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Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, espacios plegables y ríos escondidos.

Asesinos y prostitutas

M. A. Otero
Noni Lazaga

Noni Lazaga
24. Dibujo de un mundo pegable.02. 2008

Mi padre es muy egoísta, cambia de canal cuando le apetece y no pregunta si mi madre o mi hermano o yo queremos ver otra cosa. Cambia y punto. Como si estuviera solo en el salón.

No le gusta que me ponga minifalda.

–Papá, es mi trabajo –le digo. Ponerme minifalda y sonreír a todo el mundo como si el universo fuera maravilloso es lo único que tengo que hacer durante 5 horas al día. O repartir algún folleto entre los visitantes. Se supone que soy azafata de congresos, así que debo ser forzosamente tonta.

Sé que soy guapa, me pregunto qué diría papá si supiera que tengo novio. Probablemente se sentiría desolado. Quizá guardara silencio, o quizá empezara a recriminarme todo tipo de cosas estúpidas. Que soy muy joven, por ejemplo. Mamá sí lo sabe, aunque todavía no conoce a Daniel. Ella sólo me dice: sé prudente, Selena, y yo sé a qué se refiere y me gustaría decirle que no debe preocuparse por nada, pero cuando lo intento no me salen las palabras. Mamá es muy débil, ha estado muy enferma, y no habla mucho con nadie, así que yo le aprieto la mano con toda la confianza que puedo esperando que ese gesto sea suficiente para que esfumen las preocupaciones.

Creo que Dani y yo no vamos a durar mucho como pareja y aunque no puedo adivinar quién dejará a quién, de una cosa sí estoy segura: sea quién sea el que inicie la ruptura, ese día yo lo pasaré fatal. Presiento que estaré una semana entera llorando.

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Daniel me considera vulgar; y supongo que lo soy. Pero también sé que, de alguna manera, le parezco... no sé, ¿irresistible? Creo que es por mi trasero, le vuelve loco. Mi culo le vuelve loco, así de sencillo. Lo siento. El muy idiota se avergüenza cuando salimos a dar una vuelta y yo todavía llevo puesto el uniforme de azafata por la calle, pero cuando nos quedamos a solas no despega las manos de mis nalgas. A veces su manera de meterme mano me resulta un poco, en fin, repelente. ¿De dónde habrá sacado la idea de que puede apetecerme que intenten masturbarme en el ascensor de mi casa?, Dios mío, ¿son todos así?, ¿así de memos? Una vez le di una bofetada. Se quedó en blanco mirándome atónito al borde de las lágrimas. Yo me lleve las manos a la boca aún más asombrada. Creo que nunca antes había abofeteado así a nadie, ni siquiera a mi hermano pequeño.

–Perdona, Dani. Por favor, Dani, lo siento.

Le había dado muy fuerte, fuerte de verdad y casi se me saltaban a mí las lágrimas mientras cubría de besos la carita de bobo que se le había quedado al pobre de la pena que me daba.

–Dani, lo siento. Di algo, cielo.

–No pasa nada, de verdad. Hacía muchos años que no me daban una bofetada. Es casi gracioso, ¿no?

 Lo curioso es que ahora ni siquiera recuerdo que es lo que pasó o qué clase de tontería de las suyas intentó hacerme. Quizá lo que me enervó es que estuviera tarareando una de esas estúpidas cancioncillas que siempre tiene en la boca. Daniel piensa en la música a todas horas, tiene un grupo con otros amigos al que cambian de nombre cada mes y hasta han alquilado un local de ensayo a las afueras, un sitio mugriento, por cierto, al que aborrezco que me lleve. Creo que lo que pasó es que Dani trató de tocarme los pechos con los palos de la batería, él siempre lleva los palos de su batería en el bolsillo de atrás de sus vaqueros, y cuando está alegre o fumado va dando golpecitos por ahí a todo lo que pilla.

El viernes pasado fue el cumpleaños de Daniel y me pasé la tarde en la Fnac buscando un videojuego, ese mismo videojuego que ahora anuncian con grandes carteles en el metro. Cuando llegué a su casa estaba en su cuarto haciendo música en el ordenador, uno muy bonito, todo blanco y con una manzanita mordida en el frente que le compró su padre cuando acabó el módulo y que debe ser algo bastante especial.

