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Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, espacios plegables y ríos escondidos.

ROTA

Luis Javier Moreno

Noni Lazaga
Noni Lazaga:
Dibujo de un mundo plegable. 01. 2008

Para Silvia Barbero y Felipe Benítez Reyes


1

Antes de que otra sombra me suplante
en el silencio azul de los abismos,
desearía enumerar las veces
en las que el movimiento de las aguas
y la infinita gama de sus frunces
se avino al movimiento de mis versos,
cuando fue necesario financiar su desorden.


En el silencio azul del mar (de los abismos)
nunca hay final,
aunque bajo las brumas que lo cubren
alguna vez blanqueen las espumas del sueño,
de aquellos sueños que asumía el aire
entre las piruetas de su ritmo...
Hacía mucho ya que pasó el tiempo
en que desembocaban nuestros años
descendiendo
en un barco sin velas hasta el agua del Golfo.


Si estos versos que a ti te escribo, Rota,
(te escribí entonces y ahora te repito
desde la divergencia y mi recuerdo,
de lo que fuiste y lo que llegarías
a ser en el vagar de mi sustancia),
estos versos te digo, tuviesen estos versos
la forma del Atlántico que marca
el Golfo por tu Punta,
harían pie en el sueño, quemarían
los argumentos de los tatuajes
sobre el olor caliente de la plata
y serían sus voces atendidas...
Mas en cuanto el poema se termine
(hacia el blanco calor del mes de agosto)
bajará la marea por la esquina de Rota
y me llevará el día mar adentro,
desde el frescor temprano de las playas,
a donde todo es violento y grande...
Podré, por extensión de la bahía,
medir mi soledad en hectáreas cuadradas.


blue boat
2

Quisiera hablarte, Rota,
de este tiempo preciso, este minuto
en el que veo descender despacio
los milímetros rojos de una nube...
No acudir al desván de mi memoria
a repetir de ti lo que ya dije.
He tomado conciencia de mis obligaciones
y quiero para ti un discurso nuevo:
oír mi voz, acariciar tus luces
contigo, comprendiéndonos
al margen de los signos exactos de los mapas,
para que también sepas, como yo lo he sabido,
que jamás esta vida deja (¡nunca!)
de consquistar la muerte: esa victoria
ratificada siempre
por el frío cliché de mi neurosis
con el alivio cómplice (obligado)
de los correspondientes sicotrópicos:
esas finas hileras de píldoras que tomo,
elegantes, pequeñas, de colores
que modifican el batir constante
de la turbia marea de mi mente
cuando la luz se desentiende de ella.


A la sombra amarilla de mi lámpara eléctrica,
yo seguiré buscando mis palabras perdidas,
próximas a la espina que en mi lengua
clava mi voz bajo conceptos vagos...
¡Mi calendario gris de días brumosos!
Acabo de tomarme tres pastillas distintas
e interpongo en el campo de visión de tus límites
la observación pausada de mi cama
mi gabán beige tendido sobre ella
y los pobres objetos de mi alcoba.


rth
3

En la medida soledad del golfo,
un disparo en el agua confirma la arrogancia
de tus últimos dueños (¡Rota...!),
de sus albas pulidas, más pulidas
que un esqueleto blanco de ave blanca...
Sin duda se aproximan días duros
en que naturaleza y arte pugnen
más...
Más sobre el lienzo en que comienza el día,
como si sobre el mar no descansara
la espesa densidad de la madera.


... Recibo esta mañana una postal de Roma,
sobre la que no es vida ya el paisaje
y tras la que hay escrito (¿de Catulo?)
algo que se parece a una elegía:
"¿Qué son mis labios solitarios, Lesbia
quemados por el soplo de la nada?
¿Serán mi carne huyendo de mi carne?
¿Besos que bajan de mi cráneo al sueño
para erguirse en las venas de la aurora
y corromper mi corazón con rosas...?"
¡Arte y naturaleza,
cruzando de uno a otro (pasadizos),
donde intercambian trajes y países
sobre mapas arcanos del idioma
en el abecedario de la ruina!


