale el sol, resplandece el hijueputa.

A las 12.50 nos ponemos en marcha camino de Emmerich, para alcanzar el tren de las 13.11 a Colonia. Marcel nos lleva a la estación. Por el camino recuerda que hace un par de dias, en el diario, leyó un artículo acerca de las impresionantes medidas de seguridad que se han tomado en Colonia con motivo de la asistencia del papa a la jornada mundial de la juventud católica. “Toda una paradoja”, comento, “porque la única persona realmente temible en ese evento es el propio papa”.

Concluyo en el tren la lectura de Grandes miradas: Alonso Cueto narra como una cámara,
su discurso barre como una cámara los escenarios, exteriores e interiores, y arrambla con todo...
hasta con lo que sobra.

Cuando por fin llegamos a Colonia, tras una odisea de la que a medias (seré justo: tan sólo a medias) responsabilizo a la compañía de ferrocarriles alemanes, lo primero que veo al salir de la estación es un cartel con la imagen de Ratzinger y donde se lee: “Bienvenido, santo padre. Los católicos hemos elegido el camino del amor, de la vida y de la fe”. Lo indescriptiblemente incomprensible, en una sociedad abierta, laica y consciente, es no haber ubicado vomitorios al lado de esos carteles.

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mayo 2007, nºs 5 y 6

eladelantadodeindiana@gmail.com