–Felicidades –le dije mientras sacaba de detrás de mi espalda el paquetito–. Espero no haberme equivocado, a mí todos los juegos me parecen iguales.

–Selena, éste no es un juego más. Es un algo único. Va muy por delante de sus competidores directos.     

–¿Vas a jugar?

–Desde luego. Trae.

–Un beso, ¿no?

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Daniel es así, está en su mundo y a veces hasta se le olvida dar las gracias. Yo, por ahora, le perdono     

–¿Qué se supone que debes hacer?

–Imagino que lo mismo que en la versión anterior: matar a todo el mundo, encontrar el dinero, evitar que te descubran los otros policías.

–¿Entonces dónde está la diferencia?

–En el antiguo los gráficos eran una patata.  Aunque dicen que la banda sonora estaba mejor.

–Vaya.

–Habrá que verlo. Seguramente también habrán complicado un poco más la trama. Mira Selena, ¿ves lo que te decía? Hoy por hoy ningún videojuego tiene una animación tan realista.

–Es muy violento ¿no?

–Si no, no mola. Apalear negros y chicanos se acaba convirtiendo en una especie de adicción.

–Pero es todo, no sé, tan..., tan gratuito.

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–Es sólo un juego, no hace daño a nadie. Además, si te descuidas serán ellos los que te machaquen. No tienen piedad. ¿Me pasas una Coca-Cola, porfa?

Deberíais ver el dormitorio de Daniel, es más grande que el de sus padres, de hecho es la habitación más grande de la casa y está toda cubierta, suelo, paredes y techo, con placas de corcho. Tiene una pequeña nevera que abastece regularmente su madre de cerveza y Coca-Cola. Si su madre se olvida de llenarla, Dani se cabrea.

– ¡Mamá! –grita.

–Pero no hables así a tu madre –le digo.

–Es tonta, joder. Ya se lo dije ayer.

–Pues levántate tú. ¿Es que pierdes la concentración o qué?

         –Jugar a esto no es como limarse las putas uñas, Selena –me dice.

–Vale, vale, ya te la traigo yo. ¿Cuántas cojo?

–Un paquete entero; y trae también algún Biofrutas.

Desde la cocina de su casa se oyen perfectamente los gritos, los golpes que salen de los altavoces de su maquinita. Si no ves lo que está pasando es aún peor, da la impresión de que están haciendo un daño terrible a alguien en la habitación de al lado. La madre de Daniel está leyendo una revista en el salón echada en el sofá, tiene una almohada a la espalda y las piernas en alto. No creo que nadie pueda leer con este ruido. No me saluda.

–Es horrible, ¿no? –le digo desde la cocina.

–Ciérrame la puerta, por favor, Selena –me dice sin mirarme en un tono helado que hace que yo me sienta culpable del estrépito que reina en su casa.

–¿No puedes bajar un poco el volumen? –le digo a Dani al entrar de nuevo en su dormitorio cargada con el paquete de latas. No me hace caso. Cojo una lata y me siento a su lado con las piernas cruzadas a verle jugar; de vez en cuando da un golpecito en la barra espaciadora para detener la acción un segundo y bebe rápido un sorbo de Coca-Cola.  Tengo calor, así que me pongo la lata en las rodillas, entonces siento que el frío me taladra de golpe las medias.

–Ahora vuelvo –le digo.  Me acerco de nuevo a la cocina y cojo una pajita para mi lata de Coca-Cola –ah, realmente me gusta mucho más así– y otra para Dani. La puerta del salón estaba otra vez abierta, así que deduzco que lo que realmente molestaba a su madre era yo.

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Cuando regreso a la habitación, Dani parece estar en un apuro: gesticula dolorosamente y se retuerce con el joystick en las manos ante la pantalla.

–¡Qué hijos de puta!, me han pillado.

–¿Qué pasa?

–Me han acorralado en un callejón sin salida, me he descuidado un minuto y mira.

–Dios mío, no sé cómo te puede gustar jugar esto. Yo ni siquiera puedo mirar.

–Dios, Dios, ¡qué cabrones!, ¿ves?, como para tener piedad de ellos.

–¡Ag! Por favor, Daniel, es horrible. Si llego a saber que esto es así no te lo habría regalado.

         –No te lo tomes así, es sólo un juego, todo falso. Bits y más bits domesticados, podrían convertirse en cualquier cosa. ¿Ves?, otra vez todos vivos.