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4

Es invierno; envejecen
las flores en las flores...
Quisiera, Rota, hablarte con palabras
que te consuelen del padecimiento
de ser el trueque de mi servidumbre:
muestros encuentros no son algo oculto
(hasta un cierto momento,
ya nos hemos contado nuestras vidas)...
Yo era un recién llegado aquí, un extraño
no empadronado nunca en ningún sitio,
con el viento tirando de mi puerta,
llevándome a la orilla de mi cuerpo...
Y no alcanzaré nunca
esas explicaciones que me aclaren
qué es lo que tengo yo contra mí mismo
sentado en una silla, como un viejo
cuya sangre circula demasiado despacio.


Los diccionarios, sé, son letra usada,
tienen la misma edad que los lamentos
y quizá necesites tú otro modo...
Canto de florecida belladona
en el que más allá de cualquier forma
tiemblen aún otros cantos:
las palabras no escritas que aparecen
detrás de las escritas, hurtadas al demonio
por un oscuro pacto en tinta negra.


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5

Oigo el sonido de mis propias voces
en el cuarto de atrás de mi cerebro,
en donde no querría que me vieses caído
esperando a que lleguen mis paisajes,
mi horizonte sin suerte, a rescatarme
de ese espacio sin sitio en que las leyes
de la gravitación se neutralizan.


Quisiera resistir y describirte,
también hablarte de lo que me ocurre
en mis destartaladas estructuras...
Estas y otras deliberaciones
propalan, congelado, mi delirio,
mientras el humo arrastra por las tejas
su lomo gris insomne, intoxicado
por la cremación tierna de las flores.
En el terror antiguo de las costas,
viento hay sólo donde antes hubo pájaros
y oscura oscuridad donde hubo peces.
¡A la poesía de naturaleza
cómo la ha superado la guía de teléfonos...!
¿Tienes tú, mar, que ver con estas cosas?
Ya has visto mi periódico y mis cartas,
las animosas cartas de animosos amigos,
donde vivo mi vida cotidiana
y mi leyenda antigua y melancólica...
Por ellas sé que tengo aún un espacio
para ocupar una segunda vida.
Sólo soy un poeta adicto a sus maestros
y no puedo explicarte esta noche mi rostro
ni mis nudillos indecisos pueden
dar en las nuevas tablas de tu puerta
contra la alta pared que cerca el mundo.

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6

Cargado voy de bosques extirpados
y de torres heridas y ciudades deshechas...
¿Decoran el vacío mis preguntas?
Nuestro pasado ahora son cuarteles
para el invierno de otros capitanes.


Antes de que estremezca a los hibiscos,
sabes tú, Rota, ya que el viento te ama.
El viento...
En el ansia prestada de las viejas visiones.
el viento empuja hasta la mar el polvo
de las sombras azules de mi espanto.
No hay terrón que no fuera (rosa) curva
de muerte en el rompiente de las olas.


... Se imitan las columnas del imperio
y las murallas de sus ciudadelas;
muy poco los austeros, neoclásicos
días de Jorge Washington,
de los bosques de Maine, de la armonía
de las viejas nevadas de los padres difuntos...
Nadie ha clasificado los olvidos.


Tontamente palpita el pensamiento
en risas anteriores a su vida
que libera en arcadas insalubres conceptos
y le deja vacíos estómago y cabeza...
¿No existe un Cicerón en los navíos
que nos ponga un remiendo
de Tácito escarlata contra las obsesiones?
¿Quién reclama legiones en Cidaria?
... Demasiada chatarra para aquello que somos.
Si hay que darle un color a estas dolencias
(en el margen más hosco de las cosas)
debe ser amarillo:
el tono que devuelve confianza al verano.

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7

No es la misma ignominia la que afecta a los sitios
que uno jamás ha amado,
como esta de hoy que ofusca al nácar lento
que ostenta la bahía...
Nadie ha clasificado mis recuerdos,
ni mi albedrío, ni la dignidad humana...
El Golfo, la bahía... De Rota a Gibraltar...
Decídete y escríbelo, al bies del horizonte,
bajo el seno profundo de las tibias mareas
en donde tanta claridad se torna
cebo de tiburón, guarida triste.

