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Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, espacios plegables y ríos escondidos.

Sobre un tipo cualquiera que en época de crisis se convirtió en nube
Ramón Mayrata

Noni Lazaga: Nube
Noni Lazaga
Acontecimiento espacial.en acción

1

Se mudó a aquella casa para observar a las nubes. Tal vez no era consciente del todo de que perseguía una quimera. Pero le parecía que llevaba demasiado tiempo en medio del caos provocado en la vida colectiva por la conjunción de los medios de comunicación y las prácticas políticas al servicio de la codicia, cuya destreza económica resultaba devastadora. Pensaba que observando las nubes consideraría con distancia los problemas cotidianos. Además había oído decir que era más saludable contemplar las nubes que atiborrarse de ansiolíticos. Y le parecía razonable.

Sentía una gran voluptuosidad al registrar el paso del tiempo en la transformación incesante de las formas. Su hacerse y deshacerse descartaba cualquier posesión y restituía la sensación de participar sencilla y llanamente del universo del que formaba parte, sin intentar apropiarse de el. Parecía el bálsamo adecuado para quien se sentía acosado. Pero se trataba de un bálsamo, no de un estupefaciente. Las vicisitudes del mundo exterior seguían sucediéndose aunque aparentemente no llegaban hasta aquel lugar apartado.


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2

La crisis se reveló sutilmente. Cada mañana, al abrir las contraventanas veía al niño mauritano cruzar los caminos de tierra, solo entre los grajos. En aquella ocasión la bandada de grajos se posó en el alambre de la cerca. Amanecía: Luz sobre la luz en la llanura. Los grajos se enredaban en la diversidad de matices rosados y lilas de la nieve: lomo de pez salmón, cereza, amaranto. El niño ya no estaba. El niño mauritano había sido la primera de las víctimas de la crisis en el pequeño pueblo en el que vivía. Víctima  invisible. Sencillamente desapareció y con él su estela de polvo. Desde hacía años, su tribu había llegado a un acuerdo para cuidar el rebaño de ovejas y cabras de un vecino. Quedaba esa luz pura que emana de la ausencia. Hambre y miedo repercutían en otro continente.


3

Entre las nubes y la llanura dilatada, se instaló el silencio. Había descubierto que no es posible la evasión. La crisis llegaba a las nubes  que, cargadas de lluvia, se empeñaban en otorgar forma a la ansiedad y a las noticias alarmantes. Kafka escribió: No es necesario que salgas de casa. Quédate junto a tu mesa y escucha. No escuches siquiera, espera.  Ni siquiera esperes, quédate en absoluto silencio y soledad. El mundo se te ofrecerá para que lo desenmascares, no puede evitarlo: extasiado se contoneará ante ti. El caos venía a posarse como los grajos en el alambre de la cerca. Es curioso: Kafka es un apellido checo (Kavka) cuya traducción española, sería  «grajo».


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Dos imágenes se fundieron en una sola: El deshielo acelerado de las regiones polares y el hundimiento económico global. No se trataba de una metáfora. Crujía el hielo en regiones casi inaccesibles. Grandes bloques se  desmoronaban en el ártico, en Groenlandia, en la Antártida. La economía reventaba con movimientos igualmente telúricos.


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Poco después, solo la utilización  masiva de dinero público logró contener el pánico. Pero ¿quién se hallaba en posición de tomar decisiones a largo plazo? ¿Era posible recuperar el crecimiento enfrentandose simultáneamente al cambio climático y sus consecuencias? Se aventuraban algunos hipotéticos remedios: El coche eléctrico, la agricultura responsable, la energía solar, el ahorro energético ¿podrían ser el germen de un crecimiento suficiente? La cuestión así  planteada le evocaba otra pregunta: ¿Con ayuda de la música y de la danza se puede domesticar a las bestias feroces?  


