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Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, espacios plegables y ríos escondidos.

Siria. Diario de viaje

Maribel Gilsanz


Noni Lazaga
15. Boceto acontecimiento espacial 12-2006

Hasta el último momento dudo si ir. Tengo que hacer las últimas correcciones de una novela, para llevarla a la imprenta sin tardar y estoy escribiendo otra, que me tiene atrapada, temo que abandonarla en este momento la afecte. Además, ¿qué pinto yo en un simposio de pintores?, ¿voy de voyeur laboral? ... Varios amigos me recomiendan llevar medicinas para evitar los problemas que puede darte una ameba si tomas verduras sin lavar o agua sin ser mineral. Otros se asombran de que viaje a Siria en un momento de revueltas en El Líbano... Alguno me recuerda que ser mujer exige en el mundo árabe ciertas composturas que temo no tener. Todos, después de ponerme alguna duda en el cuerpo, añaden palabras que hacen referencia a la suerte del viaje: “¡viajar a la cuna de la humanidad! ”, o a los lugares que creen que veré: “¡Qué bien conocer Palmira!” Les aclaro que no podré ir a Palmira, que es un viaje de trabajo; mientras lo digo recuerdo que es el trabajo de otro. Acompaño a mi marido, Amadeo Olmos, en el viaje que hace invitado por Siria, para participar en el primer simposio internacional de artes plásticas que se celebra en Raqqah. Él no sabe muy bien en qué consiste, salvo que debe recoger pintando las impresiones del país. ¿Qué haré yo allí?

11-5-08

            Desde el avión me impacta la visión del desierto. Amadeo se emociona por la intensidad del ocre. Discuto con él por ver el mundo desde un punto de vista eminentemente plástico. Le pregunto si no puede pensar en lo que significa ese ocre: ¡estamos en el desierto!...


Desert

Al llegar a Damasco, Rifaat nos espera con un periodista en el aeropuerto. Se llama Anwar, me sorprenden sus ojos. Intento descifrar su compleja mirada, no lo consigo. Ojos sagaces, inteligentes, con sentido del humor, pero noto que esconde algo íntimo, es una mirada llena de secretos. ¿Llegaré a descifrarlos? Le gusta el cine de Buñuel. Escribe sobre cultura para la prensa de su país, para un periódico de Los Emiratos Árabes y para otro de Londres. Rifaat  dirigió el Centro Cultural Árabe Sirio en Madrid hasta el año pasado. Ahora vive en Siria, donde escribe y realiza gestiones culturales.
Nos recogen unos empleados del simposio en una furgoneta con expositores y muebles. Me sientan al fondo, en un butacón, y todos ellos se agrupan en la parte de delante. Amadeo me hace una foto. Dos hombres —el más joven lleva unos pantalones de Versace— sacan sus móviles y también me fotografían, en señal de amistad. Nos dejan en el casco histórico y se van a Raqqah con nuestro equipaje.
Rifaat penetra en la autopista y, asombrados, le seguimos. De repente, nos hallamos en medio de los coches que circulan a gran velocidad. Con gestos casi imperceptibles de su mano se abre paso entre el flujo de automóviles y nosotros con él.  ¡Inconcebible! En medio del peligro y del caos experimentamos una sensación armoniosa, ejecutamos una especie de danza en la que vehículos y peatones nos mantenemos en alerta ante lo imprevisto y lo aceptamos.

En la puerta de entrada al casco nos encontramos con Mada, una de las hijas de Rifaat. Es una joven guapa y dulce, viste muy moderna. Estudia literatura inglesa.
Después de tomar algo en una cafetería, cogemos un taxi. Como no cabemos, Rifaat sienta sobre él a su hija ante la mirada de normalidad de un guardia de tráfico.


Llegamos a la estación de autobuses donde un chófer recoge a Mada, que se despide para irse a estudiar, pues tiene exámenes estos días.
En la estación nos hacen un billete en el que figura nuestro nombre, utilizando el pasaporte. Tomamos un té y partimos hacia Raqqah.
En ruta, el cobrador saca una bonita caja de taracea y nos ofrece caramelos de café envueltos en trasparente papel rojo con letras doradas. ¡Deliciosos! Más tarde pasa con una jarra sirviendo agua. Nos abstenemos imaginando que no es mineral.
En el largo trayecto —las mismas horas que el avión— atravesamos el paisaje del desierto y ,en la noche, da la sensación de no existir nada aparte del cielo, la impresión de que la tierra es puro soporte.
De vez en cuando pasamos por algunos pueblos y, desde el bus, vemos tiendas abiertas hasta altas horas con atractivos puestos de frutas, carnicerías con animales colgados en el escaparate, repuestos de vehículos. Hacemos algunas paradas en estaciones. Allí la vida bulle. No me da tiempo a mirar cuanto quiero: la variedad de vestimentas de la gente, los tentempiés que toman, su forma de relacionarse, sus gestos. 


fish?
Amadeo Olmos

Llegamos a Raqqah agotados a la una de la mañana. Entramos en un hotel. Pienso que, por fin, nos darán la habitación para dormir. Montamos en el ascensor hasta el último piso. Al llegar arriba se abre la puerta en medio de una gran fiesta, organizada con motivo de la inauguración del encuentro de artistas plásticos. Nos aplauden, somos los únicos que faltaban. Cada persona que nos detenemos a mirar nos ofrece una interminable sonrisa.
Nos traen abundante y exquisita comida típica del país: pinchos de carne, verduras, patés vegetales...
Un hombre de unos sesenta años, con melena blanca y grandes entradas, que viste una camisa rosa, lanza billetes al cantante para que continúe a pesar de ser tarde. Nos dicen que es un potentado de allí. El cantante, muy repeinado, abre cuanto puede sus negros ojos saltones y cambia el gesto melancólico, que requería el momento de la melodía, por una sonrisa de satisfacción.  La música continúa muy animada. Todos son muy simpáticos. Nos sacan a bailar y nos enseñan los pasos de sus danzas tradicionales. Sigo el ritmo de un hombre corpulento de melena y bigote. Hace más lento su baile para enseñarme, sus zapatos blancos me ayudan a no perderme.
Cerca de las cuatro de la mañana nos llevan a un hotel cercano. Esta vez sí para dormir: El hotel Karnac. Está decorado con gusto ostentoso —grandes adornos de escayola y dorados—. La habitación es amplia y tiene una gran terraza con vistas a la ciudad. Desde ella se ven edificios de similar aspecto y diferentes alturas, de color arena, con una enorme y oxidada antena parabólica en ,prácticamente, cada azotea.
A las cuatro se escuchan unos cánticos: Son rezos, por megafonía, desde los minaretes de las mezquitas. Tienen unas luces verdes que dan un toque de color a la noche.