         –¿Vas a jugar otra partida?

         –Juguemos juntos. Tu haces de puta enganchada a la coca. Huyes de los negros así que estamos en el mismo bando.

         –No, muchas gracias. Si es esto todo lo que vamos a hacer esta tarde, prefiero irme a casa.

         –¿Qué hacemos, entonces?

         –¿Te has fijado, Daniel?, muchos chicos de carne y hueso son iguales que los de este videojuego, son una imitación viva de esos tipos del juego. Todos van disfrazados de asesinos; y las chicas de prostitutas, ¿no lo ves?

         –¿Qué chicos?

         –Pues los colombianos de las bandas, no sé.  Todos los adolescentes en general.

         –Son unos paletos. Los nuevos paletos.

         –Pero parecen tan... peligrosos con esos pañuelos en la cabeza, esos tatuajes. Ahora hasta llevan rosario, madre mía. Los veo en el metro cuando vuelvo de trabajar, te aseguro que dan miedo. A veces van esnifando pegamento si no tienen nada mejor con lo que colocarse. No deben tener más de trece años y ya están repletos de cicatrices.

         –En el fondo, no son peligrosos. Pertenecen a bandas rivales, sólo se acuchillan entre sí.

        

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          –Como en el juego, Dani. Es horrible.

         –Es que el juego imita a la vida. Y la vida es horrible.

         –Puede que sea la vida la que imite al juego. Entonces seríamos nosotros los que la hacemos horrible, ¿lo has pensado?

         –Puede. Oye, ¿qué hacemos?, no tenemos mucho tiempo. Quiero pasarme a última hora por el local.

         –¿Hoy también vais a ensayar?

         –Sólo me quiero pasar, no puedo decirles que no, Selena. Sospecho que me han preparado una especie de fiesta.

         –¿Una fiesta?

         –Eso creo.

         –No voy.

         –¿Por qué?

         –No voy. No me gustan tus amigos, estoy harta de su actitud, de que se crean mejores que el resto de los mortales porque coleccionen montones de absurdas revistas cool y se les llene la boca con el nombre de unos cuantos raperos que no conoce nadie, cuando, en realidad, sólo son unos críos que lo han tenido todo. Todo gratis, cocaína incluida. ¿Quién pago el equipo de sonido?, papá; ¿quién compró la nueva batería?, papá de Marcos; ¿y los amplificadores? ¿y el nuevo Macintosh, o cómo se llame?

         –Eh, alto ahí, el ordenador me lo compré yo.

         –Pero si no tenías dinero ni para la mitad. Sois unos críos y estáis jugando con fuego, además. Sois tan egoístas, tan patéticamente egoístas.

         –Muy bien. Pásame el móvil, voy a llamarles para decirles que no vamos.

         –No,  ve tú. Te han preparado una fiesta con montones de rayas, ¿no?, pues ve.

         –Yo no tomo coca, lo sabes de sobra, sólo cuando me invitan y no puedo negarme. No me gusta, no me hace ningún efecto y no es bueno para la música, así que, por favor, olvídate de eso de una vez.

         –Muy bien. Olvidado. No es asunto mío.

         –Eso es. ¿Sabes lo que me fastidia de ti?, que no te interesa nada de lo que pasa a tu alrededor, nada. Y, como no te interesa nada, no puedes comprender nada. No puedes entender lo que la música significa para nosotros, no tienes ni idea de lo que está pasando a nuestro alrededor en este momento ni de lo importante que es estar ahí. Y como te fastidia no entenderlo, por mucho que te lo expliquen, te enfadas y te aburres.

         –Me aburro porque vosotros, que sois tan listos, no sabéis de qué va la vida. La vida de verdad, no esas tonterías de las que os gusta largar como cotorras: ¿has visto el nuevo Ipod?, ¿has oído lo nuevo de Dizzee Rascal? Lo nuevo, lo nuevo, lo nuevo.

         –Vosotras sí que habláis como cotorras. A todas horas. Nosotros, al menos, hablamos de lo que nos interesa de verdad.

         –¿Y a ti qué es lo que te interesa de verdad?, me gustaría saberlo.

         –La música electrónica, por ejemplo.

         –¿La música electrónica?, ¿en serio?