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5

Cuando vino a la casa de la meseta pensaba que contemplando las nubes consideraría con distancia los problemas cotidianos. Pero ahora le sobresaltaba tanto el silencio como el ruido del teléfono. Acababa de escuchar las últimas noticias.  La corresponsal en Washington había enumerado los desafíos que tenía que enfrentar Obama:  el cataclismo del sistema financiero, el colapso de la economía, la carestía de las viviendas, las disfuncionalidades de las ciudades, la ausencia de una política social, la inseguridad general, la vulnerabilidad creciente, la falta de credibilidad internacional, el descrédito de los políticos. Por su parte había empezado a preocuparse por su situación financiera. Decidió ir a  Madrid.

 Al abrir la puerta de la calle, el cielo del atardecer atravesaba una especie de trance. Frente a la parada de autobús, las sombras afiladas de los cipreses del cementerio del pequeño pueblo donde vivía, contendían contra las embestidas del sol que se inflamaba entre las nubes. La antena de telefonía móvil se elevaba sobre la multitud de cruces. A medida que el autobús se alejaba alguien comentó: Seguro que la compañía no ha dado sus teléfonos móviles de baja. ¿A lo mejor es eso lo que llaman resurrección? Sería sorprendente que pudiera producirse con una simple llamada.


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Clouds
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Tomó el tren de alta velocidad en una llanura cubierta por completo de nieve. El tipo que estaba sentado a su lado le dijo: Me gustaría hablar con él. Es un asunto de máxima urgencia. Apestaba a whisky, pero había muchas personas que sin haber bebido ni una gota de alcohol estaban persuadidas de que Obama iba a arreglar las cosas. Después de tantos miles de años resulta difícil para los seres humanos dejar de adorar el sol y de asociar los hechos con cualidades mágicas. Veinte minutos después estaba en Madrid. Una ciudad también es una ilusión inagotable. Un laberinto de reflejos ilimitados en los que acababa abismándose la ciudad y también uno mismo.


7

Echó a andar sabiendo que cambiaba el horizonte de la meseta por un juego de espejos. Herméticas fachadas de cristal reflejaban imágenes que estaban en otro lugar.  El ojo se acostumbra a atrapar edificios inexistentes, que un segundo después se disipan como pensamientos desechados. No sabía dónde aparcar la palabra realidad. Sólo una palabra. Sólo una posibilidad entre mil. El mundo estaba fuera de él, lejos de él y la velocidad a la que cambiaba le impedía fijar su  atención en cosa alguna por mucho tiempo.


Window
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Tenía que ver a su asesor bursátil. Si se encontrara con él por la calle le costaría reconocerle. En la única ocasión que le visitó  en su despacho salió con la sensación de haber puesto un pie en el paraíso. No le volvió a ver. La relación fue a través del teléfono. Nada de magia, sólo buenas noticias. Las acciones siempre subieron hasta que su pista se perdió más allá de las estrellas. Mientras se dirigía al despacho el flash-back empezó a precisarse. Recordó detalles que había olvidado. Su apellido, por ejemplo. Cuando hablaban le llamaba por su nombre, Emilio. El hombre al que había confiado su dinero se apellidaba Presa. Había memorizado El Capital de Carlos Marx entero, pero al revés. Otoircsunam le epmunrretni es iuqa. Saireuqsep ed serodeesop y sanim ed serodeesop. Y proseguía recitando: satsilapac sol a omoc sorerbo sol a albodsed laicos ojabart al noisivid y así hasta el principio, para quien quisiera oirle. En el  tiempo de la entrevista hasta su risa parecía tener sentido. ¿Ninguno de sus clientes nos dimos cuenta de que era un psicópata? A él,  y suponía que también les sucedía a otros, le desconcertaba escuchar su voz desgarrada y chulesca, declamando la jerga: Por un mundo-tobogán el capital al revés, las palabras patas arriba o patas abajo,  según se mire, como billetes que vuelan, y al final… ¡Zarrapasplán! Pero entonces vivíamos los buenos tiempos. Expresar reticencias o disconformidad significaba desperdiciar una oportunidad de enriquecerse. ¿A quién interesaba desenmascarar a Presa?

