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Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, espacios plegables y ríos escondidos.

La ciudad a orillas del río

José Miguel Prada Poole
Revisión e imágenes: Alicia Ozámiz Fortis


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Noni Lazaga
Acontecimiento espacial.4. Lino y acrílico.  300x400 cm. 2005

I
El Río de Ahmed

(Toda ciudad que tenga agua corriente en las fuentes o en los edificios, o tenga parques con estanques, o árboles en las calles, se halla siempre a orillas de un río. Cuando uno se baña en la ciudad, se baña en el Río. Cuando bebe, bebe agua del Río. Si friega o lava, lo hace en el Río.
Toda el agua corriente de una ciudad es un río desviado. Un río fragmentado en miles de hilos que se entrecruzan y ascienden a todas las viviendas, regando con su agua el corazón interior de la ciudad).

Ahmed, en medio de las dunas, soñaba todos los días con el río. Con un río inmenso que lo regara e inundase todo.
Sin conocer el Nilo, él había inventado el sagrado Nilo. Imaginaba un río caudaloso que creciendo, que desbordando su cauce, empapara de tanto en tanto la llanura desértica, y la dejara ahíta de agua hasta que reventaran sus entrañas y escupiera agua por doquier. Que llenara de flores y pasto el desierto. Un río que, al retirarse, dejara grandes lagos en los que pudieran beber los animales sin tener que disputarse nada.

Ahmed era pastor. Era pastor de nacimiento. Pastor de camellos que nomadean a lo largo y ancho de los vastos territorios del desierto en busca de los ralos pastos de los que se alimentan las bestias, y de los que a su vez se aprovechan los pastores y los hombres que viven junto a su ganado.
Del camello obtienen la leche de cada día. Su giba, proporciona grasa. Sus vísceras, indispensables vitaminas. Trenzando e hilando su pelo tienen casas transportables, las jaimas1 . Casas que acarrean también los camellos.
¿Qué haría un hombre en el desierto sin camellos?
Con demasiada frecuencia se acaba el pasto y tienen que levantar las tiendas para buscar otro lugar de ramoneo. En el nuevo sitio casi siempre escasea tanto el pasto como en el anterior, lo que lleva a Ahmed a un interminable peregrinaje tras el sustento diario.
Pero lo más duro, sin excepción, es la falta de agua. Los pozos están siempre lejos de los pastos y son incluso más raros que éstos. Por eso, el pastor aguanta la sed con sus camellos, ajustando al límite las fuerzas del ganado y apurando su necesidad de beber pues es necesario, demasiadas veces, hacer hasta treinta kilómetros de jornada para llegar al pozo en busca de la ansiada aguada. Las bestias y los hombres llegan tan exhaustas, que, en las épocas de sequía, delante del pozo se producen dramáticas escenas. Largas colas de hombres y ganado, esperando para beber, en las que es difícil contener a los animales y mantener los rigurosos turnos establecidos por la tradición.
El polvo. El sol cayendo implacable al final de la tarde. El contraluz de cientos de bestias agitadas por el olor del agua. Los gritos de los pastores. Las voces de súplica para los que imploran un cambio de turno de la aguada, porque la camella o las crías agonizan de sed. Animales desplomándose para siempre. Dejando un círculo de cadáveres amontonados irregularmente alrededor del pozo que dan testimonio de la dureza del año. La disputa final en la que hombres y bestias, cuando les llega el turno, se abalanzan hacia el agua metiendo los hocicos juntos en la misma artesa.