En el golfo seguro de los mapas
dicen nosotros y se trata de ellos...
No entendieron la lumbre ni mi carne,
ni el salitre que horada el seno de la piedra,
tampoco el tono de las escayolas
(pintadas) de la fruta de mi infancia,
cuando el tiempo es más lento
que el lento corazón de la tristeza
cuya mirada, desde aquel frutero,
troceaba el invierno en campos blancos.

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8

No tengo libertad...
Apenas soy un nombre y unas ropas
oliéndo el aire frío, deteniéndome,
husmeando visibles intereses
sobre las tristes ruinas de Cidaria
que conmigo se pierden en la sombra...
Al susurro del viento de levante,
las leyendas del mar, perpetran sus traiciones
a las siete más grises de su invierno.


Todo son huellas sobre nieve fósil,
donde el silencio es una mancha lila
que no reclama de ningún ladrido.
Tras la cañada blanca de las quillas,
bajo el aire, cristal, de los inviernos,
sé (lo he escrito) que eres, mar, inhumano,
tu música y la mía desacordan:
bocas que no se encuentran con el fruto
de los nogales ni de las higueras
ni con el peso inmóvil del olivo
o del florido blanco del almendro...

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9

Gota a gota he quebrado tu silencio
enfrentando a mi alma con tus olas
desde los mismos sitios en que duermen tus pájaros,
cansado de sus alas... Yodo suave,
caricias y codicias, fanático señor
de las rosas de Rota... Rosa, Rota...
Acogedora Rota sin naufragios,
que en mis tardes de Rota, junto al agua,
a la sombra naval de los veleros,
veía, entre tu espuma desalojar (bajando)
por olas graves a las hurtas hembra,
entre el fermento hervido de la envidia
y el sudor amarillo de la pólvora.


El lento deslizar de la corriente
adormece mi ánimo. Recuerdo
cuando aprendí a leer...
Sólo me impresionaban los miedos intuidos,
los encabezamientos, las ideas
con las que comenzaba cada época,
todo lo permanente de su pérdida...


Sé que eran miserables (más tarde lo sabría)
nuestras enciclopedias infantiles,
pero incluso sabiéndolo (más tarde),
seguían pareciéndome muy cursis las princesas
de Rubén, los lagartos de Lorca
y amarillos y enfermos los campos de Machado;
tísicos, metafísicos y oscuros los de Bécquer,
estúpidas las patrias imperiales...
¿Debo ahora arrepentirme
de menosprecio hacia los grandes nombres?
Desmontando el recuerdo de ese bosque brumoso,
quizá me lo parezcan todavía...


Entre tus aguas, mar, todo se ahoga...
¡Qué madurez de tu talento móvil!
Pese a mi antipatía manifiesta,
te reconozco en las literaturas...
Tú si sabes ponerla a prueba y cómo:
corroes con tu húmedo salitre
sus máquinas precisas de escribir inspiradas,
tan perfeccionadoras del estilo...
Tu marea amenaza bibliotecas,
el entusiasmo de los profesores,
el amargo amarillo de los críticos...
Medidas en hexámetros sus heces
flotan rimadas por tu superficie


Deseo que tus vientos limpios, Rota,
borren de la memoria, mi memoria,
el rastro verde del laurel, el triunfo
simbolizado por sus hojas tersas...
Que se pierda en el humo y lo vomite el cielo:
pacientes, frías, cenizas... El abono
para cultivo de árboles más verdes.
Sed aires bienvenidos.

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De vez en cuando caigo en mí viniendo
del horizonte en donde el mar parece
el espejo rosado de la aurora...
Conocer el pasado a veces puede
costarnos el futuro, por eso (¡con que furia!)
nuestras abuelas han barrido todos
los desperdicios (¡todos!)
del siglo diecinueve al siglo veinte...


