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Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, espacios plegables y ríos escondidos.

VERDE MAR
Alberto Azcárate

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Noni Lazaga
Acontecimiento espacial.5. Lino y cinta adhesiva. 470x250 cm. 2005

Nos cruzamos en el portal. Yo salía a hacer una compra y ella venía a ver cómo había quedado la pintura de su espectacular ático de 300 metros cuadrados, que acababa de reformar para alquilarlo a la módica suma de 3.500 euros. En el antebrazo izquierdo llevaba un bolso de cuero, muy fashion, en tono crema,  probablemente de diseño exclusivo. Un amplio y juvenil vestido de color crudo, con un escote de audacia contenida, le cubría el cuerpo que generosamente le había sido concedido.
Me di vuelta para verla bajar. Estaba espectacular, como siempre, desde que la conozco, hace unos tres años. Parecía volar con sus cabellos de oro, sedosos y brillantes, y deslizarse más que andar, gracia exclusiva de la gente poco apremiada por los mandatos propios de quienes nos debatimos en el diario afán. El espléndido rostro de modelo de Vogue enmarcaba sus enormes ojos verde mar. Las pupilas, punzantes, latían enclavadas en un lago de blanca transparencia, cuya limpidez no disminuía la intensidad de la mirada. Muy por el contrario, la enfatizaba de tal modo que turbaría a cualquiera que osase mirar a esa mujer de frente. Tamaña determinación, lindante con la prepotencia, también denotaba que estaba acostumbrada a mandar; formaba parte de ese tipo de gente -escaso- a quien la vida siempre le sonríe y jamás le niega la realización de sus deseos.
A juzgar por el hijo que alguna vez la ha acompañado, debe rondar los cincuenta años, aunque aparente muchos menos. Trazo de eterna juventud y atributo raro en personas rubias, que suelen arrugarse prematuramente, a diferencia ­­de la gente de tez morena, que disimula fácilmente la edad. Yo sería un buen ejemplo de ello, pocos aciertan a darme los cuarenta y siete que llevo encima, me atribuyen apenas de cuarenta a cuarenta y tres, no más. Me fui por la calzada barruntando inconfesables fantasías a su respecto.

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Ali Babá Kof Kof

Cuando regresé, la encontré en el hall del edificio, sin el bolso crema, supuse que lo habría dejado en su piso. Tampoco conservaba el aire seguro y determinado de siempre. Me miró, dubitativa:
-Perdone, pero estoy confundida, ¿podría usted ayudarme?

Por toda respuesta la miré a los ojos; ya no denotaban la determinación habitual, sino un cierto desamparo. Ante mi silencio receptivo, prosiguió:
-Por favor, suba conmigo un momento-
Abrí la puerta del ascensor y le cedí el paso. Al llegar al piso introdujo la llave en la cerradura e intentó abrir la puerta. No lo consiguió. Le pedí permiso y con toda delicadeza tomé la llave de su mano. Abrí sin dificultad, a los hombres se nos da más fácilmente esto de abrir puertas. Entramos y a renglón seguido se lamentó:
-Ay, tengo que alquilar el piso y, no sé..., esta pintura no me convence...¿y el alfombrado..., a usted qué le parece?
-A ver, vamos por partes, así, a primera vista, me parece que la pintura está bien- le dije, mientras caminaba por el salón para ver el trabajo en detalle y poder darle un parecer consistente.
-No tiene poros,  -proseguí- tampoco veo manchas.
-No, no me refiero a eso –dijo en tono entre irónico y risueño- sino al estilo con que está pintado, al espíritu...
Sólo atiné a poner cara de no enterarme de qué estaba hablando..., la pura verdad, por otra parte.
-Venga, acompáñeme –y se encaminó decididamente hacia las dependencias interiores. Se detuvo en la puerta de una habitación.
-Mire, por ejemplo el cuarto de la asistenta, ¿le parece a usted que ésta es pintura para la habitación de una empleada? ¡Pero si más parece un cuarto infantil diseñado por Ágatha Ruiz de la Prada!
En un punto ella tenía razón, daba la impresión de un ambiente proyectado para una niña.
-Y bueno, póngale una cuna de barrotes, un osito de peluche y una colcha de color rosadito... –le dije. Largó una sonora carcajada y reír le hizo bien, porque recobró el temple, aunque, por fortuna, no la distancia que le era proverbial. Sorprendentemente había roto el hielo.
-Venga, quiero mostrarle otra cosa –prosiguió- mientras se dirigía a un baño auxiliar, al lado del salón. Nuevamente, se plantó en la puerta de entrada:
-Mire esas ridículas flores con que han empapelado este baño- disparó, sacudiendo la cabeza como si una impresión ya irreversiblemente negativa se hubiese apoderado de ella.