Imágenes que hacen soñar a Ahmed con miles de ríos de todo tipo.
Ahmed entrecierra los ojos y ve ríos distintos e imaginarios. Maravillosos ríos que a veces se elevan hasta las nubes para dar de beber en vuelo a los pájaros.
Ahmed se imagina Aladino y frota en sus sueños su lámpara. Su deseo es que no haya pozos. Ordena que exista un río al pié de los pastos, en el que las mujeres llenen los cántaros cada día. Un río cuyas aguas sean tan abundantes que sea posible lavar con ellas los cacharros de té y las escudillas de la comida en vez de hacerlo con arena. Un río en el que sea posible lavar las ropas una vez a la semana con abundante jabón del que hace espuma. Lavarlas sacudiéndolas y batiéndolas contra tablas de madera aborregada. Un río en el que sea posible que hombres y animales se metan hasta el cuello para beber, y aprovechen para limpiarse la piel de sarna e insectos.
Pero Ahmed no se para aquí. Imagina e imagina. ¿Qué le puede detener si es Aladino y posee una lámpara que le proporciona todos los deseos? ¿Por qué tener que ir al río? ¿Por qué desplazarse aunque sea un centenar de metros?
Ahmed imagina que su río, el Río, se divide en miles de hilos que se levantan en vertical como si fueran delicados chorros de una gigantesca fuente. Miles de varillas que forman como un bosque transparente de diminutas columnas de cristal que se encienden y destellan con la luz del sol. Pero en vez de volver a caer otra vez en el agua después de haber trazado una limpia parábola, siguen hacia arriba, en vertical, alcanzando cada uno de ellos una altura diferente. Columnas transparentes que luego tuercen en horizontal, unas a la derecha, otras a la izquierda; otras hacia adelante o hacia atrás haciendo meandros; otras siguiendo trayectorias inclinadas siempre rectas,  cada una de ellas con un destino distinto. Algunas, después de recorrer parte de la llanura, vuelven a bajar derechas y se quedan suspendidas cada una junto a la boca de un camello. Cuando el animal tiene sed no tiene más que acercar su hocico y el hilo de agua comienza a manar hasta que su sed se apaga. Otros de los hilos que manan líquido se dirigen directamente a las jaimas en las que los hombres se aprestan a hacer la comida. Cada uno va a una tienda distinta. Allí se bifurca un ramal, en otras varillas de agua más finas que se ramifican a las distintas partes del recinto hasta llegar al último de los rincones.
Hilos de agua del grosor de un dedo meñique, que suben y bajan, según las necesidades, para no interferir con el movimiento de las personas; y se quedan inmóviles esperando a manar en cuanto alguien tenga necesidad de ello. Miles de hilos de agua que se dirigen hacia los cultivos de palmeras datileras e, introduciéndose entre sus raíces, van manando gota a gota para no encharcarlas, haciendo que el suelo esté siempre húmedo pero impidiendo que la planta se pudra.

Alicia Ozamiz Fortis
Alicia Ozámiz Fortis

Es como si el río hubiese decidido dirigirse hacia el cielo y lo inundara llenándolo de arabescos transparentes. Como si se hubiese transformado en una especie de maravillosa estructura de cristal, que transmutara el río en espuma que se expande por el espacio llenándolo de dibujos que se mueven en todas direcciones. Espuma que, encaramándose sobre el aire, se extendiera por la llanura y enlazara directamente, como un sistema venoso, con los organismos de los hombres, de los animales y de las plantas, hasta formar parte de ellos. Una espuma azul pálido, que enlaza tierra y organismos vivientes cosiéndolos en un único y sutil tejido.
Ahmed, sueña y sueña. Sus sueños son ríos hermosos. Son sueños de agua. Caudales que se transforman y dan vida a la vida. Ríos que alimentan y conectan directamente con el mundo vivo enlazando con sus arterias y venas.
Ahmed, sueña y sueña. Los sueños no cuestan dinero. Los sueños hacen posible todas las cosas llenando los agujeros que desgarran todas las necesidades.

*                      *                      *

En otra zona del mundo muy lejos de Ahmed, al otro lado de un muro ciego que cierra una habitación, alguien empuja la puerta del cuarto de baño, abre el grifo, llena la bañera, se mete en el agua, se enjabona, cierra los ojos, se relaja. Suspira de satisfacción y se deleita pensando en la copiosa comida que, sobre un mantel de hilo, le espera a continuación. Minutos después, destapa el desagüe y el agua corre libremente, se introduce en una cañería y se sumerge hasta las profundidades de la ciudad por los conductos que la llevan recorriendo sus entrañas hasta las orillas de un afluente perezoso.

Ni siquiera imagina que no se ha bañado en el agua de una bañera. Se ha bañado en el Río.

Otra persona se levanta de su butaca y se dirige a la cocina. Abre un grifo, acerca el vaso a su boca y el agua mana espontáneamente. El chorro se corta de inmediato cuando retira el vaso. Bebe.

Pero no sabe que está bebiendo en el Río.

Otra más conecta una lavadora. El líquido sale a borbotones. La máquina se llena de espuma blanca. La ropa se agita y el agua forma olas para sacudir la ropa.
Pero esta persona tampoco sabe que, como las mujeres de Ahmed, está lavando en el Río.