Me sucede contigo que te he mirado tanto,
mar...
¡Mar tantos meses, desde mi ventana,
ver como blanqueabas la hierba con tu espuma
por todas las colinas del oeste
acuchilladas por la luz de un faro!
Eras lo único real que yo veía
y la desorientada noche tuya
era la porción única de espacio
que coincidía con mi desconcierto...
Necesité creer en tus leyendas,
mar, aquí, en este sitio
donde todo se sabe, donde hoy veo
(son las tres de la tarde, Viernes Santo)
desvanecerse blandos tus emblemas
sobre las ecuaciones de la duda
en las que Galileo palpó el brillo
del lucero del alba refulgente...
Un muerto mío ante ti, mar, descansa
y ocupa su conciencia un sillón de respeto.

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11

El mar se ocupa de sí mismo sólo,
él es el soñador y él es su sueño;
todo en él es mortal, sobrepasando
la frontera fatal de la demencia.
Cría corales,
perlas entre la baba de las ostras,
Hércules (otro loco), emporios, Tarsis,
barcos que regresaban con tesoros
y sus anclas fundidas, sus cadenas
en la plata más blanca de las hazañas míticas
de recobrada carne y ebria espuma...
Son leyendas del mar, del mar de Cádiz:
leyendas que para unos son sagas de venganza
y para otros rutinas puntillosas
sobre el orden silvestre que rige entre las flores...


Insistir demasiado es perder sensatez.
Los fantasmas también tienen su estilo
y tu nombre está escrito: Rota, Rota,
junto a los de los montes de la Biblia
donde ocurrieron hechos sorprendentes
exhalando los rosas su fragancia más dulce...


La tarde se oscurece, ha llegado el momento
de dar la vuelta contra las paredes
a mis fotografías enmarcadas
para no escuchar más conversaciones
referidas a mí, siempre, las de ellos,
las mismas sobre mí desde hace años...
Por los síntomas,
no me repondré ya de mis dolencias:
rodeado de vida no soy vida,
mi ánimo adormecido, sin imágenes,
ha iniciado un capricho de descensos,
como cuando uno trata de reinventar la infancia
sin ser capaz y sin poder librarse
de ciertas amistades perniciosas.


Luz serena mis ojos han perdido
y debieran arder como farolas
en un oscuro atardecer de invierno...
Traen el pasado (barren las abuelas)
para mezclarlo con el humo turbio
de esta década última (final) del siglo veinte
del que sabemos tantas crueldades
(incluidos los cómplices silencios)
que no podemos casi ni enunciarlas.


Vacío de mi nombre, adelanto la hora,
la de la orilla, la del calendario...
¿Si han hecho su trabajo, para qué retenerlas?
¡He recordado tanto aquellas tardes,
muy próximo el ocaso, en que los pájaros
(¿tordos, grajos, jilgueros?) daban giros precisos
sobre los días de mi juventud!
No sé si fueron reales... Me confundo...
Las alas de los pájaros trazaban
sobre el aire mojado una escritura
que nadie, yo tampoco, comprendía...
Turba mis referencias el rumor de las olas.
Es el desorden quien demuestra el orden,
trofeo del amor en playas de ceniza.

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¿A qué lugar de mi locura llevas
este cuerpo de mar: leyenda sin presente?
He vivido este sitio sin haberlo entendido...
De aquí a Roma partieron célebres bailarinas,
desde el muelle fenicio, donde el mármol
que entonces era blanco es hoy blancura...
Gibraltar, mar de Cádiz... ¡Qué lugares los tuyos!
¡Esos de Salomón (señor antiguo)
que requirió de Tarsis
metales y maderas para el plan de su templo!


Mis sentimientos blancos, giran blancos
alrededor del traje de la calma...
La cuestión sigue siendo, como siempre,
un problema de legalidades.
No se obtiene progreso en la renuncia
a mástiles, a emblemas, picaportes
de claras porcelanas que calman a los locos...
Tratados de otras épocas sobre el viento del hielo
que salen de la página sin lector que los lea.
Ya sentenció Gracián,
de perspicaz ingenio e insigne jesuita:
"Tienen muy fea el alma los ingleses..."
Y se entretiene luego con sentencias
en consonancia con el enunciado,
contando cómo fueron
(y cómo se esperaba hubiesen sido)
esas negras hazañas de los hijos de Albión
y de sus descendientes...
Entre el sol y su techo ya no hay aves:
el agua está a sus cifras sometida
como lo está el reló a su peor hora.