         –Y más cosas.

         –¿Y yo?

         –Primero la música, luego tú. Ya te lo dije. Ése fue el pacto que tú aceptaste.

         –Yo no acepté ningún pacto. Eres un cretino. ¿Un pacto?, si yo te dejara te pasarías los días llorándome al teléfono y eres tan necio que no te das ni cuenta.  Si yo saliera por esa puerta y no volvieras a verme, eso que tú llamas música no te iba a consolar, te lo aseguro.

         –Escucha Selena, no quiero empezar otra de esas absurdas discusiones que no van a ningún lado. Yo no sabía que ibas a pasarte por aquí con un regalo, ¿vale? Te propongo esto: nos acercamos un momento al local, saludamos, tomamos una cerveza y nos largamos en seguida dónde tú quieras. ¿Qué te parece?

         –No sé.

         –Es razonable, Selena. Sólo van a estar Marcos y Álex. Álex te cae bien, ¿no? Les puedo llevar el juego para que se entretengan. Van a flipar.  Álex está loco por bajarse una copia pirata.

         –De acuerdo.

         –¿Todo arreglado?

         –Un rato nada más.

         –Un rato. Ven, eres preciosa, preciosa, ¿te crees que no me doy cuenta?, habría que estar ciego, Selena.

         –Mentiroso.

         –Verdadoso. Ven.

         –¿Qué prefieres la música o mi culito?

         –Cierra la puerta con pestillo y te lo digo.

 

         Todo el mundo tiene pensamientos sombríos de vez en cuando y yo que, por lo general, suelo ser alegre, a veces pienso en cosas terriblemente tristes. Pienso, por ejemplo, que nuestra relación es un error y que cuando todo termine sólo dejará un poco de desasosiego y un feroz arrepentimiento por el

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tiempo perdido; pienso que nada, excepto el sexo, nos une, que no tenemos nada más en común y que en todo lo demás diferimos radicalmente. Pero sé, de alguna manera, que no debo hacer caso de esas ideas, que son falsas y dañinas, sacadas directamente de alguna revista idiota para adolescentes despiadadas, y que lo que me une a Daniel no es una simple cuestión de curiosidad sexual. El sexo es fácil, puedo obtenerlo con cualquiera; cualquier mujer que tenga un cuerpo mínimamente follable lo sabe. Es una certeza que en algún momento del final de la infancia se instala dentro de nosotras, sabemos que ningún hombre puede resistirse porque casi todos sólo son unas pobres bestias, así que acostarse con uno u otro no tiene mérito, no es interesante en sí mismo; la mayoría de las veces ni siquiera es placentero, porque siempre se empeñan estúpidamente en hacerlo todo ellos hasta que se agotan o se corren. Son las circunstancias las que hacen que un momento determinado sea lo suficientemente mágico o especial para que te apetezca hacerlo con alguien, sólo así merece la pena. Pobre Dani, está convencido de que le soy absolutamente fiel. En su inocencia ni siquiera se plantea que yo pueda haber estado con otros chicos en estos dos años que llevamos juntos, tan solo porque cuando nos conocimos yo era virgen. Me da pena, de verdad. Si supiera que de vez en cuando acepto acudir al hotel donde pasa la noche algún comercial (lo hago porque me apetece ir, porque algunos son guapos, aunque la mayoría me dobla la edad, y no demasiado estúpidos y se sienten solos en una ciudad desconocida, porque les excita que les diga que sólo tengo diecisiete años –aunque tengo diecinueve– y porque sé que esa noche conmigo será lo mejor que les haya pasado en la vida) o que una vez se la chupé a su amigo Álex en un lavabo (aunque, bueno, ese día estábamos todos un poco borrachos y supongo que no cuenta) si supiera eso le destrozaría, le haría pedazos como la hélice de un avión a un pajarillo. Y eso es lo que es Dani para mí, un paja-rito inocente. No es sólo alguien inmaduro, descortés y egoísta, también es inocente, pequeño y vulnerable. Creo que es por eso por lo que seguimos juntos.


