Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, tango y abstracción

Intinimiedades

Ocho poemas

Jose María Parreño

 

I

Piedad para la línea y para el plano,

para el punto las hebras y las cáscaras,

compasión con lo apagado y con lo mudo,

compañeros de pena,

abstracciones veniales,

desperdicios sin nombre

que nos acompañan.

 

Piedad

para lo que siente y lo que no,

pero está a nuestro lado

distrayéndonos

de la desesperanza.

 

Piedad para ellos,

y para nosotros.

 

Para el que ignora

y más aún

para el que sabe ya

cómo la vida

tritura sus promesas

y es tan cruel

que en cada acometida

esta seguro

de que aún podría

doler más.

 

 

II

La última luz

en los tallos de avena.

 

La primera oscuridad

en las encinas.

 

Cuando se acaba el día

 

Frondosa como ellas mi tristeza,

como ellos quebradiza mi fe.

 

III

Eres la espina

del espino en flor

del firmamento.

 

Te marchas para mí

y enhebras la mirada

de los muertos.

 

Por ser fugaz te afila

en espina

el poema.

 

Por caer y perderte

subrayando el silencio

te prefiero.

 

También caigo y me pierdo.

También alguien al verme

cree en su suerte.

Y también se equivoca.

 

 

IV

Las altas nubes blancas

intactas volverán

sobre las piedras desordenadas

de estas torres.

Las hormigas abrirán aún galerías

cuando se hayan cerrado las del arte.

Dura más el poema

que el nombre de los reyes

a los que celebró.

 

Debí haber aprendido de vosotros,

en vez de dedicar

mi vida a lo importante

y estar muerto.

 

V

 

monte

humo

río

 

la montaña curva

un río brillante tensándose a sus pies

en la orilla el humo vertical

 

la montaña se arquea

empuñada por la primavera

apuntándole al sol

 

parte la flecha

recta

despaciosa

y luego danza gira se entretiene

y me acierta

 

flecha envenenada de esperanza

envenenada de melancolía

que dispara el paisaje

francotirador

a un soñador

 

VI

Pocas primaveras como esta:

la hierba angostando los caminos,

agua y luz

ruedan abrazadas

en las alcobas secretas

de los tallos.

Y arriba los vencejos

puntas de flecha

(gritos sin herida).

 

Ella camina cubierta la cabeza

con un pañuelo

del color del columpio

en que juegan los niños.

 

Y mi vida, gravemente quieta,

como un vagón sobre las vías

echa a rodar

con su mismo

ruido amarillo.

 

VII

El fruto estaba

antes

que la flor.

La sombra

antes que el árbol.

El árbol creció

sin haber suelo.

El final

tiraba del principio.

La llegada

inventó el viaje.

Todo lo dispuso

el encuentro

hacia atrás.

 

VIII

Todo se esfuma

y todo lo primero:

las palabras

y el significado de las palabras,

los sentimientos y su urgencia,

la obligación descabellada.

Se evaporan los límites,

la antigua dignidad de los porqués,

la conveniencia y su correa mordida.

 

Un espacio se abre,

hondo y sonriente

que pide que le dé

lo poco que me queda.

julio 2006 nº 3

eladelantadodeindiana@gmail.com