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Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, espacios plegables y ríos escondidos.

La señora de X

Julián María Otero

Noni Lazaga
Noni Lazaga:
Acontecimiento espacial 13

Precedido por Julián María Otero: no hay estética sin ética
por
Francisco Otero

 Julián Mª  Otero alcanzó la más alta cota estética en su visión de Segovia con una prosa hecha a tórculo, en la que la torre de la catedral es chopo dorado o  mástil del violonchelo del viento. En su vida existió una profunda antinomia entre suelo y cielo: torre esbelta y aguda, espiga, mástil, lanza, palma, mística lanza… mientras el agua de la fuente llora una dolorida letanía de imploraciones, y las campanas cantan una tristeza de despedida. Estas fueron las semillas de su porvenir sentimental.
Su espíritu inconformista y rebelde, su actitud de “ censor implacable de todas las cosas” como le definió Torreagero,  le erigieron como maestro y orientador de la generación siguiente, la de María Zambrano, Ignacio Carral, Mariano Grau, Marqueríe…
El siguiente texto de Ortega y Gasset, escrito en 1916, define y retrata su personalidad: “Hay seguramente unas decenas  de jóvenes españoles que, hundidos en el oscuro fondo de la existencia provinciana, viven en perpetua y tácita irritación contra la atmósfera circundante. Me parece verlos en el rincón de un casino, silenciosos, agria la mirada, hostil el gesto, recogidos sobre  sí mismos como pequeños tigres que aguardan el momento para el magnífico salto predatorio y vengativo. Aquel rincón y aquel diván de peluche raído son como un peñasco de soledad donde esperan mejores tiempos estos náufragos de la monotonía, el achabacanamiento, la abyección y la oquedad de la vida española. No lejos, juegan su tresillo, hacen su menuda política, tejen sus mínimos negocios las fuerzas vivas de la localidad, los hombres constituyentes de este ominoso instante nacional”.
Otero fue amigo y compañero de empresas literarias de Antonio Machado, Blas Zambrano, Mariano Quintanilla y M. Álvarez Cerón, unidos todos por la práctica de las virtudes cívicas.
El 13 de noviembre fue elegido miembro de la Universidad Popular Segoviana y en septiembre de 1928 renuncia a su cargo, pues “me considero absolutamente incompatible, en cualquier obra, con D. Rufino Cano de Rueda y D. Segundo Gila.”
La vocación literaria de Otero se manifestó muy pronto, a los 17 años publicó su primer artículo en el diario El Defensor.
En 1915 publicó Itinerario sentimental de la ciudad de Segovia, dueño ya de una prosa trabajada  con perfección de orfebre. El resto de su obra, publicada en revistas y periódicos la recogí y edité con el título de Bajo el chopo dorado, en 1990.
La señora de X fue publicado en la revista manantial, dirigida por Otero junto a Marceliano Álvarez Cerón, en el  número VI de septiembre – octubre de 1928.
La señora de X  es una estampa que refleja el dualismo entre la realidad y deseo en el que se debate la sensibilidad de Otero, que trata de profundizar y desentrañar la personalidad y la relación de dos seres frustrados por la rutina de la mezquina vida provinciana.
El protagonista, cerebral y sensitivo al tiempo, inseguro e incapaz para tomar una determinación, se refugia en su imaginación para trazar proyectos ambiguos que le abocan a su autoderrota.

La señora de X

Julián María Otero

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Al señor Equis no le conocía. A la señora de Equis, sí, la conocía. De la señora de Equis eran unos ojos con brillos de acero-negros, de lejos; de cerca, grises, verdosos, azulados --y una boca admirable-- y admirablemente pintada --que con frecuencia encontraba por las calles. Sabía que eran de la señora de Equis porque un día, al cruzarse con los labios y los ojos aquellos preguntó al amigo con quien iba él:
--¿Quién es esa señora?
--La mujer del pobre Equis.
--¿Y quién es el pobre Equis?
--El marido de esa señora: Un ingeniero.

***

Siguió sin saber más del señor Equis. Siguió encontrándose bastantes veces, en las calles, a la señora de Equis, sola o con alguna amiga. Y supo de ella algo más, lo que estaba a la vista: Se fijó en que era un poco pequeña; cursilita. Pero graciosa, agradable, atrayente. Pchs: una de tantas mujeres agradables como se ven en todas partes. Fue precisando: Los ojos -- y la mirada -- , la boca -- y la sonrisa -- y una piel fina, transparente, algo melada era lo único --lo único, cinco cosas -- que tenía de particular la señora de Equis, el ingeniero. Casi nada más de particular. Que andaba despacio y blando, con un ritmo largo de líneas llenas y calientes.