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Siento que debo cuidarlo, como si fuera un gatito mugriento que me ha seguido hasta mi casa desde la acera maullando lastimosamente y, aunque todo el mundo sabe que no se puede esperar mucho cariño de un gato, nadie que haya tenido uno en su regazo posee el valor suficiente para enviarlo de nuevo a la calle, donde es casi seguro que le destrozarían los otros gatos. Y a mí me gusta tener a Daniel en mi regazo. A veces siento que debo cuidar a todo el mundo. A papá, a mamá, a mi hermano pequeño. A Dani. Y lo siento porque tengo la impresión de que los hombres que están a mi alrededor siguen siendo niños, niños grandes y tristes y que están, en su mayoría, desesperados; criaturas desvalidas que sin mí se extinguirían. Papá ni siquiera pudo cuidar a mamá cuando estuvo enferma, no tuvo agallas suficientes para enfrentarse a las mezquindades diarias de la enfermedad; se moría por dentro cada vez que tenía que vaciar el orinal, sus ojos no podían soportar la visión de lo que albergaban los intestinos de su mujer y sé muy bien cuántas veces deseó que ella muriera para que todo terminara de una vez. Al final le atrapó una terrible depresión, desatendió el negocio y un socio (su cuñado, o sea mi tío) le timó vergonzosamente; así que tuvimos que cerrar la tienda y yo me vi en la necesidad moral de ponerme a trabajar de vez en cuando. No me importó, lo juro; lo hubiera hecho de todos modos, nunca fui buena estudiante. Creo que los que estudian viven en un mundo de hadas alejado de la realidad y que cuando la urgencia laboral les obliga abandonarlo, no acaban de adaptarse a la crudeza de la vida real y son muy pero que muy desgraciados. Yo cuidé a mamá y la sigo cuidando todo lo que puedo y también, de alguna manera, cuido a papá. Sólo que papá está desahuciado y nadie puede hacer nada ya por él. Me gustaría decirle ¿qué te pasa papá? ¿por qué estás desesperado?


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¿es porque te haces viejo? No eres tan mayor, todavía eres guapo, todavía te sienta la corbata mejor que a nadie, eso bastó para que mamá se enamorase, ¿no? Él se pasa la vida dormitando delante de la tele, horas y horas sin hacer otra cosa. Así morirá, lo sé. Y seré yo quien le encuentre tirado en el suelo del salón, mirando al techo con los ojos ya vacíos y la tele a todo trapo. La tele será su última compañía y ninguno de nosotros podremos hacer nada.

 

         Ayer llegué tarde a casa. Dani y yo habíamos estado caminando por la ciudad, haciendo un poco el bobo por ahí; me había acompañado hasta el portal. Era tarde y me subí a casa enseguida. Después ocurrió algo. Algo raro, no sé. No puedo pensar en otra cosa. Hablé con Dani por teléfono e intenté contárselo pero creo que no pude explicarme bien. Todavía estaba de camino hacia su casa y casi no podíamos entendernos. Él me chilló. Se enfadó y me dijo que yo era una cerda y una loca.

         –Eres una enferma –me dijo.

         –No es eso, Dani. No lo entiendes. Sólo ha sido un pensamiento, algo fugaz, de verdad. Sólo un segundo.

         –¿Un pensamiento?, yo no pienso nunca esa clase de mierdas.

         –Ha sido algo muy perturbador, Dani. Necesitaba compartirlo pero no es el momento. Olvídalo.

         –Lo intentaré, te lo aseguro. Pero no sé si podré.

         –Vale, gracias Dani.  Te quiero.

         –No sé, Selena. Es que es muy raro.

         –Ya lo sé. No debería habértelo dicho.

         –No, supongo que has hecho bien.

         –No, no he hecho bien, pero gracias de todos modos. Buenas noches. No te enfades.

Dejé el móvil en mi mesilla y me metí en la cama. Intenté llorar, lo juro. Pero no es fácil. Probablemente papá seguía durmiendo en el salón. Mamá estaba acostada y Roberto había apagado ya la luz de su cuarto. De repente comprendí que yo era la única persona despierta en toda la casa y me sentí muy sola, sola en medio del silencio, con algo dañino en mi interior, con una de esas certezas que no se pueden compartir, que ni siquiera pueden expresarse con palabras y que, quizá por eso, hacen que sientas que te ahogas.