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Alí Babá Kof Kof

-Seguramente se las han puesto para que tenga un perfume mejor, ¿no ve que son rosas?- le dije, estimulado por el éxito del primer comentario jocoso. Volví a triunfar. Esta vez la carcajada, vino acompañada de un taparse la boca con la mano, en tácita complicidad por la alusión a la clase de olores a que me estaba refiriendo.
-Ahora, el colmo del desastre- dijo con aire desconsolado- vea, cómo han pintado mi dormitorio y el salón..., ¡si es para matarlos!... Yo al salón no le veía nada mal, por lo que entorné los ojos por si observaba algún detalle que pudiese abonar su disgusto. Estaba pintado de un color bello y acogedor, que oscilaba entre el melocotón y el naranja. Me limité a arquear la boca hacia abajo, en indicación de que no me estaba enterando. Me clavó sus poderosos faroles y, rotunda, fulminó –Ahora lo va a entender. Venga-. Tímidamente seguí sus pasos y entramos en su dormitorio –el piso tenía cuatro-, hermoso espacio de unos 30 metros cuadrados. Pintado del mismo color que el salón, estaba enteramente cubierto con una espesa alfombra de una tonalidad verde mar, que se diría copiada de sus ojos.
-¿Y..., qué me dice ahora? –inquirió, decidida. Por toda respuesta le dije que no notaba nada que me hiciera concluir que había algo mal hecho. Encogió los hombros, en un gesto que mezclaba desconsuelo y una condescendencia casi cariñosa:
-Ay, ¿pero dígame, a quién se le ocurre pintar el dormitorio y el salón del mismo color!?, se quejó mientras, con gracia y naturalidad de danzarina clásica, se dejaba caer sentada en la mullida alfombra, en inusual actitud. Ella, siempre fría y distante, ahora se desplomaba en el suelo, distendida, como si de una escena de intimidad familiar se tratase. Cruzó las piernas, que cubrió con el amplio vestido, como las niñas cuando juegan en el suelo.
-¿Qué hago? –me dijo en una clave que no conseguí descifrar. –Venga y siéntese conmigo... y dígame qué hago- mientras acariciaba la alfombra. Le hice caso. Me arremangué los pantalones para no arrugarlos más de la cuenta y me senté a su lado, rodeando con un abrazo mis piernas que coloqué en ángulo recto y cruzadas en los tobillos. De chaval aprendí que es la mejor posición para mantener el equilibrio, cuando no se tiene ningún punto de apoyo.
-Bueno, ya ha visto la pintura- me dijo- ¿y qué le parece la alfombra?
-Hermosa –respondí. Y con un dejo de voz, me atreví a agregar: -del color de sus ojos-.
Me clavó una mirada que golpeó en el fondo de mis córneas, casi hasta doler. Tuve que pestañear. Ella bajó la cabeza y, pensativa, fijó los ojos en el suelo:
‑¿De verdad lo dice? –mientras su mano jugueteaba, recorriendo a izquierda y derecha la aterciopelada superficie. Levantó nuevamente la mirada, como para testar la sinceridad de mi respuesta. Estuve a punto de buscar alguna ocurrencia jocosa, como las que le habían causado gracia en las situaciones anteriores, pero algo inefable me ordenó otro rumbo:
-Sus ojos y toda usted, son de tal hermosura que duele mirar- me arriesgué en una jugada de dudoso valor poético, pero de sesgo indudablemente audaz. Esta vez su mirada se encajó en la mía, pero ya no era distante, ni autoritaria, ni dócil, ni tenía cualquier registro conocido. Se veía extraviada y anhelante, como un mar agitado que pugnase por contener corrientes encontradas. Decididamente me obligó a abrir los brazos hasta hacerme perder el equilibrio y juntos nos desparramamos sobre aquella superficie blanda y esponjosa. Por delicadeza y porque los hombres de verdad sabemos guardarnos esos detalles, no voy a relatar qué hicimos, ni cómo lo hicimos, ni cuántas veces.
Me dormí y perdí la noción del tiempo. Al levantarme vi que ella continuaba durmiendo plácidamente, de costado. Parecía una escultura que hubiese sido colocada ex profeso sobre la alfombra.
Cuando bajó yo estaba allí, sentado. En el hall se cruzó con Don Javier, el propietario del quinto. Le preguntó cuándo sería la fecha de la próxima reunión de la Comunidad y qué opinaba él de que se hiciera algo con el jardín, que –a su criterio- estaba abandonado. El hombre iba a responderle cuando, ella –recobrado su habitual tono distante e imperativo- le interrumpió:
-Perdone, es sólo un momento-, mientras se daba la vuelta y me entregaba las llaves del ático:

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Alí Babá Kof Kof

-¿Cuál es su horario actual?
-El mismo de siempre, señora, de lunes a viernes, de 8:30 a 13:30 y de 17 a 20.
Bueno, le dejo las llaves del piso y usted lo muestra. Siempre y cuando vea que no es alguien de una agencia, o uno que sólo quiere curiosear...
-No se preocupe, señora, yo me ocupo.

Diciembre 2009 nº 9

eladelantadodeindiana@gmail.com