12-5-08

            Desayunamos temprano.
            Montamos en una furgoneta desvencijada, con muchos asientos, decorada con cortinillas y alguna flor de plástico. Me emociono al pasar sobre el Eufrates. La visión del río, a pesar de sus dimensiones, no es espectacular, salvo por imaginarlo rodeado de desierto. Pero saber que es él, aquel que contempló los fascinantes relatos que la historia y la literatura me habían hecho imaginar, me hace sentirme dentro de unas páginas escritas. El río, por un instante, se puebla con los fantasmas de aquellos personajes soñados.
Hablamos con algunos participantes. Son todos de países árabes (Yemen, Arabia Saudí, Turquía, Marruecos...), excepto un alemán, un suizo y Amadeo, a quien algunos llaman El Español. Son todos hombres, salvo tres mujeres. El alemán tiene aspecto de turista intelectual, viste camiseta de algodón negra. Nos cuenta que su mujer, periodista, hizo un artículo sobre los Paradores españoles. Ocasión que le sirvió para visitar nuestro país. Conoce Segovia, sobre todo su Parador, el Acueducto y el cochinillo.

desert buildings
Amadeo Olmos

Llegamos al lugar donde se organiza el taller de arte. Es una especie de colegio o albergue. La fachada exhibe una gran foto del presidente rodeado de niños. En la parte de atrás hay un amplio patio con jardines, la cubierta central está decorada con banderines. Otra gran foto del presidente aparece en un lugar central y bien visible. Aquí, comienzan a disponerlo todo, para que los artistas puedan trabajar.
Sacan caballetes, lienzos de color verdoso preparados con una capa de pintura blanca, tubos de óleo, pinceles, un bidón con esencia de trementina...
El ambiente es relajado, algunos artistas conversan, pero Amadeo está deseando pintar y empieza rápido.
Llegan periodistas de prensa y televisión. Hacen entrevistas a los artistas, alguno también a mí. Les interesan, sobre todo, las impresiones recibidas del país, las sensaciones del congreso, las diferencias entre los países y las derivadas del sexo. A Amadeo le traduce Rifaat. Su español es impecable. Es el autor de la mejor traducción al árabe del Quijote que existe. Además de ser un magnífico poeta. Es muy divertido, tiene un agudo sentido del humor. Ríe constantemente con una risa  muy contagiosa. Tiene chispa en los ojos. 
Mientras Amadeo pinta hablo con la gente, a veces en inglés, otras en francés y otras con gestos. En Siria, cuando dices que eres de España se les ilumina la mirada. Nos sienten hermanos históricos. Consideran a Damasco la madre de Córdoba. Uno de los pintores me recuerda que de allí huyó Abd al-Rahman, tras asesinar los abasíes a su familia e inauguró la dinastía Omeya en Al Andalus.
El artista turco, un joven sonriente de ojos tristes, se acerca e interpreta para nosotros a Joaquín Rodrigo con la guitarra. Otro artista árabe, bajito, de piel bastante blanca y aspecto castellano, nos habla de Julio Iglesias y alaba su canción titulada Manuela. Amadeo sigue a lo suyo.
Por la tarde asistimos a una conferencia en el centro cultural. El tema: “El texto en las artes visuales”. Lástima no entender árabe. La sala está decorada con abundantes ramos de flores de plástico y un busto grande dorado, del mismo estilo que las estatuas que decoran algunas de sus plazas.

Pretty rug

Amadeo Olmos

No disponen de micro móvil y el público, para intervenir, sale al estrado. Más que preguntas son opiniones a las que el conferenciante no siempre replica. Parecen muy naturales, menos tímidos de lo que solemos ser en España. Viendo que la conferencia se alarga nos salimos para conocer el centro cultural y no dormirnos.
El centro es del color del desierto. La mayor parte de las viviendas de la ciudad son ocres o, tal vez, el polvo hace que todos los edificios cojan ese color homogéneo. Tiene unas dimensiones que nos convierte en “hombres menguantes”. Nos dicen que lo diseñó un arquitecto famoso. Uno puede ser célebre en una mitad del planeta y anónimo en la otra mitad, a pesar de la globalización.
En las salas de exposiciones hay una de pintura y otra de fotografía. En la de pintura los cuadros están trabajados de una forma que revela el lugar geográfico al que pertenecen: figuras sobre fondos de un colorido parecido al de sus tapicerías y alfombras.  La de fotos, de varios autores árabes, podría ser de un único autor, con una visión muy contemporánea. Internet ha acercado las miradas fotográficas.
Al acabar el acto vamos a cenar a un restaurante con un gran salón acristalado con vistas al Eufrates. Frente a nosotros el director de un centro cultural de los Emiratos Árabes, que también es pintor, poeta y curator, Talal Moualla; junto a él, un pintor de Marruecos que vive en París, un periodista sirio, y un profesor de matemáticas muy simpático, aunque insiste demasiado en que comamos. De nuevo comida tradicional.
Amadeo hace fotos abstractas de objetos de la mesa. Talal le proporciona estímulos. Es un hombre inteligente, ofrece inspiración con grandes dotes de musa. Habla italiano. Le entendemos, pero la principal comunicación se produce a través de la plástica de las imágenes.
El profesor quiere que recite algo de Lorca. Como sé que no comprenden la lengua me permito inventarme los trozos que no recuerdo para poder completar los poemas.
Me divierte saber que no me entienden al declamar:

Y yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido...

Les recito también parte del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías y les canto Verde que te quiero verde.
Están encantados de escuchar a Lorca de una voz española.

The Sea
Amadeo Olmos

Al terminar de cenar el teniente alcalde de Raqqah, Hammud Solimán, con quien había bailado mucho la noche anterior, viene a buscarnos para llevarnos a su mesa. Es tremendamente simpático. Se cambia de ropa varias veces al día, siempre muy elegante. Por la tarde llevaba una camisa informal amarilla y para la cena se ha puesto un traje gris con camisa blanca. Es alto y delgado, muy moreno. Tiene bigote. En esa mesa está su hermano Mustafá, un escritor culto y muy refinado. Tiene el flequillo largo, echado hacia los lados de la frente de tal manera que parece llevar una discreta melena. Su barba es casi blanca. Hablamos y cantamos hasta tarde. 