***

El era un hombre tímido, con la menor cantidad de conquistador. Incapaz de sostener la mirada de la señora de Equis, cuando se encontraba con ella en la calle. Le gustaba encontrársela por casualidad. Le parecía bonita. Bastante. De un encuentro a otro se le perdía el recuerdo de la señora de Equis.
Cuando la señora de Equis le miraba, al pasar junto a él, se decía: --Qué bonita es ... Cómo se tima esta señora ...

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***

Una noche tuvo que ir a un cine, acompañando a unas parientas viejas que querían ver la película edificante de la temporada. Detrás, en la inmediata fila de butacas, estaba la señora de Equis con otras dos señora y dos caballeros: Dos matrimonios, por los detalles.
Casi no la vio; casi no pudo mirarla -- el espectáculo, las parientas y la timidez no le dejaron -- en todo el rato. Pero la oyó todo el tiempo. Conoció la voz de la señora de Equis. Y oyó todas las tonterías que produjeron y lanzaron, rivalizando, durante dos horas, las tres damas y los caballeros. Ellos eran compañeros de profesión del señor Equis, a juzgar por algunas cosas que decían. Ellas parecían ineducadas en el mismo colegio. Una pobre amiga, entonces ausente, era el paño común de que las tres señoras de los ingenieros cortaron trajes sin medida ni piedad (2):
Las parientas de él estaban escandalizadas. La señora de Equis -- dotada de una voz muy agradable -- parecía estar muy enfadada con la amiga ausente, a la que dedicó varias veces un delicado adjetivo: --Qué asquerosa.
Sin mirarla, vio la boca que ponía la señora de Equis cuando con ella maltrataba a su amiga indefensa. ¡La boca, tan riquísima, de la señora de Equis!
La orquesta del cine tocó una cancioncilla en boga, de la última revista: Una canción de cabaret, un pasodoble populachero y flamenco, a rayas amarillas y encarnadas de percalina. La señora de Equis cantaba algunas frases de la canción, en voz baja, con aquella voz tan bonita, que se hacía más bonita al envolver las notas chabacanas e insulsas de la canción idiota. ¿De qué era la voz de la señora de Equis? Ah, sí: La señora de Equis tenía voz de novia complaciente:
Voz suave y fresca, pero que abrasaría tocándola. Voz de raso: Voz de naranja: voz carnosa, agridulce y anaranjada. Voz de mujer enterada. Tenía la voz como los labios: frescos y encendidos. ¿Se pintaría también la voz? ¡Oh! ... ¡Un trago muy largo de los labios con zumo de la voz! ...
El tenía la boca seca.
Al terminarse el programa, cuando ya estaban de pie para marcharse, la señora de Equis le clavó en los ojos una larga mirada: Ella resistió todo lo que pudo; se la arrancó; y se la devolvió con una suya de arriba a abajo.
Al salir, le sabía la boca a la canción del "heroico legionario". Tuvo que acompañar a las parientas hasta donde vivían.
Antes de irse a su casa bebió una naranjada: Espesa, empalagosa, caliente. ¡Qué asquerosa! Al amanecer, la musiquilla de la canción era de cintas de raso rojas y amarillas: Unas le entraban calientes por los oídos y le salían frías por la boca: Otras, se le metían encendidas por los ojos y le estallaban dentro de la cabeza ... La señora de Equis bailaba en la pantalla con un legionario: El legionario era éL .. Debajo de la almohada estaban los ojos de la señora de Equis y una naranja ... ¿Dónde había dejado la boca y la voz de la virgen de la película? .. Ah, sí: las había llevado a casa del ingeniero para que las pintase, porque él no sabía ... El ingeniero se parecía al carpintero de la película ...
No podía dormirse.
Al día siguiente no se acordó de nada de aquello.

***

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Siempre que oía aquel tema de la canción estúpida sentía un estremecimiento. Y se acordaba de la voz de la señora de Equis. Y se acordaba de los ojos y de la boca de la señora de Equis. Pero era sólo un instante.
y cuando la veía a ella, se llenaba todo de la dichosa canción.
--Si se tima con todo el mundo -- pensaba
El no sabía con quién se timaba la señora de Equis.

