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Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, espacios plegables y ríos escondidos.

Ricardo Borregón
Pedro Fernández Cocero

Noni Lazaga
Noni Lazaga:
Acontecimiento espacial 13. Serie secretos de un mundo plegable .153x165x275cm. 2007.

Conocí a Ricardo Borregón en una remota tarde de invierno en la redacción de “El Adelantado de Segovia”. Yo diría que esa tarde, sobre las cinco, inauguramos nuestra amistad. Llegué a él mediante recomendación de su hermano Manuel, amigo mío de tantas travesías de esquí por el Guadarrama. Le di mis folios –un artículo sobre la nieve y la montaña- a ese muchacho serio, con gafas, que, junto a otros redactores, estaba sentado ante la vetusta mesa de la redacción. Creo que fue su manera de leer lo primero que me cautivó de su persona. No sabría explicarlo de otro modo: yo estaba viendo mis frases desfilar despaciosamente por los cristales de sus gafas. Más tarde aprendí, en el transcurso de los días, que ese periodista era un ser receptivo a todos los aconteceres.
Y generoso. Fue él quien me introdujo en “Índice”, de Madrid, una revista rompedora y católica de aquel entonces. Ricardo había publicado en ella y mantenía una relación epistolar con su director, Fernández Figueroa, que, a su vez, era amigo y anfitrión de Lanza de Vasto, el pacifista. Ricardo
tenía una honda raigambre católica; y periódicamente proseguía en sus estudios bíblicos. Jamás trató de “evangelizar” al agnóstico que es un servidor. Y el agnóstico prefería platicar con ese teólogo laico antes que escuchar a muchos “correligionarios” de las no-religiones.

Lanza del Vasto
Lanza del Vasto

Fundamos (o eso creímos) una tertulia literaria. Los lunes, en un café. Al principio éramos dos. Nos leíamos nuestros escritos. Ejercíamos una simetría de escribidores-críticos. A veces él leía en voz alta algún cuento de William Saroyan. Tenía un curioso tic: al pasar las páginas del libro con el dedo pulgar se humedecía éste en los labios. Desde entonces asocio la escritura del autor armenio con la mano de Ricardo. Luego fueron llegando otros “contertulios”, quizá atraídos por el aplomo de él. Y al poco tiempo aquellos coloquios de café se habían convertido en meriendas donde conspirábamos ingenuamente contra el régimen. Éramos rojos retóricos, discursivos.
Amaba el cine. “… es una obra de arte, tal como puede serlo en otro terreno una sinfonía o un cuadro”, son palabras suyas. Ejerció la crítica de cine en su periódico. Fue uno de los dos o tres pioneros que crearon en la ciudad aquellos “cine-Forum” en que, andando por el pasillo, se comentaban para los asistentes los propósitos del filme y el lenguaje de la cámara. “Fondo y forma –escribió-, en una buena película, se condicionan y actúan en constante simbiosis”.

Kaneto
Kaneto Shindó:
Fotograma de La isla desnuda

Asimismo su mirada crítica, lúcida, recorrió las exposiciones que se sucedían en la galería de pintura contemporánea “Casa del siglo XV”, regentada por los hermanos Serrano, íntimos amigos suyos. Dibujaba, él mismo. Con unas escuetas líneas a plumilla plasmaba la soledad y el sosiego que emanan de algunos escenarios.
A la muerte de Franco fue “El Adelantado de Segovia” el primero de los diarios, que yo sepa, en pergeñar los rasgos negativos del dictador. El autor de aquella semblanza era Ricardo Borregón. Tal fervor por la libertad de pensamiento resultó ser peligroso en aquellos frágiles momentos. Se decía que había en la ciudad algunos franquistas encolerizados dispuestos a linchar al autor de ese artículo. Lo sensato era que éste guardase una transitoria reclusión en su domicilio. Nos recuerdo a ambos tras su alta ventana de la calle Real temiendo una pedrada arrojada por mano franquista a los cristales.
Trascurrieron lustros y décadas. Y en dos aciagos días, con un intervalo de no me acuerdo cuántos, el periodista fue golpeado por una dolencia en su cabeza, oficina de su pensamiento. Hoy era mudo el que antes había sido dueño de palabras bien medidas, orales y escritas.
Allí, ahora en la calle de “los doctores Velasco”, la escena y el hombre semejaban, sin pretenderlo, una página de Azorín. Entre la figura andariega de Juan de Yepes y la bizantina torre de San Esteban, dos ventanas en una sala espaciosa. El hombre miraba a la calle, tras el cristal. Y lentamente, sencillamente, iba describiendo, o intentaba describir, en el cuaderno prescrito por el logopeda, lo que veía: adoquines del pavimento, siluetas fugaces de transeúntes, una golondrina, sujeto-verbo-raras-veces-complemento, sustancias mínimas. No bastaba que el hombre mojase su pulgar en los labios, como cuando leía a Saroyan o a Rilke, las palabras no venían, habían huido todas en desbandada de su cerebro. Pero el cerebro era habitado por ideas, ideas sin el grifo de la palabra, ¿Qué inquietante embalse era ése?. El hombre apartaba por un instante su cuaderno y rogaba por gestos a Esperanza, su mujer, que trajese café para invitar a su amigo. El hombre era un estoico.

De antiguo le gustaban a ese hombre “las tardes abrileñas” en los sosegados pueblos de la provincia, adonde un servidor le llevó algunas veces. Pero fue Esperanza, su esposa, quien como una “tour-operator” amplió el marco geográfico del ya entonces mudo. El adicto al cine regresaba de las ciudades de Europa trayéndose de ellas la película de sí mismo.

Kaneto
Kaneto Shindó:
Fotograma de La isla desnuda

A veces, al abandonar la casa esquina de “los doctores Velasco”, me venía a la memoria un bellísimo filme que a ese crítico le fascinaba: “La isla desnuda”, apenas una docena de palabras, de Kaneto Shindo, maestro del silencio.

Diciembre 2009 nº 9

eladelantadodeindiana@gmail.com