13-5-08

Día de mi cumpleaños.
Amadeo continúa con el cuadro. Sobre el desierto ha pintado un símbolo azul violáceo que representa el Eufrates. Hoy ha añadido dos cuadrados de color carmín colocados en diagonal. Los dos cuadrados proyectan una sombra en el cuadro. Al incorporar esa “interferencia” los espectadores muestran reacciones más entusiastas y expresivas. Algunos sonríen divertidos. A Amadeo le satisface que los cuadros provoquen esa actitud de sorpresa.
Lo da por terminado y comienza el siguiente. Dibuja la cafetera con la que nos ofrecen café. Cada media hora pasan los empleados del simposio ofreciendo té y café con pastas.

street with people
Amadeo Olmos

Un crítico de arte,  psicoanalítico freudiano, trata de establecer relaciones entre la obra que ve en los catálogos de Amadeo y su psique. Amadeo le dice que los críticos quieren dejarlo todo atado y el arte no se puede atar.
Tras establecer varios juicios más, quiere saber la razón por la que eligió el color del lienzo. Amadeo responde que es una cuestión puramente plástica, que lo encontró, y su color neutro le permitía combinarlo con cualquier color. El crítico no se conforma y sigue haciendo preguntas sobre la tela. Amadeo continúa diciendo que, tal vez, también le gustó por la austeridad y termina por establecer una posible relación entre la tela y los sacos que usaba su familia para guardar la cosecha de cereal.
¡Los fantasmas aparecen si se buscan!
Cuando se va, hablamos sobre Freud. Rifaat opina que el psicoanálisis freudiano empobrece la visión de las cosas, que Freud no partió de la realidad para establecer sus teorías, sino de un mito, un mito que le sirvió para intentar comprender su problema personal, su constante deseo hacia la madre. Le cuento mis recientes lecturas de María Zambrano sobre Freud  en las que relata cómo el Freudismo al deshacer la idea del padre es una de las teorías que han ido cortando los hilos que mantenían al hombre enlazado con sus principios, que ha ayudado a acabar de destruir la vida del hombre como hijo, cuando vivir como hijo es algo específicamente humano.
Vuelve el crítico y observa el cuadro de la cafetera que está pintando Amadeo. Nos cuenta que el gallo que decora la tapa es un símbolo masculino en la tradición siria. Claramente piensa que ha pintado un símbolo fálico. Vuelvo a mirar el tema. Si al fragmento de cafetera que ha destacado en el cuadro le quitas el gallo y los trozos de asa... parece, ciertamente, un falo. 
Pasan grupos de gente, sobre todo mujeres y estudiantes. Una mujer habla unos minutos conmigo y me invita a acompañarla para ver amamantar a su bebé. Vamos a la habitación donde llevan los cuadros terminados para secar, saca su pecho y se lo ofrece a la niña. Me pregunta  por qué no tengo hijos. Muchas mujeres sirias me hacen esa pregunta. Para responder con franqueza necesitaría hablar con ella varios días. Con mi restringido inglés... meses. Respondo con un interrogante.
Comemos en el hotel de la fiesta, donde se aloja el resto del grupo: trigo tostado con frutos secos y yogurt con pepino y hierbabuena.
Bajamos a la calle. Rifaat y Anwar paran un taxi. No sé dónde vamos, pero no me extraña, porque Rifaat es una especie de mago con quien las cosas aparecen de repente, sin anunciarlas. Aunque, esta vez, Amadeo parece conocer el secreto.

China Shop
Amadeo Olmos

Llegamos a un barrio de  joyerías. Amadeo quiere comprarme un regalo de cumpleaños. Unas sólo venden joyas doradas y otras sólo plateadas. Me gustan unos pequeños pendientes en forma de aro, expuestos en un escaparate, dorados con rojo y verde. Me recuerdan los colores de la noche en Raqqah, las luces de los minaretes.
Entramos a comprarlos y , como no cierran bien, el joyero los manipula, una vez puestos, con unas tenacillas.
Vamos a casa de un amigo de Anwar, nos le presentan como un compañero suyo de la cárcel. Nos dicen que estuvo quince años encarcelado y Anwar nueve, por razones políticas. Se llama Rashah. Se cambia de ropa y nos enseña la zona amurallada de la ciudad: la muralla, los restos de la mezquita, del palacio, de la puerta de entrada... Nos preocupa la humedad que asegura un deterioro de los monumentos. Es emocionante imaginar esas bellas ruinas en pleno apogeo. Esta ciudad fue el principal centro de la alta Mesopotamia en la época abasí.
Vemos la vida de los vecinos, sentados en sus puertas o trabajando, los niños jugando en la calle, incluso los muy pequeños. Comienzan a seguir a Amadeo para que les fotografíe con su cámara. Al cabo de un rato parece el flautista de Hamelín con un gran grupo de niños sonrientes detrás de él. Hermosos niños de ojos grandes y miradas curiosas. El barrio rebosa vida. Una niña exhibe dos labios pintados en sus carrillos, recuerdo del reciente beso de una mujer. Unos hombres toman un té a la puerta de casa. Conviven los contrastes. Una mujer, vestida de la manera tradicional más rigurosa, lleva en sus brazos una niña vestida a la última moda. Otra lleva un bebé arropado en una manta..... 

People
Amadeo Olmos

Regresamos a la casa de Rashah. Su mujer está embarazada y tienen un niño de tres años, Teim. Por la puerta de entrada se accede a un patio donde nos sentamos, en torno al que gira el resto de la vivienda. La mujer se viste para salir a la calle y se va al zoco. Comenzamos a hablar y comprobamos que Rashah es un hombre muy culto. Se pasó los quince años de encarcelamiento leyendo. Tiene amplios conocimientos de la literatura universal, también conoce a la perfección la historia de nuestro país. Está emocionado de tenernos en su casa. Acaba de conocer a Rifaat, a quien ha leído y admirado mucho, y cuya gestión en el centro cultural mantenía viva su ilusión en la cárcel. Nos dice que tendrá siempre en un lugar de honor la silla donde está sentado.
El centro del patio está cubierto por un techado de vid. Alrededor hay un granado, un olivo y, en el rinconcito donde nos sentamos, un naranjo. Todo muy mediterráneo. Anwar se empeña en que me siente en la silla desde donde se ve la luna.
Vuelve la mujer del zoco. Como por arte de magia, aparece una tarta de chocolate con velas encendidas. La mujer echa por el suelo rizos de papel de metalizados colores. Me emociona la generosidad de esa gente que, sin recursos y acabándome de conocer, tienen tantos detalles conmigo. Teim cree que es su cumpleaños, porque cumple el día 15 y le habían hablado de celebrarlo.
En el patio entra, de vez en cuando, alguna mujer a coger agua o alguna otra cosa. Entran discretamente, sin decir nada ni llamar. Rashah nos cuenta que su puerta siempre está abierta para todo el que quiera entrar.
Llega una joven con el pelo recogido y un vestido tradicional bordado. Se suelta
una gran melena y se quita la túnica, descubriendo una vestimenta muy moderna y ajustada. Es muy guapa. Se sienta con nosotros. Mantenemos interesantes conversaciones en un clima de alto grado de cariño. A mí me llaman María, porque les resulta más fácil que Maribel. Me siento bien con ese nombre, sobre todo con la pronunciación tan afectuosa que ellos hacen de ese nombre. La protagonista de la novela que estoy escribiendo se llama María. Me resulta misterioso. ¿Soy yo quien visita Siria o es uno de mis personajes?
Sacan el licor típico de allí. Lo llaman Arak. Es como el anís. Lo mezclan con
abundante agua y añaden hielo. Ellas también beben y fuman.
Nos comentan que desean que el hijo que esperan sea niña. El tiempo que Rasha pasó en la cárcel recibió numerosas visitas de sus hermanas, frente a una sola de su único hermano varón. Expresa que considera a las mujeres superiores.  
Nos ponen para escuchar la mejor música siria contemporánea. Es muy bella. Dentro de esa pobreza material me siento en la casa más lujosa donde haya estado nunca. Me refiero a lujo espiritual.