***

Iba al café Inglés dos veces al día, después de las comidas. Pero nunca iba a la hora de merendar. Un día le citó un amigo para el café Inglés a la hora de la merienda. Cuando recibió la carta de su amigo citándole pensó no ir. De tal manera le reventaba aquel sitio a aquella hora: El café Inglés, a la hora de merendar, se llenaba de mujeres estupendas. Ya él le gustaban las mujeres. Pero no se gustaba él.
 Lo pensó mejor, y, por no desagradar al amigo, fue.
--Por una vez ... -- se dijo.
Entró. Oyó la voz del amigo. Y a1 mirar hacia donde sonó la voz, se encontró con los ojos y la boca de la señora de Equis. Estaba con otras señoras, con las que se la veía siempre que no iba sola. Y en una mesa inmediata estaba el amigo que le citó y ahora le llamaba.
Se sentó a la mesa del amigo. Enfrente y cerca tenía a la señora de Equis: Los ojos y la boca de la señora de Equis: Y las piernas de la señora de Equis. ¡Bonitas piernas! ¿Sería que su dueña  no daba ninguna importancia a aquellas piernas, o que les daba mucha?
Ella le miraba a la cara, alguna vez. Y él la miraba todo el tiempo, a la cara y las piernas: Más a las piernas que a la cara.
De pronto se dijo:
--No hay que darlo tanta importancia.
Se despidió del amigo; y sin mirar a la señora de Equis, ni a su boca, ni a sus ojos, ni a sus piernas, se fue.

***

Al día siguiente, y al otro y otros fue al café Inglés, a la hora de la merienda. Allí estaba la señora de Equis, con sus amigas. Comprobó con toda minuciosidad que si bonitos eran los ojos -- y la mirada --, y los labios y la sonrisa -- y la piel de las mejillas -- y del escote y de los brazos -- de la señora de Equis, no tenía menos atractivo en las piernas, por la arquitectura y por los pormenores de la exhibición.
Y se timaba con él de un modo escandaloso. Con él. .. y con todos, seguramente ... timándose con él...

***

Con la señora de Equis y sus amigas merendaba alguna vez algún caballero, marido de alguna de las señoras aquellas, con la que llegaba o a la que iba a buscar. Casi siempre, el caballero que fuese hablaba con la señora de Equis en conversación aparte, que ella sostenía y el caballero adornaba con alguna insensatez, porque se le notaba derretirse.
El señor Equis no iba ninguna tarde por el café Inglés. Y su señora, estuviese con quien estuviese, seguía timándose y enseñando las piernas.

***

Algunas tarde, cuando é111egó al café, estaba todavía sola la señora de Equis. Y él se marchaba, o no se sentaba en la mesa habitual próxima a la de ella -- aquellas tardes.