En aquella primera reunión Presa cogíó el dinero, calló unos breves segundos para beber un trago y pronunció en voz alta el nombre de una empresa desconocida, con la naturalidad de quien llama a un taxi. Es una prometedora inversión, aseguró. Después se marchó salmodiando la versión retroactiva de El capital -  seralugnis  esnoicisopmoc sus ed aidem al -  y  dejándole con la cara de un niño que contempla las huellas de un oso. Noiccudorp al ed omar ese ne labolg laipac led noicisopmoc al ad son. Pensaba que era extraño. ¿Una buena inversión el mundo al revés?  ¡Y claro que era extraño! Pero acabó convenciéndose de que era mejor no pensar, porque puntualmente recibíó cada trimestre varios cientos de euros que rendían las  acciones en aquella compañía de la que jamás habías oído hablar, no sabía dónde operaba, ni siquiera a qué se dedicaba.


8

Las diez plantas del edificio financiero Presa estaban vacías. Salvo la antesala del despacho de Presa. Había varias personas que no conocía. Todas estaban muy afectadas. ¿Clientes o delincuentes? Era complicado saberlo. Muchos de ellos andaban metidos en la gestión electrónica de los traspasos de acciones. En su entorno las actividades económicas productivas eran un residuo sentimental.  Por otra parte se habían acostumbrado a repetir los argumentos difundidos por los medios. Empleaban el lenguaje de los lugares comunes para evitar decir cualquier cosa inconveniente. ¿Quién podía saber lo que pensaban realmente? Por falta de uso, tal vez habían olvidado las palabras apropiadas para formular sus pensamientos.


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 Se abrió una puerta al fondo y alguien entró con decisión. Se agolparon a su alrededor. No era Presa.  Aunque no podía verla reconoció el olor del perfume de la secretaria de Presa. Generalmente cuando hablában por teléfono la secretaria intercalaba en la conversación ráfagas sobre nuevos modistos, peluquerías, artistas y restaurantes.  Cuando se refería a un innovador producto financiero dejaba escapar un adjetivo y permanecía en silencio un buen rato. Ahora que la veía actuar en vivo, se dio cuenta de que cada vez que decía una palabra que le parecía importante detenía la mirada en un punto preciso, siguiendo la trayectoria de los labios, como si la palabra permaneciera suspendida en el aire y la luz incidiera sobre ella. Indico en negrita las palabras que a la secretaria debían parecerle trascendentales pues desencadenaron una pausa expectante.  - ¿Señales de alarma? ¡Señores, ustedes saben que no admitíamos a cualquiera! ¿Cómo se hubieran sentido si les hubiésemos excluido? Sólo algún despechado ponía en duda la bonanza. ¿No fue un golpe de fortuna que aceptáramos ocuparnos de su dinero? Ahí están los informes de las grandes auditoras. Se ha llegado a decir que existía una conspiración silenciosa en el mundo de las finanzas. ¡Por favor!  Hubiéramos tomado medidas inmediatamente. ¿Por qué se empeñan en retirar sus fondos? Sólo les pido una cosa: conserven la confianza que tuvieron para encomendarnos su dinero.

A pesar de la tensión, logró hacerse oír. En el fondo le unía a sus clientes un mismo respeto y temor supersticioso por el dinero y una fe infantil en quien parecía poseer el secreto de multiplicarlo. Todavía confiaban en la habilidad de su jefe  para arreglarlo. 

En cuanto puedo hizo un aparte con ella. Le preguntó donde estaba Presa. La secretaria le miró como una joven viuda cuya herencia se hubiera evaporado de golpe. Desapareció en la habitación de al lado y al cabo de un rato volvíó a apreciar con toda intensidad el olor de su perfume. Traía un sobre.

Insistíó: quería saber qué había pasado con Presa.

Apuntó en el sobre la dirección de un hospital.