arches
Amadeo Olmos

En la casa no hay nada que no sea absolutamente necesario. El aseo está fuera, en el patio. Consiste en un agujero en el suelo, que conduce a las cañerías de la ciudad, y una pequeña pila. Rashah se siente muy satisfecho allí. Está contento de poder ver desde su patio la Osa Menor. Siento que la cultura árabe ha sabido mantener la ilusión ante la visión del firmamento. También la expresión poética de sus emociones. A lo largo de toda la noche nos dicen en numerosos brindis palabras muy bellas de hondos sentimientos.
            Amadeo está tan agradecido que les regala los catálogos de su obra que había llevado, destinados para el director del museo.
Nos despiden con muchos besos y abrazos. Rashah aprieta mi cabello en caricias cargadas de agresividad afectiva. Imposible explicar con palabras. Algo me toca muy dentro, la sensación de que otro mundo es posible. La certeza de que los bienes materiales no proporcionan la felicidad. La seguridad de que el afecto inmediato y espontáneo hacia cualquier ser humano y compartirlo todo proporciona el máximo grado de bienestar.
Vamos dando un paseo al hotel. Hay ambiente alegre en la calle. Un grupo de jóvenes canta.
Llegamos a la habitación. No encuentro la manera de quitarme los pendientes. Les imagino pitando en el control del aeropuerto y ayudándome a alargar la estancia en Siria.

14-5-08

Anwar entrevista a Amadeo con preguntas interesantes, le hacen hablar de arte en profundidad. Las publicaciones que recojan todas las entrevistas de estos días serán árabes. Amadeo no entenderá lo que diga de él la letra impresa. Ni siquiera pudo identificar su propio nombre en la lista de participantes.
Montamos en la furgoneta que lleva a los artistas a pintar. Amadeo me expresa su sensación de obrero que va a cumplir con su jornada laboral. Me pregunto si habría otro sitio donde preferiría ir. Me respondo que no. Para él “pintar” es el mejor de los sitios.
En las huertas, junto al río, veo trabajar a los agricultores.
Al llegar, un grupo de mujeres intenta en vano desabrochar mis pendientes. La escena les hace reír a todos.
Cada día visita más gente el taller. Algunos se sientan un rato en las sillas que hay junto a los caballetes para verles pintar. A ratos, saco mi libreta y recojo estas notas.
La mayoría de artistas han realizado obras dentro de la tradición árabe contemporánea. Son cuadros que parecen trabajados con la duda de a qué lado inclinar la obra, hacia la figuración o hacia la abstracción.

inside a building
Amadeo Olmos

Mientras les observo trabajar repaso la cantidad de artistas occidentales influidos por el arte árabe. La estancia de Monet y Renoir en Argelia, la de Matisse en Tánger, la de Paul Klee en Túnez. Pienso en cómo Matisse, Kandinsky y Klee descubrieron nuevos elementos para reforzar la autonomía de la forma y el color, base de la pintura no-figurativa.
El pintor alemán realiza una obra influida por la pintura de vanguardia. El suizo ha traído pintadas diferentes versiones del Monte Cervino en gran formato. También ha llevado un book con su trabajo: paisaje y retratos. Los retratos están hechos al estilo de los realistas contemporáneos ingleses. Lleva una camisa de lino blanco. Hace tiempo recorrió España en moto. Habla español, aunque intercala palabras en italiano.  
Amadeo acaba el segundo cuadro. En sus obras también conviven figurativo y abstracto (geométrico), pero de manera diferente. Es como si las dos imágenes hubiesen pasado por el mismo lugar y se hubiesen quedado a compartir un espacio que a ninguna corresponde por completo; obligándote a mirar el cuadro de una manera nueva, como cuando visionas una película, y el ojo ha de adaptarse a diferentes secuencias.
Uno de los ayudantes del simposio, que ha estado muy pendiente y amable, le pide que le firme la paleta. Ha usado dos. Hace un dibujo en cada una de ellas y le regala una a él y la otra a Anwar.

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Amadeo Olmos

Vienen alumnos de la universidad de arquitectura. Llevan ropa de marca. Los chicos van vestidos a la moda occidental. Las chicas llevan pañuelos muy combinados con la ropa, de colores alegres y tejidos delicados. La vestimenta es muy diferente a la de los jóvenes de otros grupos. Adoran lo español. Uno lleva su corte de pelo como Enrique Iglesias. Nos dicen que si tenemos algún CD de él o de Sakira. Sacan sus móviles y se hacen fotos conmigo.
Hablo mucho tiempo con uno de los estudiantes, Basel Shhada. Tiene un cuidado bigote y el pelo engominado; lleva camiseta pegada y vaqueros.  Aquí resultaría extraña esa combinación. Es encantador. Tiene una mirada tierna y apasionada a la vez. Me enseña pinturas hechas por él que lleva en el móvil. Son obras figurativas con influencia del mundo del cómic y algún cuadro abstracto. Cuando se va me da su correo y me pide, con una mirada seductora, que no le olvide.
Son muy cariñosos. Impresionante la afectividad beduina.

 

Tras la conferencia de la tarde, —nosotros aprovechamos para ver los talleres del centro, donde vemos trabajar a escultores y pintores— vamos al hotel del grupo y, de nuevo, se organiza una fiesta en la que bailamos. Cenamos frente a Rifat, Mustafá, y otros dos pintores que nos hacen dibujos en las servilletas. Uno de ellos es palestino, fue a vivir a Siria de muy niño, cuando le destruyeron su casa con todos los documentos. No sabe su fecha exacta de nacimiento. Es un hombre de movimientos elegantes con mucho talento artístico. Hace dibujos en el mantel y se lo regala a Rifaat. Los camareros lo ven y no protestan, bailan.
 Mustafá dice cosas hermosas como que “la mirada cambia el lenguaje”, piensa que mi viaje a Siria afectará a mis escritos. Lleva el ritmo de la música tradicional con los dedos como si se tratara de música clásica. Su hermano, Hammud, viene a sacarme a bailar de vez en cuando y consigue que baile como no sabía que era capaz. Pero me produce ansiedad perderme las interesantes conversaciones con su hermano.