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Nuestra historia es solemne, noble, trágica... Cómica,
aunque tenga su tiempo más de un dedo de polvo
en sus voces de sombra de palabras.
 
Selladas siguen muchas de sus puertas,
la preside un reloj de piedra dura
donde todas las horas se confunden
y los sueños del mundo se corrompen.


... Los alambiques hacen peores cosas
o parecidas cosas;
las hacen las palomas (nos cubren de inmundicia
en su intemperie) reinas de barlovento...
Las leyendas del mar pierden sustancia,
aunque giren al ritmo de los astros,
lo hacen fuera del tiempo...
Aquellas noches no libraron nunca
en palabras su enigma.

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Antes de que le diesen al mar nombre,
se habían diluido sus hazañas:
estaban solas a la luz de un cuento
frente a espejos que nunca las reflejan...
Todo el gris de la lluvia
aligera mis párpados de plomo,
para que en esta noche los somníferos,
mis muecas a la hierba de las dunas,
no prolonguen las telas de mi lecho
ni me llenen la alcoba de sombras duplicadas.
... Es por la sedación. Son mis pastillas:
desde aquellos descensos en mis venas
hablo y escribo en diferentes modos
dos maneras al menos (las "sombras duplicadas..."),
una que me sitúa en el pasado
y otra, clarividente, que me muestra
la medida y el peso de mis voces,
su nulo porvenir... Son mis pastillas,
esmeraldas pequeñas que gobiernan
desde su blanco estuche mi discordia,
el orgullo apagado de mis folios,
secos papeles con los que hacer flores
para los mausoleos del Parnaso.


Vino la lluvia, se apoyó en mi vida
por la punta de Rota, abrió mis puertas
de cara a su aire libre, me miraba
y yo le agradecía eso invisible
que nunca está en el canto ni los libros
ni acerca su cintura a los recuerdos:
última eternidad del horizonte,
imagen mía de Rota hacia otra página
del poema que escribo acerca del poema
del aroma de Rota.
Llegó después el mar, lavó mis nombres,
mis dos trajes que puse yo a secar,
colgados del respaldo de una silla...


¡Cuántos años pasé en aquella alcoba,
bajo el seno lechoso de las nubes!
Se cambiaban de sitio los muebles de ese cuarto
y empezaba a escribir cuanto ya he escrito
como revelaciones momentáneas
de mi soledad propia, folio a folio...
Estaba demasiado preocupado
por la confusión pública de mis divagaciones
y el fondo oscuro de mis extravíos.
De mi vida pasaba hacia otras vidas,
el clima era un fracaso, yo soy la prueba de ello.

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Vengo, Rota, hasta ti de noche y me da pena
que, entre las flores blancas que ahora empiezan a abrirse,
malgastes tus suspiros en mi lástima,
mientras yo me pregunto a mí sobre mí mismo...
¡Mi vida se ha movido en tantas direcciones!
¿Soy el tiempo que fui? ¿Soy sus lugares?
Rápidamente escribo todo esto
antes de que el instante de mi letra
se esfume en el vapor-plata del litio.


... Sólo el blanco tremendo de tu espuma
tiene importancia, Atlántico,
Atlántico que sufres el contorno
de los que hacemos por correspondencia
inútiles estudios y vivimos pendientes
del espacio, la edad y sus señales.


Sé bien, antes de ahora, la página concreta
en la que escribí: Rota... Mi mirada final.
Señalo ahora ese libro donde reconstruía
nuestros dos universos, dos de cada:
el que se puede ver y el que está oculto
entre las obsesiones de la nieve
por la misericordia de las aguas
y ante la faz postrada del hibisco,
al que en Rota aún humillan
las estelas cruzadas de los barcos de guerra
y el pedazo inhumano del corazón del hombre.

Diciembre 2009 nº 9

eladelantadodeindiana@gmail.com