9

La segunda y última vez que vió a Presa, estaba tendido en una cama  del Clínico.  Eran   las tres de la tarde. Un golpe de viento empujó la puerta del balcón y la nieve irrumpió en la habitación. Los copos revolotearon hasta alcanzar la cabecera del lecho.  Recordó un poema japonés:


Para el que parte,
Para el que se queda:
Dos inviernos.


Una espesa nube pasó por la ventana y la habitación se vio privada de luz exterior. La mano exangüe desplomada sobre el control remoto mantenía por inercia el canal  financiero.  Las imágenes se sucedían dejando una estela de  desplomes y ruina que se fundían con la imagen real del hombre muerto y la sombra de la nube que pasa.  


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Recibió una llamada. Le pareció una voz de mujer, pero podía ser  hombre. Escuchó al otro lado: ¿Qué diablos estás haciendo? De manera que él también estaba siendo observado.

La voz tenía toda la razón. No tenía nada que hacer allí. Bajó en el ascensor asediado por sus propios gestos, reflejados sin dueño en las paredes de espejo. Atravesó la recepción convencido de que no importaba que un par de ojos siguieran cada uno de sus movimientos. Había dejado de nevar. Echó a andar pensando en la fortuna, en la ruina, en los errores, en la muerte de Presa. Recordó el aparato de televisión encendido en la habitación del hospital, sin que nadie lo viera. ¿Y si lo hubiesen matado? Tras la nevada un azul terco se había apoderado del cielo. Echó de menos a las nubes. Le vino a la cabeza un verso de Borges:   No habrá una sola cosa que sea una nube. Todo es dudoso. ¿Y si no se hubiese arruinado? Se detuvo en un parque y examinó el sobre que contenía sus acciones. Una niña apartó la bufanda de la boca para sacarle la lengua. La mayoría de las acciones pertenecía a una empresa de transportes. Tardó una hora de metro en llegar al polígono donde estaba situado su domicilio social. Y tardó otros tres cuartos de hora en localizar una nave con el tejado de uralita y los cristales rotos, que cobijaba en su exterior veintiocho placas con el nombre de otras tantas empresas. Empujó la puerta. Entre las grietas del suelo asomaban algunas plantas. Dentro no había más que una bicicleta


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Durante años las  acciones de Corriente circular S.A.  le habían dado muy buenos rendimientos. Ahora la bicicleta tenía las dos ruedas pinchadas y tuvo que regresar caminando hasta la estación de metro.  A pesar de ello no tenía sensación de apoyar los pies sobre la tierra. Como mucho había logrado comprender un 0,00001 por mil de lo que sucedía en el mundo. Subió al vagón  persuadido de que pronto cambiaría la expresión de los rostros con los que se cruzaba. ¿Recelo, terror,  inocencia, piedad, culpa, miseria, desengaño, tristeza, odio? 


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La línea de metro llevaba directamente a la estación de alta velocidad. ¿Cuál fue la razón de que se esfumara la opulencia, derrochada en cosas innecesarias, sin que se resolviera ni uno sólo de los problemas que afectan a la mayor parte de la población del planeta?  A partir de ahora mucha gente se pasaría la vida rebuscando entre neuronas convertidas en chatarra el por qué. ¿Cómo nos sentiríamos si lo averigüaramos?


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Regresó a la casa de la meseta. Todo lo que había sucedido resultaba enormemente extraño. También las nubes eran extrañas. ¿Extrañas proyecciones del caos de sus pensamientos? ¿Mienten las nubes, simbolos de duda y apariencia? O por el contrario  Los espíritus de la cordura –como escribiera Shakespeare – se ciernen en las nubes y se ríen de nosotros.

Volvió a acechar su vagabundeo desde la ventana del escritorio.  A veces  se interponía en el cristal el reflejo de su rostro. Entonces, donde hacía un instante flotaba una nube, reconocía su barba casi blanca. Él era la nube.


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Diciembre 2009 nº 9

eladelantadodeindiana@gmail.com