Green light on a building
Amadeo Olmos

 Hammud nos regala un cuadro suyo de unas casas en el desierto. Quedamos en visitarle al día siguiente en su casa.

  15-5-08

            Vamos a ver al joyero para que me libere de los pendientes. Los manipula con sus tenacillas y dice que me los había cerrado para que no se pudieran abrir. Alucino  ante las ideas de este hombre que instala pendientes permanentes. Se me antojan una metáfora del matrimonio: pueden ser los más bellos pendientes del mundo, pero... ¡para toda la vida!
Compramos una pulsera para Bahaa, la mujer de Rifaat. 
Rashah y su familia quieren vernos para darme un chal que me han comprado de regalo de cumpleaños. Hoy es el de Teim. Le compramos un juguete. En la tienda hay un rosario ámbar y dorado que Rifaat nos regala a nosotros.

Cart
Amadeo Olmos

Llegamos a casa de Rashah. Tienen puesto un té, esta vez en el centro del patio. Nos sentamos y, por la espalda, la mujer y el niño me colocan el chal en los hombros. Lo han perfumado. Damos el regalo al niño y nos despedimos con la incertidumbre de si alguna vez volveremos a vernos.
De camino entramos en la consulta de un dentista amigo de Rifaat. Su ayudante nos pasa a un cuarto con una decoración abigarrada. Hay colecciones de todo: pintura, objetos tradicionales, telas, fotos... Nos ofrece un café en una única taza para todos. Me acerco la taza a los labios y la rozo lo mínimo, apenas bebo, preguntándome si la habrán lavado después de usarla los clientes de la mañana. Sale el dentista con una bata blanquísima y parece no tener prisa, incluso quiere acompañarnos, a pesar de haber gente en la sala de espera. Nos despedimos.
Se ha hecho hora de ir al hotel a recoger las maletas. No hay tiempo de visitar a los hermanos Solimán. ¡Cuánto lo siento!
Nos dirigimos hacia Misiaf, el pueblo de Rifaat, en una furgoneta con un maletero pequeño. Las maletas asoman por detrás de nuestras cabezas amenazándonos con golpearnos ante cualquier frenazo imprevisto. También vienen Anwar y otros dos artistas del grupo a quienes encaja la ruta. Todo el camino es desierto. Viajamos en silencio. Recuerdo los días en Raqqah, la amabilidad de la gente. Me asalta el deseo de vivir algún tiempo allí. Pienso en Mustafá, en Basel Shhada; en la capacidad de seducción de esos beduinos. Comprendo a Lady Jane, la heroína romántica que abandonó Gran Bretaña y se quedó a vivir en Siria con el jeque beduino que guiaba su viaje por Oriente. Me vienen a la mente las palabras que confió a un viajero occidental hablándole de la pasión de los ojos de su beduino, brillando fosfóricos en la noche como dos luciérnagas.Me imagino escribiendo una novela sobre la vida de esa mujer.

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Amadeo Olmos

Me agrada la visión del desierto, es relajante. El vehículo está decorado con postales turísticas de Siria y otros recortes, entre ellos uno de Sakira. Desde la ventana vemos pastores nómadas, construcciones típicas de allí, algún pozo de petróleo, pero prácticamente todo el tiempo la arena, tan igual y distinta, tan cambiante su minúscula vegetación.   
Llegamos a un punto en el que Rifaat y nosotros nos separamos del resto  para coger otro vehículo, pues ellos van a Damasco y ya no coincide el camino. 
            Nos recoge el taxista de Misiaf. Paramos en Hamah para ver alguna de las norias del valle del Orontes. Allí hay mucha vegetación. Hama se disputa con Damasco y Alepo el honor de ser la ciudad más antigua habitada del mundo. La parada es rápida.
            En el camino nos detenemos en uno de los hornos que hay en el campo, donde hacen pan. Y llegamos a Misiaf, donde nos espera una rica comida que ha preparado Bahaa. Le damos la pulsera. Intenta ponérsela. Es pequeña, no coge la mano. Ella insiste y lo intenta con más fuerza. Le aconsejamos que no lo haga, que ese joyero parece estar destinado a vender piezas que, una vez puestas, son para siempre. Nos dicen que no nos preocupemos, se puede cambiar.
Allí está su nieta que también se llama Bahaa, pero todos llaman Biba. Es muy cariñosa. Está contenta de nuestra visita.
           

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Amadeo Olmos

La casa tiene mucha luz. Está rodeada por un jardín y pensada para poder reunirse un amplio grupo de personas. Le pedimos a Rifaat que nos recite algún poema. Elige algunos preciosos, que da gusto escuchar en su voz, con sus pausas y sus gestos. Recita despacio y mueve expresivamente las manos, con una sonrisa en los labios y los ojos, salvo en los momentos muy dramáticos, cuando  denuncia la crueldad,  y su gesto se torna triste o fiero.
            Cenamos en casa con tres (de los quince) hermanos de Bahaa. Les gusta conversar. Pasan mucho tiempo comentando las obras del catálogo y el cuadro de Amadeo que tiene Rifaat.  Nasan, vive en el piso de abajo; le gusta dar la vuelta a los cuadros y verles en distintas posiciones, descubriendo formas ocultas a la mirada en su posición natural. Es un hombre corpulento, que habla fuerte. Es muy singular, tiene una actitud auténtica ante las cosas. Dice siempre lo que piensa, de una forma poética, como si declamase.
           