***

A los 15 ó 20 días, una tarde no fue al café Inglés a la hora de la merienda. Tuvo que ir a la estación a esperar a un amigo que le avisó su llegada. Por el camino, oyó cantar el motivo del "heroico legionario" y se le clavó con el recuerdo de la señora de Equis en la punta. No pudo arrancárselo, y se puso un poco triste. En el andén, el ambiente, tan intenso, de una estación en movimiento acabó de entristecerle. Entre los ruidos de la estación le sonaban las frases aquellas de la cancioncilla siempre cantadas en voz baja por la misma voz. Y entre la multitud automática que llenaba d andén, pasaban ante él una mirada negra, gris, verde, azuL .. Una sonrisa admirablemente pintada ... y unas piernas ... unas piernas ...
Se sintió quedarse blanco, o enrojecer. Se sintió poniendo una cara de tonto horrible, cuando de pronto, apareció la señora de Equis ante él, muy cerca, mirándole -- ¿Y riéndose? ¿sonriendo? Le pareció que sí, que se sonreía: De aquella cara de tonto. Se quedó parado, vuelto, mirándola pasar.
Paseando por el andén, cruzaron las miradas varias veces. ¿Se sonreía ella? Andaba muy despacio -- su ritmo, más marcado entonces. Y él detrás -- latiéndole un eco del ritmo aquel. No estaba aún repuesto del susto, cuando al dar ella una vuelta imprevista y rápida, muy cerca de él, él la dijo algo. Fue una tontería, y casi obligado por el encontrón: Fue una estupidez, 10 que le dijo: Lo que se le vino a la boca: Nada. Ella se paró, seria, como ofendida.
Llegó el tren: Se apeó el amigo. Con el amigo salió de la estación. No pudo ver a quién esperaba la señora de Equis.
Aquello de la estación le envenenó. Se sentía atraído por la señora de Equis. Ya iba todas las tarde a la merienda del café Inglés -- y hasta que llegaba la hora se consumía de impaciencia. Un día la siguió. Supo donde vivía. Averiguó a qué horas salía, dónde iba. Pudo verla otra vez al día, y esta vez sola -- sin las amigas-- que a él tanto le cohibían -- en el jardín de los Tilos. Ella iba allí todas la mañanas, con un niño.
La señora de Equis posaba en un banco. Y cerca de ella, el niño jugaba.
Allí estaba él un corto rato, mirándola discretamente, apoyado en alguna fingida lectura. A ella parecía no disgustarle aquello. Llamaba al niño muchas veces: Regalo y defensa, era entonces el nombre del niño.
¿Recordaría ella 10 de la estación? .. A lo mejor, ni se había enterado de nada -- ni siquiera
de que en el jardín enseñaba las piernas más de 10 que se enseñan en un retrato.
El se marchaba del jardín de los Tilos pensando siempre, ante la actitud de ella. -- ¿ Qué clase de mujer es ésta? .. Se tima con todo el mundo ...
Tenía de sí como conquistador un concepto tan bajo que cuando una mujer se le timaba creía que 10 mismo hacía con todos los hombres.
Y en realidad, él no estaba muy seguro de que la señora de Equis se timara con él. Ni se hacía ilusiónninguna. Sería que ella era así. ¿Así? ¿Cómo? ¿Cómo quería él que fuese?
A él le gustaba verla., ¿Y nada más? .. Aquello no podía ofender ni molestar a la señora de Equis. Ni siquiera el señor Equis podía darse por ofrendido, ni sentirse molesto por aquello, si 10 supiese -- aún cuando 10 viese. Acaso ni la misma señora de Equis se había dado cuenta de nada.

***

Una tarde en el café Inglés habló con la señora de Equis. Tuvo que hablarle, venciendo la timidez, porque un camarero torpe e inconsciente hizo de galeoto. No fue más que rogarle que le dispensase. Ella lo hizo con una sonrisa nueva para él. Y como estaban ella sola y aburrida y violentos los dos, más él que ella, brotó una conversación que empezó impacientándose la señora de Equis por la tardanza de sus amigas y terminó cuando a las dos horas se apercibió de que las amigas no iban ya aquella tarde.

***

Después, una vez un periódico que se presta; otra vez, lo que se presta es la mesa, porque no hay ninguna libre para la señora de Equis y sus amigas: Son escalones de un conocimiento que, probablemente, nunca llegará a ser amistad.

***

De pronto, parece que la marcha de los sucesos se acelera. Algunas conversaciones indiferentes y gratas; alguna pequeña confidencia que se escapa sin darle importancia. El es pintor. (¡Qué elegante, para ser pintor! -- ¿pensará ella? ¿Y la chalina y el chambergo? ¿En el esrudio? ¿Se los pondrá para pintar?) Fulano: Ella ha oído hablar mucho de él: gran retratista. Conoce alguna de sus obras -- las nombra y reseña. ¿Ella estará un poco incomprendida? ¿Lo de siempre? El marido sabio y confiado; estudia, trabaja, viaja; no tiene tiempo para acompañar a diversiones a su mujer; pero no le priva de ellas, le anima adisfrutarlas. Ella parece encantada con su marido.
Hablaron una tarde de lo de la estación. Es decir, habló el pintor. La señora de Equis sonreía, con la misma sonrisa que la tarde de la estación. También llevaba el mismo vestido. ¿Pondría la misma cara de tonto que entonces? Otra tarde, fue de la noche del cine y de la voz de ella cantando el "heroico legionario" de lo que él habló. Y la señora de Equis callaba, estaba como ofendida, desconcertantemente seria toda la tarde. Ya la tarde siguiente, sin él hablar, la señora de Equis acompañó, en voz baja, como distraída la canción del' 'legionario" tocada por el sexteto del café. Llevaba el vestido sin mangas que tenía la noche del cine. No habló con nadie; no se dejó hablar por él en toda la tarde. Casi ni le miró. Parecía ofendida porque él la miraba ávido.