Nadie se da cuenta. Nadie es consciente de que el Río pasa por su casa. Que la orilla del Río está dentro de cada habitación en la que el agua corre.
Agua viniendo como Río y marchándose al paisaje como Río. Riéndose y llenándose de rumores siempre que suena.

Con pájaros y plantas, cada bañera sería una poza particular del Río. Una poza, un remanso al que el agua llega después de cambiar cientos de veces de dirección y de nivel, para volver después definitivamente a él.

Nuestro río, el río urbano que pasa por cada casa es el maravilloso Río de Ahmed. El Río a cuya orilla sueñan sin darse cuenta cada día miles de personas.

El Río es el alma de la ciudad. ¿Qué sería de una Ciudad sin Río?


II
Cuando la realidad inunda con barro
el Río de Ahmed

El sueño de Ahmed es un sueño que refleja, invertidas, gran parte de las utopías que podríamos denominar “naturalistas”2. Es por tanto una aspiración vista desde el desgarro de aquellos que sufren la hostilidad de los parajes verdaderamente naturales. Vista desde los lugares aptos solo para los organismos que han convivido con ellos desde hace decenas o cientos de miles de años.
El hombre “natural” que representa Ahmed aspira a un horizonte utópico solo accesible a través de la tecnología. Aspira a un escenario dulce contemplado desde un lugar vacío, su desierto. Un hombre que no conoce paraísos o utopías, ni los concibe, al igual que las utopías “naturalistas”, mas que para unas pocas personas: los elegidos.
Ahmed no imagina la ciudad, ni el mundo de la aglomeración.
Un río, o una poza en el recodo de un río, son el remanso desgajado de un paraíso perdido apto para muy pocas personas que se conocen entre sí. Pero todo cambia radicalmente cuando el grupo es anónimo y se compone de miles de personas apretadas hasta el agobio.
¿Qué ocurriría si el río urbano de Ahmed, ese río que alimenta y nutre las bañeras, duchas, lavabos, fregaderos, lavavajillas, lavadoras y wc de cada vivienda urbana, despareciera mediante un gesto mágico? ¿Y si ese mismo gesto nos permitiera juntar, simultáneamente, en el mismo lugar y en el mismo tramo del río al que vuelven sus aguas después de utilizadas, a los miles o millones de personas que se sumergen a diario en sus meandros urbanos?
¿Qué espectáculo nos brindaría el contemplar, desde nuestro vuelo de “diablo cojuelo”, a una multitud compuesta por unos cientos de miles, o de millones, de personas de todas las edades y todo género y condición, lavándose, lavando y fregando ropas, cacharros y suelos, vomitando, orinando y defecando, al mismo tiempo en que están sumergidos y apretados en el agua?

Rio

¡Pobre paraíso! ¡Pobre y lamentable Río de Ahmed!

Toda ciudad se nutre de un Río. Uno o varios ríos pasan siempre por una ciudad, la nutren, la limpian, la alimentan y luego vuelven al cauce del que salieron.
¿Sería posible recuperar el sueño de Ahmed?
¿De qué manera el agua que nutre la ciudad, el agua que pasa por ella y que constituye el corazón de Río de Ahmed, podría - de verdad3  - seguir siendo un sueño de Río: el remanso de un pequeño paraíso que después vuelve a su cauce para aliviar la sed de la aves, llenar las orillas de juncos y de peces y regresar al mar para colmarlo de nutrientes de modo que la naturaleza pueda seguir ostentando parte de ese título que comenzó a perder, hace unos cuantos miles de años, por culpa del hombre.


1 La jaima es la tienda de tela bajo la que vive el nómada del desierto del Sahara. La tela está elaborada, tejida con hilos trenzados de pelo de camello      
2 O sea, aquellas que aspiran a una vida en la Arcadia feliz. Una vida en “contacto”, o más bien, una vida inmersa y hermanada con la “naturaleza”
3 Que nadie se lleve a engaño, las “depuradoras” urbanas, así como las de los cinturones industriales, solo resuelven una ínfima parte del problema          

Datos
Mauritania, el país de Ahmed, es un país del África Occidental que limita al norte con Marruecos, al este con Argelia, al oeste con el Océano Atlántico y al sur con Senegal. Toda su superficie es desierto.
Extensión: 1.030.700 km2
Habitantes: 3.177.000
Densidad de población: 3 hab./ km2
Por superficie, este país ocupa el puesto nº 29 mientras que por población está en el puesto 130

Diciembre 2009 nº 9

eladelantadodeindiana@gmail.com