 16 –5-08

Amadeo, con las pinturas escolares de Biba, le hace un dibujo de una montaña de Segovia. Ella dibuja un paisaje y se lo regala a él. Uno de los hermanos de Bahaa viene a buscarnos con su coche. Nos llevan a conocer la tumba del Viejo de la Montaña y el refugio de su misteriosa secta chiíta de los Asasiyyun.
Desde el coche vemos una montaña que esconde dentro un castillo. La vegetación y el depósito de arenas fue cubriendo la fortaleza deshabitada que permanece fosilizada en su interior.

rocks

Amadeo Olmos

Visitamos un importante templo fenicio cuyo nombre popular es La fortaleza de Solimán. Es de tales dimensiones que parece haber albergado gigantes. El vigilante dice que es del 300 a. c. De no ser por sucesivos terremotos permanecería intacto, dado el tamaño de los sillares. Rifaat nos lo enseña mientras recoge plantas comestibles que ve entre las ruinas.
Amadeo me hace una foto colocada sobre una piedra, donde se ven las hendiduras en las que el guardián colocaba los pies y la vara. Pongo la pose de ser uno de ellos. Me divierte, aunque, acto seguido, me recorre un escalofrío al imaginar los sacrificios de animales y  humanos que hacían los fenicios para aplacar la furia de los dioses. Regalos de sangre para esos dioses que representaban las fuerzas naturales: el del trueno y la lluvia, el del agua y los mares, el de las cosechas o el de la luna y la fecundidad. Me figuro la vida en el templo, ahora en ruinas. Me vienen imágenes de sirvientes, panaderos, barberos, escribas, prostitutas sagradas, sacerdotes vestidos de blanco: cumpliendo sus funciones de atender el altar, hacer libaciones o degollar a las víctimas... Una imaginaria mancha roja sobre ese blanco vuelve a revolverme; la espanto con otra imagen del sumo sacerdote vestido de púrpura con su tiara de oro.
El templo  configura un rectángulo. Dentro de él hay otro templo romano  El templo de Zeus. Está ubicado en el centro y el resto del espacio lo ocupan algunos capiteles, basas y otros restos caídos, muchas flores (por ser primavera) y algunos árboles; parece un jardín. Hay unos potros con los que juega la niña. En el exterior también hay elementos constructivos del templo por el suelo. Los capiteles están decorados con motivos florales.
Subimos a una pequeña elevación, para verlo desde todos los ángulos. Al bajar resbalo y caigo sin hacerme daño, pero decoro mi glúteo derecho con tres grandes círculos violetas, bien compuestos según los criterios del arte abstracto.

more rocks
Amadeo Olmos

Nos dirigimos hacia el castillo de Misiaf. De camino acaricio la carita de Biba y ella insiste en que no pare. Se tumba en mi regazo y la siento una niña muy querida, a quien conociera desde el momento mismo en que nació. No me puedo creer que sólo lleve con ella un día. Tiene unos preciosos ojos negros con largas pestañas. Está peinada con dos trenzas, recogidas con unas gomas decoradas con un corazón azul.
Llegamos al castillo. Hace un fortísimo viento. Procuramos no soltar a Biba, porque en la altura del edificio el potente aire es peligroso. A veces parece incluso que vaya a poder con nosotros. Rifaat nos comenta que es frecuente ese intenso viento allí.

Needle building
Amadeo Olmos

Desde la parte más alta vemos la ciudad, los restos de la casa de Saladino y unos altos tejados; desde donde el viento tiró a un hombre, a quien salvó su larga chilaba ejerciendo de paracaídas.
La fortaleza es misteriosa, laberíntica, con espacios muy diferentes; entran luces por los vanos que dan al lugar un aire místico y espiritual. Está muy bien conservada. Los orígenes datan del S.VIII. Quedan rastros griegos, romanos y bizantinos. En el 1500 se convirtió en la residencia del emir local. En este momento el edificio es esencialmente iIslámico. 
            De regreso a casa, unos amigos de Rifaat nos invitan a tomar un té en la suya. Se entra por un patio. Está allí alojado estos días un periodista, es el hijo de un amigo, un famoso novelista que vive en Alepo. El salón de la casa es estrecho, pero agradable, pues todo un lateral está acristalado y se ve el patio. Como es costumbre por allí, dan vueltas al azúcar de todos los vasos con una única cuchara. Fotografiamos algunos objetos tradicionales, cafeteras del estilo de la que Amadeo pintó en Raqqah.
            Nos vamos a comer a casa de Rifaat. Allí la comida siempre es deliciosa. Todos cocinan: Rifaat, Bahaa y sus hermanos. Todos de maravilla, con colores atractivos y sabores perfumados con especias.
            Nasan nos invita a una especie de fiesta que ha organizado con familiares y amigos. Bailamos y cantamos. Al regresar a casa, Biba habla por teléfono con su madre que vive en Madrid donde trabaja y estudia. Esas conversaciones telefónicas diarias son balones de oxígeno para las dos.
Cenamos las plantas recogidas del campo: hojas de terevinto, cardo estelado,... Tras conversar nos acostamos con la sensación de estar en nuestra casa.

17-5-08

Madrugamos para salir hacia Damasco. Nos despedimos de Bahaa y de la niña. Bahaa es una mujer hermosa (no me extraña que Rifaat tenga su rostro en el salvapantallas del ordenador), tiene una mirada inteligente y bondadosa. Nos da pena despedirnos. La niña se queda triste.
Nos lleva un taxista de Misiaf. Hacemos una parada en Maaloula, pueblo donde todavía se habla arameo, la lengua de Jesucristo. Visitamos  San Jorge y Santa Tekla. En el pueblo conviven musulmanes y cristianos con absoluta normalidad.
Junto al convento de Santa Tekla hay un estrecho desfiladero. Cuenta la tradición que el terreno se abrió, para que la santa, hija de unos príncipes seléucidas y alumna de San Pablo,  pudiera escapar cuando fue acorralada por los paganos. La realidad geológica es que allí debió existir, en tiempos remotos, un gran río que limó las rocas de esa manera tan bella.

village
Amadeo Olmos

Continuamos la ruta y, ya más cerca de Damasco, vemos grandes carteles publicitarios de telefonía móvil de estética occidental. Me imagino el país dentro de unos años, cada vez más parecido a occidente. Me alegro de estar allí en este momento. 
Llegamos a Damasco. Atravesamos en coche la ciudad para llevar el equipaje a casa de Anwar, vive en las afueras. En el recorrido pienso en las palabras de Mark Twain: Damasco no mide el tiempo por días, meses y años, sino por los imperios que ha visto nacer y desmoronarse.
 Pasamos junto al monumento de Saladino sobre los derrotados cruzados. El monumento me recuerda que los cruzados no lograron conquistar la ciudad y que Saladino llegó a ser admirado incluso por su enemigo, Ricardo Corazón de León.
Más tarde pasamos junto a la estación del Orient Express. Se asoma a mi mente el detective Hércules Poirot, solucionando el crimen cometido a bordo de este tren en la novela de Ágata Christie.
Anwar sale a recibirnos y se empeña en coger él las maletas. Entramos en la casa. Su salón está amueblado con grandes sofás, pensado para confortables encuentros de amigos. Conocemos a su hija. Ha estudiado artes escénicas. Habla muy bien inglés. A Anwuar le detuvieron cuando ella acababa de nacer. Vemos el despacho de la mujer que es abogada y, en el tiempo libre, trabaja para ampliar los derechos de las mujeres.
Con el té nos sacan unos tiernos pepinos frescos para tomar a mordiscos. Agradezco los tentempiés vegetales.
            Cogemos un taxi con Rifaat y nos dirigimos al centro de la ciudad.
            Visitamos el zoco Al Hamadiyya. ¡Impresionante! Se me agudizan los sentidos estimulados por la variedad de sensaciones: los aromas del tabaco de las pipas de agua, de las especias, de los jabones, de los perfumes fabricados a la carta; las texturas de las telas, de los cueros; puestos de ropa tradicional junto a otros de exótica lencería, orfebres, zapateros...