***

Y otra tarde, la señora de Equis muestra deseos de ver el último cuadro del pintor -- el retrato de una mujer de moda -- que dice haber oído alabar a inteligentes. Medio convienen en que, como no hay otro medio, hará una visita al estudio la señora de Equis. (--Cuando pueda ... Ya verá). Y mientras llega la visita, que va retrasándose, es preciso sujetarse a la marcha de los acontecimientos; que tan pronto se detienen: no pasa nada; tan pronto se precipitan, vuelan. Pero lo que vuela es la imaginación del pintor Fulano. La realidad no ha pasado de conversaciones corrientes, en el café, casi siempre delante de algún amigo de él y de las amigas de ella. Nadie parece haberse enterado de nada. Es que no ha pasado nada. La señora de Equis es una señora. Una señora bonita. Parece un poco incomprendida. Pero ella no lo da a entender. Se pinta la boca. Con la boca muy bien pintada dice estar satisfecha de su marido. Mira a los hombres; le gusta que los hombres la miren. Habla a veces con un conocido del café, vecino de mesa, hombre muy inteligente, muy correcto y muy infeliz. Y a veces, en estas conversaciones habla de su marido, siempre con admiración, con entusiasmo y cariño -- mientras mira del modo que ella mira al que habla con ella, mientras exhibe, como ella lo hace, las magníficas piernas a los amantes de la belleza. La señora de Equis es una mujer de ahora: Nada más. No pasa nada. Ilusiones que se hacen los tontos y los vanidosos. Pero nada más. La de Equis será decente, tonta, presumida. Y es, además, un poco coqueta. Pero que alguno se insinúe y verá:
Ella se ofenderá: Es una señora digna: Lo de la estación la molestó, y lo del cine también, cuando él la habló de ello. Y no ha vuelto a hablar de la visita al estudio. Y ya no puede el pintor retener por más tiempo el retrato en el estudio: El dueño -- del retrato y del original-- reclama el cuadro.

***

Pero llega una tarde en que la señora de Equis anuncia al pintor Fulano que el señor Equis se va de viaje al día siguiente, y que, después de despedir al marido en el tren, ella irá a ver el cuadro.
--A ver el cuadro. -- Lo repite.
El pintor se atraganta con esta pregunta: --¿Con quién va a ir usted?
--No sé. -- Es una respuesta como para entretenerse en una noche de insomnio.

***

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Fulano ha ido a la estación a la hora del tren en que ha de partir el señor de Equis. Y ha visto, sin que ella 10 vea, llegar a la señora de Equis, con su marido. El señor Equis es alto, fuerte, arrogante. Muy elegante. Un tipazo. Joven como ella, y más que el pintor. Tiene un aspecto sumamente agradable: Una mirada y unos gestos de hombre inteligente, dominador, noble. Un tipo muy de ahora. Todo esto lo observa Fulano ocultándose, desde los coches del tren, de la señora de Equis y también del señor de Equis, que no le conocerá. Y el gran retratista ve que el semblante del señor de Equis parece reflejar procupación. Que su frente parece guardar grandes pensamientos. Y que su sonrisa revela una gran seguridad de sí. El señor Equis vale mucho más que la señora de Equis, que junto a su marido parece menos bonita y más cursi, aparece disminuida, insignificante. Y alza ella hacia el marido largas miradas brillantes, en ignición.
-- Vale el marido cien veces más que ella. Y mil veces más que yo -- dice Fulano, escapándose de la estación.

***

Ya la hora de la visita de la señora de Equis el pintor Fulano no estaba en el estudio. Estaba en el café Inglés, pensando.
--Es una despreocupada: Se divertirá con algún infeliz como yo; y nada más: Teniendo un marido como el que tiene, es imposible que le engañe: Imposible: y, además, inútil: No necesita engañarle. Y menos conmigo. Todas las señoras son decentes. Es la vida moderna, que es así: despreocupación. Y que hay mucho iluso ... Mucho embustero, vanidoso ...
No se dio cuenta de que el sexteto del café tocaba la canción aquella de percalina a rayas encarnadas y amarillas.

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Torreagero
El barranco del Clamores. (Fragmento)

Notas
1.--Publicado en Manantial,  nº VII, 1929. Segovia.
2. -- Cortaron trajes sin medida y piedad . Aparece el tema de la murmuración y la maledicencia dc una ciudad lcvítica como Segovia.

Diciembre 2009 nº 9

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