Creo que es de esa clase de pensamientos de los que están hechos los adultos y por eso su corazón está lleno de silencio. Yo no soporto el silencio, lo odio. Hace que imagine que todos están muertos a mi alrededor. Siempre tengo puesta la radio si no estoy acompañada y cualquier conversación estúpida con quien sea me parece mejor que estar callada. A veces Daniel se queda mudo un minuto o más, mirando a ningún lado y yo no puedo saber en qué está pensando, qué cosa rara está circulando por su sucia cabecita, aunque estoy segura de que es algo triste y algo siniestro, alguna de esas frases terroríficas que repiten monótonamente a lo largo de sus canciones más deprimentes. En esos casos tengo la impresión de que Dani, o papá o mamá, podrían escapar a través de esa fisura de silencio, no sé adónde, lejos de mí. ;

Oí la puerta del salón, papá se había despertado y caminaba medio zombi hacia su dormitorio. Eran casi las dos de la madrugada. Un minuto antes yo había estado con él en el salón. Al subir de la calle había visto la luz del televisor y quise dar las buenas noches a quien quiera que estuviera viendo la tele, que no podía ser otro que papá. No siempre saludo, a veces paso a mi cuarto directamente sin decir a nadie una palabra, pero esta vez abrí la puerta del salón y vi a papá que dormía en el sofá.


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Tenía el mando a distancia medio caído entre las manos. En un canal local ponían escenas pornográficas tan violentas y explícitas como cualquiera pueda ser capaz de imaginar. Debería haberme ido, haber cerrado sigilosamente la puerta del salón como si nunca hubiera existido ese instante. Sin embargo no fue eso lo que hice, no me fui. Me quedé allí con él. Me senté a su lado en el un rincón del sofá. Por supuesto, era extraño que yo estuviera allí y si se hubiera despertado no habríamos sabido qué decirnos. El volumen de la tele estaba muy bajito, apenas se oía el gemido interminable, si de dolor o de placer no sabría decir, de una chica feúcha y delgada mientras dos gorilas musculosos gruñían y hacían todo lo posible por follársela a la vez. Después los dos hombres, casi al mismo tiempo, eyaculaban en su boca. Eso parecía hacer muy feliz a la chica (aunque sospecho que no era semen de verdad) que prodigaba a sus dos bestias primero y luego a la cámara, miradas torpes de ternura y de inocencia. Supongo que toda esa porquería tenía su lado conmovedor, no sé. Pensé que yo podría hacer todo lo que hacía esa chica. Todo eso era un juego idiota nada más, no tenía importancia. Esa joven ni siquiera era guapa, parecía una vulgar muchacha de barrio, demasiado delgada, o demasiado joven todavía, para ser sexy y se veía a la legua que no estaba disfrutando: a pesar de la crudeza, todos fingían. El goce no es así. Pensé que yo podría estar en su lugar. Supe que podría comportarme así con cualquiera. Con cualquiera. Incluso con papá si él de repente se despertara y eso pudiera servir para curarle de la tristeza, para que todo comenzara mágicamente a ir mejor. Eso es lo que pensé sin darme cuenta de que era algo enfermizo. Imaginé que el simple hecho de bajarle la cremallera a papá y hacer con él lo que él ve cada noche en la maldita televisión, podría cambiarlo todo.

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No digo que deseara hacer algo semejante, sino que para mí no sería algo distinto, no sé, a cortarle el pelo como hago a veces, por ejemplo. Puede que no me gustara, pero sé que podría hacerlo. Y eso es lo más importante que uno debe saber en la vida, ¿no? Saber de lo que eres capaz, saber hasta dónde puedes llegar. Supongo que eso es ser adulto. Fue un pensamiento involuntario, lo juro, una equivocación. Quizá estaba cansada y algún cable de mi estúpida cabeza se cruzó. O quizá es que las cosas van mal para todos. Eso es algo que siento a veces, siento que nadie es feliz, que todo, no sé cuando, se ha estropeado, que nuestra vida se ha llenado de basura. Y me acuerdo de cuando papá me daba vueltas en el aire como un molinillo en la azotea o me ponía boca abajo a unos centímetros de aquel suelo rojo de amianto hasta que mis coletas lo rozaban. Todo se volvía del revés. Yo tenía cuatro o cinco años.

–¿Qué vas a ser de mayor? –me decía–, ¿enfermera?
         –Seré peluquera –decía yo. Creo que entonces le abrazaba.

Diciembre 2009 nº 9

eladelantadodeindiana@gmail.com