doll shop
Amadeo Olmos

 
La calle desemboca en un gran arco con dos columnas estilo corintio y un fragmento de dintel, antiguo templo de Júpiter. Después de atravesar el arco llegamos a la Mezquita de los Omeyas, modelo de tantos arquitectos posteriores. Para poder entrar me hacen poner un hábito con capucha. Es incómodo, casi me tapa los ojos. Procuro llevarlo en el punto justo en que me deje ver bien y no se caiga. Hasta mediados del S. XIX estaba prohibido el acceso a los no musulmanes. Hubo tiempos en que había pena de muerte para el cristiano que profanase con sus pies la mezquita. El primer europeo en entrar fue Domingo Badía- Ali Bey, disfrazado de príncipe abbasí. Pienso en la bella novela de Ramón Mayrata, inspirada en este personaje.
Uno de los alminares es de estilo egipcio. Otro se llama Alminar de la novia. Otro, el más alto, es conocido como La torre de Jesús . Rifaat nos cuenta una leyenda islámica en la que se dice que Jesús descenderá del Cielo por este alminar antes del juicio final, para luchar con el Anticristo.
Al entrar me deslumbra la luminosidad. La luz refleja sobre el pavimento de mármol blanco de un gran patio. Está rodeado por una columnata con estilos de varios periodos.
En el  patio está la cúpula de las abluciones , para los rituales que preceden a la oración. Varios hombres lavan sus pies. Al lado hay unos grandes candelabros. También hay un pequeño pabellón donde se guardaban los bienes de la comunidad. Esta revestido por mosaicos de fondo dorado y rematado por una cúpula. En el lado opuesto hay otro pabellón, la cúpula del reloj. Pero la sensación principal del patio, a pesar de estos elementos y a pesar de estar lleno de gente, es de un gran vacío, un agradable espacio de luz, donde caminar descalza me recuerda la sensación de estar de vacaciones en alguna playa. El ambiente es festivo y relajado. Familias con niños van allí a pasar el día. Los niños corren y juegan, la mayoría de las personas descansan, otros leen o conversan. Hay bastantes turistas.
Entramos a la sala de oraciones. Allí hay más silencio, pero también hay gente descansando. Son tres largas naves paralelas. En el centro del transepto hay una cúpula. Y, entre dos naves, la tumba de San Juan Bautista que, con el nombre de Yahia,  es también venerado por los musulmanes. Los espacios son de medidas perfectas. Está decorado con alfombras y lámparas. Es agradable pasear descalzos por ese lugar tan armonioso. No puedo dejar de pensar que sería más agradable sin ese hábito, con el que parezco un personaje de la guerra de las galaxias. Molesta, da calor. Quizá lo que más me incomoda es la imposición por sexo.
Contiguo a la mezquita está el mausoleo de Saladino, que dominó desde el norte de Irak hasta Libia. Volvemos a descalzarnos, para poder entrar. Una lámpara de plata cuelga del techo, con los monogramas del Kaiser y el sultán. El monumento está hecho en mármol blanco, aunque el original es de madera con algunos diseños florales. Una inscripción dice: Dios, sed satisfecho con esta alma y ábrele las puertas del Paraíso, la última conquista que él deseó.
Salimos a pasear por otra parte del zoco. Los aromas y colores de las especias me evocan Las mil y una noches.
Pasamos delante de unos hammams. La puerta está abierta y se ve gente con toallas que han salido ya del baño, el ambiente es agradable.
Entramos en algunos jans. Eran lugares para almacenar mercancía y hospedar a los viajeros comerciantes. A uno de ellos accedemos por una diminuta puerta, que se abre dentro de otra puerta. Las principales se cerraban al caer la noche y un guardián custodiaba la pequeña por donde se podía entrar o salir, pero difícilmente sacar mercancías robadas.  Acaban de abrir la pequeña obertura, por la visita de un príncipe, y aprovechamos para entrar. El príncipe lleva un precioso traje árabe blanco. Este jan está decorado con franjas de mármol y alabastro. En el centro hay una fuente bajo una cúpula inexistente. No porque haya desaparecido, sino porque lo construyeron así, para recoger en el agua de la fuente el reflejo del firmamento.
Encontramos un sitio para comer. Es un bufet para turistas. Allí no sirven alcohol, por estar cerca de la mezquita. Están mezclados los adornos musulmanes y cristianos. Aprovechamos para probar pizcas de variedad de platos. Me encanta la habilidad con la que utilizan el pan para tomar la comida con las manos. Lo mejor del sitio son los postres. Degustamos los típicos y diminutos pasteles árabes de pistachos y miel.

street
Amadeo Olmos

Paseamos por calles con techumbres vegetales que tamizan la luz y proporcionan una agradable sensación. Comprendo la fama de Damasco como oasis en el desierto y también que la tradición musulmana sitúe el jardín del Edén allí.
En una calle cercana a éstas visitamos la tienda de un amigo de Rifaat, Mahmoud Shahin, escritor y artista. Es palestino con una historia también a sus espaldas. Nos ofrece un té. Limpia los vasos aprovechando el vapor que suelta el agua de la tetera, después los frota meticulosamente con papel. Le compramos un dibujo: dos mujeres de color negro y dorado con cabeza de animal sobre un fondo amarillo verdoso. Nos regala otro donde dice que pone mi nombre en árabe y en latín. De nuevo la palabra María.
Frente a su tienda hay otra de un zapatero sordo mudo, de calzado hecho a mano por él. Me antojo de unas bonitas sandalias romanas que me regala Rifaat. Hace calor. Refrescan mis pies.
Viene a nuestro encuentro Mada, que ha hecho un descanso en sus estudios, para poder pasar un rato con nosotros. Vive lejos, venir le supone no poder apenas dormir, para prepararse el examen. No cesa de emocionarme la hospitalidad de la gente.  
Paseamos por el barrio cristiano de Bab Tuma. Recorremos una calle llena de pequeñas tiendas de antigüedades y llegamos a la capilla de San Ananás, lugar donde vivía este discípulo de Jesús y donde bautizó a San Pablo, tras recuperarle la vista imponiéndole las manos.
Continuamos callejeando. Recorremos otro zoco. Todas esas calles de infinitas tiendas me hacen imaginar el trasiego comercial de siglos pasados. De  Damasco partía una de las caravanas más importantes hacia La Meca. Llegaban peregrinos de Asia  Central, Irán, la India, Anatolia... Intercambiaban productos al partir y al llegar. Damasco está viviendo una rápida transformación . Muchas calles están en obras y los comerciantes ven llenarse de polvo sus productos con total resignación. También yo me resigno a que se llenen de polvo mis pies y mis relucientes sandalias. Las reformas anuncian una ciudad cada vez más cuidada.

