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Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, espacios plegables y ríos escondidos.

Café Voltaire
Julia Otxoa

Nacimiento del huevo
Julia Otxoa.  Nacimiento del huevo

Pequena oracion de la manana
Julia Otxoa.  Pequeña oración de la mañana

Traigo hoy hasta este Café Voltaire, los poemas de  Ana Mourier [Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier], excelente poeta y profesora de Literatura en la Universidad de Cádiz. Su poemario “Mercuriales” obtuvo en 2002 el accésit del Premio Esquío de Poesía, Sus poemas han aparecido en varias antologías. En 2006 publicó la plaquette” Libro de los pájaros”  y un avance de su próximo libro de poemas en la RevistAtlántica. Además, ha publicado numerosos libros sobre literatura española del siglo XX.

 

Odiseica (casi hegeliana)

Ana Mourier (*)

Ulises
posando verbalmente en un momento de duda

Yo, Ulises, que paseo a solas
por las playas feacias, me pregunto:
“¿Para qué sirve Ulises?”.

Ulises sirve para contar historias
a Nausícaa, que muy agradecida
le vistió ricamente, porque llegó desnudo.
Ulises es antiguo:
vive en un mundo ingenuo que confunde
saberes con lenguaje, realidades
con signos. Sólo así se explica
que los demás le crean, y le cambien
las palabras por cosas. Sin embargo,
él es más astuto, él es el único
que pudo atravesar indemne
los cantos de sirenas
(pues no son de verdad: así de fácil).
Pero ahora Ulises, mercader de cuentos
que acaba de venderlos todos
(no ya por una ropa: es una ropa
de semidiós, es el prestigio),
ahora se pregunta: “¿Adónde?”.
Tras Ítaca (esa excusa tan larga y diferida),
¿qué queda para Ulises?

Ulises al final llevará un remo
al centro de la tierra para seguir contando
donde no lo conozcan,
donde haya Nausícaas que aún confundan
un viejo caminante con un héroe de Troya,
un remo con el mar (por ignorancia
o por juego: claro que no es lo mismo, pero
tendrá que dar igual).
Son cosas que Penélope no entiende.

Yo, Ulises, que tiendo mi mirada
por los lomos equinos de las olas
(mientras finjo que ignoro si piso arena, oro,
agujas, alquitranes o condones),
me digo: “Oh, Ulises, vivir
no es necesario. Sólo es necesario
fabular”.

Libro de los Pájaros, Col. de Pliegos de Poesía
“Siete Mares” (Cádiz, Diputación), 2006, nº 2

 

 

Penélope y los ríos

 

Bello río Moldava, yo te digo
que hilamos emoción y deshilamos tiempo,
y nunca sabe nadie
si podremos bordar, en una misma tela,
las cosas y su imagen, el nombre y el deseo.

Yo lloro en las películas. Recuerdo
que un día mi nostalgia fluyó entera
bajo los puentes de Madison. Luego
recuerdo que llovía cuando entramos en Praga,
perdidos en las calles una noche de julio:
nidos negros los árboles, ponían las farolas
-en las ramas, los charcos, por el aire-
sus huevecillos verdes. Y abajo, de repente,
tú, Moldava, lamiendo,
apenas rumoroso, mis oídos de Ulises,
frotando con tu lomo las estrellas,
la mole iluminada del puente del rey Carlos,
y todas las ausencias que almacené en mis ojos.

Y aún antes, mucho antes, te recuerdo, Moldava,
discurriendo en la lámina de un verano larguísimo
como un enigma roto en mil quinientas piezas:
yo enredando en los trozos de una vida de saldo,
absorta noche a noche
en un puzzle infinito que nunca sería Praga.
Pero un día,
muchos años después, sí que fluyeron
las aguas del papel convertidas ya en aguas,
con ondas, con balizas, con espumas,
verdines suspendidos y reflejos,
y gentes y gabarras y músicas y patos.

Dulce río Moldava, sin embargo
Penélope es infiel: teje y desteje,
no se le acaban nunca los hilos, sus figuras
no saben retener la trama del milagro.
Y aunque nunca te olvida, este verano
su soledad discurre al margen de otro río
que yo no sé si existe, ni cuál es.

Libro de los Pájaros, Col. de Pliegos de Poesía

“Siete Mares” (Cádiz, Diputación), 2006, nº 2

Lira de Apolo

A José Hierro, con su propio “Adagio para Franz Schubert”
(La muerte es un amor que habla con el silencio)

A punto de olvidar si me llamaba
Odiseo u Oudís,
si he sido una mujer, un hombre o nada,
al fin entro en el mar
como no imaginé que se pudiera
morir. Serenamente,
cumpliendo mi destino, me desnudo
de todo cuanto fui,
oh vida, y te devuelvo
la pesca milagrosa de los días
de amor y de aventura
cuando ya mi memoria entre la espuma
va perdiendo el sentido
y vuelvo a ser del agua todo el tiempo.

No sirven los discursos ensayados
con el decoro astuto y elegante
de la metaliteratura
(yo soy aquel que ayer no más decía
“no, Ulises, vivir no es necesario,
sólo es necesario fabular”)
allí donde terminan los teatros
y todo es realmente, y sólo, despedida.
Pero tientan los nombres, tenaces como estrellas,
y es preciso partir, si no con elegancia,
con cierta posmoderna dignidad.

Antes de que seamos
silencio, un mismo olvido
sin melena de voz al peine de los vientos,
déjame encomendarte, luz de la conciencia,
la inocencia del mar, que misteriosamente
nos trajo, nos sostiene y un día se nos lleva
con el mismo misterio, igual de generoso.
A ti, mar, te encomiendo todas las criaturas.
Es difícil vivir, y es fácil tener miedo,
y, aunque apenas sepamos lo que hacemos,
nos consuela pensar que el mal no prevalece
porque mundo y especie subsisten de milagro
a pesar de nosotros, los ángeles voraces.
Quién, luz de la conciencia, nos podría entender
sino el mar que nos trajo, el mar que se nos lleva.
Quizá en alguna parte, quizá en algún momento
podrían diseñar las proteínas,
a la sombra de un canto, el cuerpo del Edén.

Ahora que vuelve el alba
y en los rosados dedos de la aurora
hay leche de sirena,
temblando, deshilándome en la sal,
el aire se serena...
El aura clara ara, ora, era...
Pero ya no recuerdo, no consigo...
Y gira, lira... sube, nube, ave,
lluvia, huevo... fuego, mar, amor...
Amor... l´amor, il sole, l´altre stelle...

Mercuriales, Ferrol, Sociedad de Cultura Valle-Inclán & Caixa Galicia, 2003

(*) Llevo mucho tiempo huyendo de mi nombre real (Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier) porque es muy largo y en su longitud está lleno de connotaciones con las que no me identifico. Anna se llamaba mi abuela materna. Ana María la paterna. Mourier es el apellido de mi madre, que en su rama se extingue porque mi abuelo no tuvo hijos varones. Creo que está bien ceñirme al nombre de mis abuelas y usar un apellido amenazado que viene de una huida: la de una familia francesa calvinista en la noche de San Bartolomé. Si a ello sumo que por parte de padre hay en mi sangre confesores jesuitas (los Rávago) de los borbones del siglo XVIII, creo que mis contradicciones vienen de mis genes y me alegro de ser un fruto sereno de lo que fueron sangres enemigas. Dios bendiga el amor de mis padres. Y la sombra benéfica, caliente siempre en mi memoria, de mis abuelas. Amén.

Diciembre 2009 nº 9

eladelantadodeindiana@gmail.com