spices
Amadeo Olmos

       Mada se despide de nosotros. Nos da unas pastas árabes, para que se las llevemos a su hermana Mai a Madrid.
Nos dirigimos a casa de Anwar, donde han preparado una cena con amigos para acompañarnos hasta la hora de irnos. Cenamos en el patio: la familia de Anwar, Mahmoud shahin y un amigo suyo, Rifaat, su otra hija, Maha, (filóloga inglesa) y su marido Osama (traductor).
El patio está decorado con una cascada artificial y tiestos. La mesa está llena de comida y, cada cierto tiempo, traen más.
A Amadeo le traducen su nombre al árabe y, en broma, le llaman Abdulá. A Rifaat le llaman Abuseidum, nombre de un antiguo poeta.
Mouna, la mujer de Anwar, tiene en el rostro la belleza que proporciona la bondad. Ha preparado una cena exquisita con la ayuda de Yara, su hija, cuya simpatía es enorme. Ésta también me pregunta sobre los hijos, pero en este caso para decirme que, aunque allí no tenerlos no está bien visto, a ella le parece muy bien. 
 Anwar saca una minúscula agenda y la sostiene en sus manos con solemnidad. Era su agenda de antes de entrar en prisión. La que la policía buscó sin encontrar. Una agenda normal y corriente, como la de cualquiera, donde aparecen los nombres de los amigos y conocidos con sus teléfonos. Si la hubiesen encontrado, todos ellos habrían sido investigados, por unos jueces para los que tener pensamientos propios es un delito. Entre los nombres aparece el de Rifaat. Su mujer supo esconderla bien y ahora la miraban como quien se despierta de una pesadilla. Rashah y él habían dicho la otra noche que no les importaba recordar el tiempo de la cárcel, porque con los años sólo quedaban las anécdotas. Pero en esos recuerdos hay más que anécdotas, la huella de un momento de la vida en que les separaron de sus seres queridos y les quitaron la libertad. Todo un ejemplo ver cómo esos hombres han sabido transformar la herida en humanidad y sabiduría. Nos han acogido de tal modo, con tanta ternura, que parecen haber llegado a la conclusión de que el cariño al prójimo es lo único que importa. Tomo nota.

Nighttime
Amadeo Olmos

Entro un rato a la casa, para descansar en el sofá. Anwar y su mujer vienen con almohadones y una manta. En ese momento creo haber descifrado sus ojos, el dolor pasado que escondían, la paz y alegría del presente... y además, su mirada ahora, tras compartir estos días, está cargada de amistad. Como la mía.
En unos minutos me repongo y vuelvo a la conversación del patio. Comienza a hacer frío. Me pongo el chal que me regalaron Rasha y su familia y bebo mate para entrar en calor. Ponen la hierba en unos vasitos, añaden agua hirviendo y colocan una pajita de metal dorado que permite tomar sólo el líquido.
A las dos de la mañana nos recoge un chófer, para llevarnos al aeropuerto. Nos despedimos con la sensación de dejar en Siria no sólo dos cuadros para un museo, sino, sobre todo, buenos amigos.

  18-5-2008

            En el viaje de vuelta veo el recorrido del avión sobre un mapa que aparece en unas pantallitas. Siria y España parecen mirarse frente a frente, cada una a un extremo del Mediterráneo. Me imagino gota de agua a la que, cada cierto tiempo, las mareas arrastran de un lado a otro de este mar.

Green
Amadeo Olmos

           Pienso en el místico Ibn Arabi como otro de los hilos que une a Siria con España. Nació en Murcia en 1165 y murió en Damasco en 1240. No tuvimos tiempo de visitar la mezquita que se levantó en su honor en el lugar donde murió. Recuerdo sus palabras: El amor es mi religión y mi fe.                                            
            He conseguido dormir un poco. Veo el amanecer desde el avión. Miro las fotos en la cámara y ojeo la guía de viaje que no había querido abrir. Cuando voy al cine también me detengo en los fotogramas a la salida,  para revivir. Leo una historia en la que el protagonista visita a un amigo beduino. Al principio se siente ofendido porque su amigo finge no reconocerle. Más tarde comprende que lo ha hecho para poder comportarse según la tradición beduina y recibirle con la máxima hospitalidad. Así reciben a los desconocidos, colmándoles de atenciones. Pienso en cómo me recibieron a mí y deseo contagiarme de esas costumbres, copiar su forma de acoger, ser hospitalaria    siempre.  

            Llegamos a Madrid. Llevamos las pastas a Mai. Vive en la casa de un amigo suyo, Vicente. Es un lugar luminoso y agradable, decorado con obras de arte, sobre todo africano. Le enseñamos las fotos de su hija y se le humedecen los ojos. Mai es igual de guapa y simpática que sus hermanas. El afecto por la niña nos une con ella de inmediato. Cuenta los días que le quedan para poder verla. Viajará a Siria en Julio.
           Nos invitan a un té y charlamos. Contamos la anécdota del crítico de arte psicoanalista. Seguidamente le pregunto a Vicente por su profesión y resulta ser psicoanalista. La casualidad nos divierte. Es un amante del arte. Incluso tiene ensayos y conferencias sobre el tema. Hablando, descubrimos que tenemos amigos y conocidos comunes. La conexión es evidente. Todos queremos volver a vernos. Quedan en visitarnos a Segovia.
          Siria sigue emitiendo ondas de amistad.
          Al llegar a casa y deshacer las maletas aparecen mis pendientes. Amadeo expresa lo bien que combinan con el dorado esos colores complementarios. Lejos de molestarme su visión plástica de la vida, le respondo que sí, que también me recordarán la intensidad ocre del desierto. Le miro en silencio, agradecida por el regalo de ese viaje y por el regalo de los pendientes. Pienso que los engarzaré en una cadena y me los pondré en el cuello. Pero nunca los abrocharé a mis orejas.

Diciembre 2009 nº 9

eladelantadodeindiana@gmail.com